Después de Lucía

Algo huele mal en las escuelas, en las casas que han dejado de ser hogares, en las personas… en la sociedad. Algo se ha descompuesto, sí, el tejido social. Algo está corrupto y alguien es responsable. El umbral de dolor se ha ampliado a fuerza de ignorarlo, la peste invade  las oficinas, las escuelas y las casas pero, sobre todo, las conciencias. La peste de una sociedad que ha encontrado en su propia maldad un escape para la frustración de no poseer los bienes que dicta la vida moderna o en su caso por poseerlos, la frustración de saberse fuera de control, perdidos en un mar de gente que no cesa su crecimiento, un inmenso océano que todo lo devora y lo vomita en un reciclaje morboso e imparable, mientras seduce con canto de sirenas mercadológicas, sirenas de brazos largos que todo lo infectan y dientes afilados que todo lo reducen, de ojos hipnotizantes y voz dulce que acalla la conciencia y el sentido común.

Mucho se ha hablado de la desintegración familiar -al menos como la conocemos- y se repite hasta el cansancio los motivos por los que cada vez más adolescentes, niños, adultos e incluso ancianos viven en la más completa desprotección, sabemos el por qué compramos afecto y acallamos el remordimiento con bienes materiales, sabemos que esos bienes se han vuelto estándar y espejo de lo que somos, ya no basta con estandarizarnos y resumirnos en números además debemos pertenecer, a cualquier costo, a un grupo, a una élite, a un mundo que cada día eleva más y más la cuota de ingreso. Repugnante de por sí la condición moral actual de humanidad ésta ha elegido como moneda de cambio la peor divisa de todas: la justificación. Un mundo en el que todo está justificado no hay espacio para  responsabilidad o disciplina.

Somos víctimas y prisioneros de una generación de padres “modernos” que todo lo compran, todo lo aguantan pero sobre todo, todo lo justifican. Se han creído su papel de liberadores de años de “opresión dictatorial” de que, según ellos fueron víctimas y se han dado a la tarea de criar una nueva raza de seres increíblemente inteligentes desprovistos de sentido común, conciencia y más grave aún, de empatía. El concepto de humor se ha tergiversado y los límites del respeto y la sana convivencia se han hecho muy delgados hasta confundirse con crueldad y acoso.

“Después de Lucía” no es una película sencilla de ver, lo que se ve en pantalla hace que aquéllos con un poco de conciencia social se sientan por lo menos agredidos e indignados por saber que lo que se ve en pantalla no es ficción; asusta e intimida saber que estamos a indefensos y a expensas de este tipo de personas que, independientemente de su estatus social, van por la vida haciendo lo que les viene en gana porque se saben intocables y, peor aún, disculpados por la sociedad. Los niños son crueles por naturaleza” se repite hasta el hartazgo en las escuelas cuando se tiene la audacia de reportar abusos entre los alumnos, y esta disculpa encuentra eco en los padres que se sienten aliviados al saber que sus jóvenes son miembros de un club de seres defectuosos y crueles.

Independientemente de su premiación en Cannes (que no es asunto menor), es muy importante resaltar que el director Michel Franco logra una cinta que no suena a regaño ni a programa estatal contra el “bullying“, evita el discurso soporífero y en cambio ofrece una pieza arriesgada con tomas a veces muy largas, cámara fija y unas tomas verdaderamente hermosas con acción en segundo y hasta tercer plano que logran un acento dramático extraordinario y deja de lado cualquier concesión para el público morboso y convierte ese morbo en una experiencia contemplativa de gran belleza.

Las actuaciones son, en general, muy convincentes y naturales, sin embargo habría sido buena idea trabajar con actores un poco experiementados que habrían aportado mayor fuerza a algunas secuencias pero el equilibro que logra el director es verdaderamente admirable aunque no sorpresivo, es un equilibrio ya que había logrado con su largometraje anterior (Daniel y Ana, 2009). Dudo que “Después de Lucía” busque lograr un efecto didáctico entre la audiencia, me inclino más a pensar que su objetivo es plasmar de manera artística una realidad NO exclusiva de México,  ojo, y quizá abrir el debate sobre lo que ocurre en nuestras escuelas y entorno social.

Creo que la cinta es importante por su aportación artística sí, pero también como pieza de debate, como profesor puedo decir que desgraciadamente las escenas distan mucho de ser exageradas. Esta reseña podría resultar incómoda o hasta redundante con la preocupación de varias instituciones y padres de familia que preocupados y ocupados con el futuro de sus hijos pero, siendo honestos y haciendo a un lado la idolatría que muchos padres de familia tiene por sus hijos, ¿de verdad están dispuestos a dejar su futuro, el futuro de un país en manos de alguien que encuentra placer en el sufrimiento ajeno? Porque recuerden, esos jóvenes y niños que hoy consienten mañana serán sus médicos, abogados, profesores y proveedores de servicios y la crueldad desgraciadamente no se cura con el tiempo, si acaso se acentúa.

Sobre el Autor

No voy al cine miércoles ni domingos, no veo blockbusters. Mis reseñas se basan en mi experiencia de vida.

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