Melancholia, un lobo con piel de oveja

Hace poco discutía con una amiga la degradación que ha sufrido el lenguaje (el castellano en este caso) como efecto de la inmediatez de la comunicación actual que solapa el uso de términos y una gramática que en ocasiones vuelve incomprensible el mensaje que se desea enviar. Desvirtuar el lenguaje es desvirtuar el mensaje, lo cual a su vez corrompe la comunicación (por lo menos una comunicación efectiva) y aunque permite la aparición de símbolos y construcciones en ocasiones  incluso cómicas, habrá que reconocer que al colocar al lenguaje en una zona franca en que reine el caos e impere un no uso de reglas gramaticales y sintaxis, desembocará como ya lo podemos ver, en un caos de comunicación.

El arte no se ha visto exento de este mal, y es que en aras de crear un “arte más accesible para las masas” se ha optado por banalizar la sublime abstracción de las expresiones artísticas en lugar de realizar un esfuerzo por educar y abonar el gusto de dichas “masas”. Así vemos, por ejemplo, que cada verano se glorifican grandes block-busters que, como ya lo indica su nombre, su único objetivo es llegar a grandes masas aturdidas por cada toma cargada de efectos especiales que distraen del verdadero quehacer cinematográfico: las habilidades y recursos de los histriones para transmitir sentimientos, al grado de considerar que una cinta es excelente por “los efectos”, pero con actuaciones que dejan mucho que desear. Una vez más la cultura de la inmediatez.

En este contexto, Melancholia como otras películas de arte pone el punto discordante y apuesta por una cinta emotiva de gran belleza visual y un equilibrado uso de efectos especiales, cuyo valor reposa en una historia sólida, una dirección nacida de las entrañas y, por supuesto, un elenco entregado que cree en lo que está haciendo: una cinta honesta de principio a fin.

Con uno de los inicios más desesperantes y bellos que recuerde, Melancholia narra la historia de dos hermanas aparentemente distintas que, sin saberlo, comparten un destino común. Tras su boda, Justine (Kirsten Dunst) lucha por sentir una felicidad que está lejos de sentir, se debate entre lo que su familia espera que sea, una novia enamorada y desprendida de toda individualidad para jugar sin chistar el rol que la sociedad le exige: ser la esposa perfecta, frágil y devota.

Por otro lado está Claire (Charlotte Gainsbourg) quien sí es la esposa perfecta con el matrimonio perfecto, y quien exige a Clair represente el papel que se espera de ella. Sus padres, aunque con poca presencia en la cinta, son la clave para descifrar tan disímbolos caracteres, Gaby (Charlotte Rampling) interpreta a una madre totalmente distante y egocéntrica y una irreparable escéptica de las convenciones sociales; mientras que Dexter (John Hurt) es un padre sombrío, permisivo y bonachón.

Conforme avanza la cinta -a cuenta gotas, hay que decirlo- descubrimos que lo que debiera ser un evento que gira en torno a la consagración de un acto de amor, es en realidad un coctel de almas atormentadas y flageladas por la infelicidad y el vacío existencial. John (Kiefer Sutherland) esposo de Clair, es un satélite que gira en torno a este carnaval de egos maltrechos y aparentemente único haz de sobriedad y congruencia.

Es este el escenario para la llegada de un personaje hasta entonces tácito como un invitado no deseado, antes sólo intuido, aplastante, con una fuerza gravitacional que no sólo tendrá efecto en el ánimo de éstos afectados personajes, la Melancolía deja de ser un sentimiento para convertirse en una amenaza real, para materializar miedos… deja de ser una metáfora para presentarse como una bofetada en la cara como algo más que una moraleja, es una energía que llega a limpiarlo todo.

La melancolía es un planeta que no cede su espacio a un lugar en el que aún se puedan fincar sueños, no tiene cabida en una tierra en la que Kirsten parece flotar sobre el suelo como una ninfa en un mundo onírico, el que el tiempo y el espacio se funden en una dimensión que fotograma a fotograma revela la angustia, la vida que se escapa, los detalles que ignoramos, la venda que nos pone ése estado de ánimo que vuelve la belleza en una palabra absurda y al mundo en una pintura en tonos ocre.

Es la melancolía de un maduro Lars Von Trier que contagia, que eriza la piel e hiela el corazón mientras nos satura de imágenes llenas vida. Es su mundo interior al descubierto en esta obra de gran belleza visual que para las almas sensibles significará una aventura de poco más de dos horas, suficientes para alentar pequeños cambios en todo aquél dispuesto a reflexionar. Es Lars Von Trier, el maestro que plasma en la pantalla un mundo que hasta hoy, sólo nos habíamos atrevido a sentir.

Sobre el Autor

No voy al cine miércoles ni domingos, no veo blockbusters. Mis reseñas se basan en mi experiencia de vida.

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