Las 50 Mejores Películas del Cine Mexicano

“El mexicano sufre y en dicho pesar encuentra su dicha”.

El sufrimiento parece ser el inagotable hilo conductor con el que se tejen las historias del buen cine mexicano; desde los olvidados hasta un callejón de milagros, de los amores perros a los hechos como agua para chocolate, del ángel de la muerte de Buñuel al de Gavaldón, de las pistolas de la revolución a su idiosincrasia política y los barrios bajos de la capital; esta estrecha comunión forjó nuestra esencia cinematográfica y realista ficción desde la llamada Época de Oro hasta sus últimos vestigios a principios del nuevo milenio, poco antes de que la nueva generación conformada por nuestra perversa y pobre monarquía televisiva la traicionara, dándole la espalda al pasado y negando su cruz.

Si el mexicano venera a la muerte, eje central de su conciencia y concepción fílmica, acogiéndola como la eterna amiga y cómplice en este viaje de 88 años (desde la primer película sonora llamada Santa de 1932); la pobreza, la violencia, la discriminación social, el machismo y el infame gobierno se convierten en solo acompañantes de una historia fílmica que irónica y orgullosamente nos posiciona como esos seres soñadores en una constante lucha por salir adelante de las injusticias y obstáculos. ¡Ese es nuestro cine! Uno que abraza y ríe con la desdicha, que viaja por parajes surrealistas para explicar nuestra ideología y espiritualidad, que se proyecta como una crítica social, cultural y política no solo hacia los estratos gubernamentales, sino también hacia nuestras clases sociales y pecados como individuos y como nación.

Hubo una época en el que brilló, hubo otras en el que ese destello volvió a surgir, donde Ripstein, Fons, Retes, Iñárritu, Del Toro, Cuarón y Arau, entre otros, comprendieron el tesoro arraigado que Fernández, Rodríguez, Gavaldón, Buñuel, de Fuentes, Galindo (por solo mencionar a algunos) dieron y heredaron al mundo. Donde Del Río, Félix, Jurado, Moreno, Valdez, Armendáriz, Pinal, Infante, Negrete, López Tarso y muchos más figuraron como ese retrato de nuestra cultura e idiosincrasia llena de glorias y tragedias, de romance y de corazones rotos.

Así como los símbolos patrios, el cine mexicano fue también un lábaro del cual debemos estar orgullosos. Ahora degradado por la televisión y la hipocresía social, por la negación de nuestra naturaleza, por fines económicos y por una generación ignorante de nuestra historia y que ha olvidado que algún día fuimos grandes tanto en este como en muchos otros rubros, el cine mexicano sufre y se avergüenza de su estado actual al tan solo recordar a aquellas obras que forjaron nuestro mito. Es por eso que, hasta ahora en 7 años, presento el reto más grande como autor de Cinescopia; alejado de mis estándares y preferencias y habiéndome sometido a un análisis íntimo, exhaustivo e intenso de nuestro cine en lo que va de este año ¡Aquí las mejores 30 Películas mexicanas de la historia!

¡Que Viva México!

P.D. Permítanme poner completar un TOP 55 con las siguientes: 55. Campeón sin Corona (1945) / 54. Sin señas particulares (2020) / 53. Canoa (1976) / 52. La Cucaracha (1959) y el bonus de a continuación

 

Bonus – Ya no estoy aquí (Fernando Frías de la Parra, 2019)

Más allá del poder mediático actual al ser un éxito en Netflix y la próxima candidata al Oscar (y ni siquiera es la mejor del 2019 – 2020 en cuanto al cine mexicano se refiere), a esta contundente ópera prima le daremos de manera justa el bonus histórico gracias a su un peculiar coming of age que sorprende no solo por su excelencia visual, sino también por encausar un drama de visión honesta que basa su desarrollo en el choque de clases, razas y en la en ocasiones obligada inmigración. Con actores no profesionales y un guion que contiene diálogos y momentos sobresalientes, Frías confirma que lo poco bueno del cine mexicano aún proviene de la corriente neorrealista, logrando una pieza callejera de cautivante ritmo, historia y trágica belleza visual

 

50. Polvo (José María Yazpik , 2019)

Empecemos con una sorpresa, una muy ignorada, de excelente manufactura y uno de los mejores debuts directivos dentro de la industria; Polvo es una fábula social sutilmente crítica y muy divertida que le da a Yazpik ahora voz y voto entre los directores mexicanos a seguir en los consecuentes años. Aquí no hay un heroísmo a favor del “narco”, ni mucho menos una narrativa cínica en “exponer” sus atrocidades, sino una honesta impresión de sus afectaciones socio culturales vistas desde una espontánea forma de comedia, pero abordada bajo el tono dramático necesario que da veracidad a estos hechos que pudieran parecer absurdos, pero que trágicamente en nuestro México son tan cotidianos como reales.

 

49. La Otra (Roberto Gavaldón, 1946) Por Cat Movie Lee

En plena década de los 40, Dolores interpreta un papel doble, sí, de gemelas. Magdalena y María son dos hermanas que tienen su historia. Una queda viuda de un millonario, la otra era manicurista y víctima de la avaricia y la necesidad, decide matar a su hermana, hacerse pasar por ella y cobrar su jugosa fortuna. Le juro que es para morderse las uñas, exquisita, fabulosa y magistralmente interpretada por Lolita. Curioso que su actuación más brillante sea ésta, en donde no fue dirigida por el Indio, ni actuó con Armendáriz, ni la fotografió Gabriel Figueroa. En la historia la acompañan Víctor Junco como su pareja y Alex Phillips en lugar del fotógrafo mexicano. La película ocupa el lugar 25 dentro de las 100 mejores del cine nacional.

 

48. Mecánica Nacional (Luis Alcoriza, 1971)

Luis Alcoriza, prodigioso guionista y director mexicano, quizá es el que mejor haya dado testimonio de la degradación humana, espiritual e ideológica en la que puede caer la sociedad mexicana. Uno pensaría al ver este divertido caos que estamos ante una proyección surrealista al más puro estilo de Buñuel, sin embargo para bien o para mal la realidad quizá nunca se haya presentado tan desvergonzada, dando por sentado una culpable empatía hacía todos los personajes que desfilan en este aquelarre, este festival de ruido, ficheras, cómicos, alcohol, juventud y cultura nacional. La presencia de Sara García y el destino de aquella matriarca como elemento tan distractor como complejo en su trama, es una pincelada narrativa y maestra

 

47. Abel (Diego Luna, 2010)

Diego Luna demostró con su primer cinta detrás de cámaras que era un mucho mejor director que actor (por favor, alguien dígale que ya no actúe), un ágil cuenta cuentos muy cercano a la idiosincrasia de aquel cine mexicano en su época de oro, llena de dramatismo pero con toques de humor idóneos que sopesan y sobrellevan el tormento social y familiar, en este caso centrado en una familia que dentro de su gran química, son controlados por el trastorno mental de un niño. Al final es interesante como el director maneja esa doble comunicación y delgada línea entre la demencia y el trauma, causas y consecuencias del mismo abandono patriarcal en la búsqueda por el “sueño americano”, una dolencia histórica y perpetua en nuestra sociedad

 

46. La Sombra del Caudillo (Julio Bracho, 1960)

Aunque padece de algunos problemas de montaje, el retrato sobre la seducción del poder y la caída de los viejos caudillos en el sistema burocrático se convierte en una oda triste a la memoria del conflicto armado en la transición de la figura del “General” en el político. El mismo periodista, historiador y diplomático Martin Luis Guzmán adapta su propia obra bajo ese romanticismo que lo sitúa como uno de los pioneros de la novela revolucionaria, dejando que la gestión administrativa apague gradualmente la honorabilidad de los “héroes” en un México transitorio, precediendo así la crítica fílmico?política que en aquellos tiempos se acentuaba con la libertad de expresión bajo el régimen presidencial de López Mateos.

 

45. Principio y Fin (Arturo Ripstein, 1993)

El equivalente a lo “Lo que el viento se llevó” en nuestro cine nacional, este escalofriante y desgarrador retrato de realidad sobre la caída de la clase media a la pobreza (un suceso de bastante repetición en el contexto social mexicano) significó la obra magna de Ripstein a nivel mundial, símbolo también del renacer el cine mexicano de principios de los 90. Ganadora de la concha de oro de San Sebastián, sus 180 minutos se ven bañados también de la influencia de la época de oro, madurando la desgracia de sus argumentos en algo mucho más frío e inmisericorde, pero siempre teniendo de relieve el suspenso que dicta esa maldita esperanza de mejora, redención y salida de aquel triste hoyo. Difícil de ver sin duda

 

44. Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017)

Ganadora del Premio de la audiencia en la sección internacional de Sundance , Contreras construye un relato que evoluciona progresivamente en complejidad e interés, abarcando no solo la magia de un logrado contexto lingüista e indígena de bellas imágenes, sino también creando uno de los romances LGBT más conmovedores y atípicos que se hayan presenciado no solo en la poco inclusiva historia del cine nacional, sino también en un contexto fílmico internacional. Fresca y entrañable, con personajes perfectamente estructurados en todas sus cronológicas etapas, las variantes técnicas y narrativas de este cuento de hadas y de amor surreal la hacen una joyita contemporánea del cine mexicano. Se necesitan más riesgos así

 

43. Mano de Obra (David Zonana, 2019)

Este preciso año se dio un evento formidable en nuestra industria fílmica, y ese fue el debut de David Zonana, que aniquila en su propio terreno, temática y crítica social a la muy inflada y mezquina “Nuevo Orden” del “experimentado” Michel Franco. Sin declaraciones promocionales y ámpulas, Zonana consigue un thriller sólido que exhibe los matices de las clases sociales de manera tan realista como brutal, amparándose en la naturalidad estética del cine mexicano (corriente neorrealista) y construyendo un antihéroe tan complejo como empático. La mejor película mexicana de la temporada 2019 – 2020, pudo haber sido incluso aún más, pero el final tambalea debido a la novatez de su director, que esperemos se mantenga en este nivel

 

42. El Infierno (Luis Estrada, 2010)

Una obra polémica que ha envejecido bien, tanto para la gloria del cine mexicano como la desgracia social que sigue acarreando el país. Menor que La Ley de Herodes pero aun así tan cruenta como punzante, los riesgos tomados por Estrada son de aplaudir al situar a esta grotesca e “infernal” situación dentro de un corrosivo, culpable y muy divertido sentido de humor negro, muy, muy, muy negro. Así como en su momento variados personajes de Gavaldón, Rodríguez y Buñuel formaron parte de la cultura pop mexicana, quizá El Infierno aquí logre sobresalir de su Ley de Herodes en el posicionamiento “del Benny” y por supuesto del inolvidable “Cochiloco”, el arquetipo de ese amigo – enemigo del pueblo con Joaquín Cosío en estado de gloria

 

41. Tizoc (Ismael Rodríguez, 1957)

Rodríguez encontraría en Infante el socio perfecto desde la primera vez que lo dirigió en 1944, logrando una mancuerna legendaria que terminaría con el pináculo artístico de Pedro al menos en cuanto a su fama internacional se refiere, ganando la mejor actuación en el Festival de Berlín. Ismael tomaría el Pedro macho, y aunque respetaría de cierta forma esa imagen fílmica en algunos de sus proyectos, fue cuando ese arquetipo se quebrara dónde ambos encontraban sus mejores colaboraciones, por ejemplo el indio Tizoc, un remanente del pasado mexicano que entregaría a su amor a una poderosa hembra llamada María Felix, que en este caso funge como una amalgama espiritual y humana, ideal para el indio. El Romeo y Julieta de México, el final es inolvidable

 

40. Ánimas Trujano (Ismael Rodríguez, 1961)

Ganadora del Globo de a  la mejor película extranjera, resulta sui generis la comunión del gran Ismael Rodríguez con el legendario Toshiro Mifune, el primero padre directivo del macho charro mexicano con su socio Pedro Infante, el segundo, el retrato histriónico perfecto del samurái japonés extensión de Kurosawa. A pesar de que el método del teatro kabuki logra desentonar en algunos pasajes de su desarrollo, no se puede negar el gran mérito de Mifune al enfundarse como el odioso, borracho y vividor mexicano que quiere ser mayordomo, en una dura metáfora y sátira del poder, machismo y de las cábalas, un tema tabú incluso para aquellos tiempos que el director supo encausar con mucha precaución y astucia dentro de la burla implícita a sus interpretaciones.

 

39. La Mujer del Puerto (Arcady Boytler, Raphael J. Sevilla, 1934)

Una calma inusitada rodea al considerado primer clásico del cine nacional, una que en tres cuartas partes de su metraje proyecta muchos de los elementos por venir dentro de la época de oro, y que a pesar de una narración por momentos amateur (una retacería y un montaje arcaicos), deja los estatutos para la final aparición de aquella tragedia épica enfundada en la figura icónica de la también calificada como la primera diva nacional Andrea Palma, la dama del puerto, víctima de la pobreza, de las vecindades, de la hipocresía social y de un desenlace cruento. Dos versiones más del amargo cuento llegarían con los años: el muy pobre de 1949 y la versión de Ripstein de 1991, que aunque superior en varios aspectos, se aleja de la simpleza teatral y amarga de su original.

 

38. Salón México (Emilio Fernández, 1949)

Contrastes magníficos, el mismo año del cruel retrato rural de Pueblerina, Emilio sería capaz de levantar lo que es en esencia un thriller, pero también un testimonio dramático sobre la urbanización y la consecuente deshumanización que, a través del sacrificio, muchas mujeres tuvieron que adoptar. Es notable cómo Emilio quizá fue el primer “feminista” fílmico de México, y es que sus personajes mujeres, recias y luchadoras, eran siempre estructuradas a través de un contexto social no solo creíble, sino real. Aquí le tocaría a Marga López luchar contra la opresión masculina, pero también daría la oportunidad a Miguel Inclán de salir de su papel de villano con un entrañable y romántico héroe. No cabe duda que a este México actual le hace falta mucho Emilio

 

37. Viento Negro (Servando González, 1965)

Este viento de desgracias significa más que un potente drama tan surrealista como su progresión de acciones y tragedias, no apta para los corazones sensibles y/o emotivos. Pareciera que esta película de cierta pérdida en el tiempo marcaría en su año el final de aquella tendencia de sufrimiento social del cine mexicano y su época de oro, para dar pie en los consecuentes años a una etapa incierta, de surrealismo y origen “del caifán” y de “la fichera”. Un parteaguas pues que raya en el género de la aventura y se aleja del melodrama por su inquietante carga de tensión y suspenso, tal vez estemos ante el récord narrativo de la seguidilla de tragedias mejor estructuradas dentro del cine nacional

 

36. La Ilusión viaja en tranvía (Luis Buñuel, 1954)

Incluso la que pudiese haber parecido la menor obra de Buñuel en México, en manos de los personajes ideales, la cultura e idiosincrasia mexicana, se convierte en una de las fábulas más ágiles y divertidas del cine nacional, una ida y vuelta en tranvía que tal vez conglomere todos las bases técnicas y narrativas para lograr dar cátedra sobre el ritmo, en este caso ideal y que pasa la raya de la perfección. Al borde de la “caricaturización”, esta comedia es tan entrañable que se encuentra construida y dirigida para todo nivel y edad de audiencias, sus personajes, el héroe, su “patiño”, la doncella y por supuesto ese tranvía (que se convierte en el verdadero protagonista del film), entablan una química conmovedora. El final en el punto de partida es de antología

 

35. Museo (Alonso Ruizpalacios, 2018)

Uno de los nuevos orgullos nacionales – fílmicos toma el concepto “historia” como principal referente de un divertido y gran thriller, estableciendo que la naturaleza de la misma puede ser tan verdadera como ficticia según quién y cómo se narre, recayendo su absoluta veracidad solo en la persona que lo vivió. Ruizpalacios así replantea y traslada dicha “antropología” a sus dos parias protagonistas de uno de los robos más infames de México y que bajo su lente, se exhiben como dos antihéroes juzgados en una sociedad que justamente los ha olvidado. Una rica exposición histórica sobre el estilo fílmico mexicano, aquel año del 2018 vendría a darle al cine nacional dos de sus joyitas contemporáneas, una en el plano neorrealista, y esta otra dentro del thriller

 

34. La Perla (Emilio Fernández, 1947)

La perla nos hará libres”, simbolismo de poder y deshumanización que a la orden del gran “Indio” y la portentosa visión de Gabriel Figueroa (Mejor Fotografía en los Globos de Oro y Festival de Venecia) logran una puesta en escena bellísima y grandilocuente donde la música surte en comunión con su narrativa y estética un efecto solemne. La perla, un tesoro encontrado en el fondo del mar, es la oportunidad para salir de la miseria, pero al mismo tiempo un vehículo maldito para la ignorante y pobre pareja de pescadores magistralmente interpretados por Pedro Armendáriz y María Elena Marqués. Valiéndose de un tono western, Emilio encausa una desventura y cacería humana embelesada por el poder surreal emergido de aquella exótica joya.

 

33. Pueblerina (Emilio Fernández, 1949)

Más vigente que nunca gracias a su argumento centrado en la miseria humana, el abuso y violación, la etiqueta de su título se extiende hacía un director que en efecto, siempre se consideró como “pueblerino”, logrando no solo captar el entorno minimalista de una cultura que arrastraba el caos de la guerra, sino también difundirla hacía al exterior con una madurez artística digna y al nivel de todos los maestros europeos y americanos de aquel tiempo (no por nada nuevamente fue seleccionado para competir en el Festival de Cannes). Simple en argumento pero compleja en su cruda crítica hacía el “machismo” y su siempre esperanzadora búsqueda del romance, Emilio siempre será también maestro del amor… uno trágico, pero también empedernido.

 

32. Como agua para chocolate (Alfonso Arau, 1992)

El lenguaje se convierte en sabores y la comida mexicana consigue su protagonismo de parte de un romance de toques fantásticos, una alegoría que relaciona al amor y al sexo con el arte culinario y con las grandilocuentes cocinas mexicanas, llenas de secretos, experiencias, tragedias, grandes hornos y alegrías. Situando su origen durante el Porfiriato, prosiguiendo con la Revolución y trascendiendo gracias a un mito familiar transmitido por generaciones, la elocuente y cautivadora narración de Arau provee al cine mexicano de su “Cinema Paradiso”, ¿o será Cocina Paradiso?, agregando ese ingrediente secreto de tragedia y oscuridad dentro de un romance que funde a Lumi Cavazos con el australiano Marco Leonardi (Sí, el Toto de Cinema Paradiso).

 

31. Ensayo de un Crimen (Luis Buñuel, 1955)

Era clara la fascinación que el mismo Hitchcock sentía por Buñuel al grado de cuestionar justamente si la obra del “Maestro del Suspenso” hubiera sido la misma sin esta asesina cajita de música y la mente siniestra de Archibaldo de la Cruz, “El Señor Telenovela” Ernesto Alonso enfundando en uno de los más pintorescos personajes de Buñuel dentro de una de sus piezas más divertidas e intrigantes. Un juego de géneros entre el thriller, el romance y la comedia negra es también 5 años antes de Psycho, uno de los usos más eminentes del recurso “mcguffin”. Coqueta, siniestra y tierna, el ensayo de Buñuel también comprende ciertas dosis de morbo y perversiones al incluir en su cuento a la hermosa Miroslava, pecado y salvación de nuestro peculiar asesino.

 

30. Profundo Carmesí (Arturo Ripstein, 1996)

Italia, México y Estados Unidos proveyeron al cine de la historia basada en hechos reales sobre los asesinos Martha Beck y Raymond Fernández, que en los 40’s aniquilaron casi a una veintena de viudas. Por supuesto que en manos de Ripstein la versión mexicana apabulló a sus contrincantes ganando el mejor guion en Venecia y haciéndose de un lugar en los anales de la industria nacional como uno de sus mejores thrillers. El cineasta logra una regionalización perturbadora bajo una sublime química entre Regina Orozco y Daniel Giménez Cacho, pareja que intima con la muerte y la crueldad de una manera tan asquerosa como fabulosa. Es propio de Ripstein impregnar de una culpa peculiar a su audiencia al lograr secretamente empatizar con sus enfermizas criaturas.

 

29. Él (Luis Buñuel, 1953)

Pieza que de nuevo denota la influencia de Buñuel en Hitchcock (este la nombró su película favorita) hacia películas como North by Northwest y Vertigo; la primera en su sutil pero crítico manejo de un humor muy negro y en la segunda obviando la obsesión de su protagónico. Sin embargo con Él, Buñuel no solo logra obtener uno de los retratos más tétricos sobre la paranoia y los celos, sino también en una segunda tangente casi imperceptible, hace que de nuevo la esfera alta de la sociedad se comporte como el generador y principal responsable de engendrar estos monstruos repletos dobles caras e hipócritas, elemento predilecto del cineasta que en esta ocasión reduce su dosis surrealista. Mención aparte para la gran actuación de Arturo de Córdova.

 

28. María Candelaria (Emilio Fernández, 1944)

La cruz de “El Indio” Fernández era pesada. El que alguna vez se declaró como la encarnación del cine mexicano, no estaba tan alejado de la realidad, pues junto a Figueroa logró captar estética y narrativamente las tragedias más notorias y románticas de nuestro cine, historia y evolución social, situándose por lo general en cuadros amorosos que terminarán con el desmembramiento de una o varias de sus partes; en este caso concreto, de una india de Xochimilco víctima de la degradación, encasillamiento y linchamiento de su comunidad. La ganadora de Cannes causó polémica debido al estatuto del comportamiento salvaje de los pueblos mexicanos, pero nada que no pueda ser perdonado gracias a la gran presencia de la inmensa Dolores del Río, la Candelaria.

 

27. Nosotros, los pobres (Ismael Rodríguez, 1948)

La fábula de la desgracia, Ismael Rodríguez regresa en el ranking para construir el homenaje hacia el pobre, hacia al arrabal, hacia la vecindad. No cabe duda de la influencia melodramática hacia las consecuentes telenovelas, formato que desbarataría la complejidad de una obra que íntima con la desdicha de manera alucinante, casi extravagante, casi irreal. ¿Será posible esta progresión trágica de hechos en la misma línea del Job bíblico? ¿Que entre esta extrema pobreza, cárcel, hurtos y muerte aún se encuentre la alegría por vivir? En México sí es posible, y este testimonio fílmico también de toques musicales confirma que aún se puede silbar un “Amorcito Corazón” para recordar al inmortal Pedro Infante, a aquel mítico Pepe el Toro, su Chorreada y su Chachita.

 

26. Aventurera (Alberto Gout, 1950)

Un icono de la cultura mexicana, la “Aventurera” es el reflejo de la desventura femenina nacional que en un principio viajó de Chihuahua a Juárez y después a Guadalajara, para con el tiempo trascender y convertirse quizá en la obra musical más representativa del país, todo nacido de la pluma de Álvaro Custodio y la adaptación y dirección de Alberto Gout. La rubia es el esbozo de la explotación y de la hipocresía de la alta sociedad en un musical solvente e hipnótico donde la sensualidad de Ninón Sevilla, la venus dorada, bailarina y vedette mexicana de origen cubano concebiría el llamado cine de rumberas; uno que Gout enmarcaría en un tratamiento noir que va desde la deshumanización a la venganza y posteriormente a la redención de nuestra anti heroína.

 

25. Nazarín (Luis Buñuel, 1959)

Quizá la obra más irónica y contradictoria de Buñuel, Nazarín es una fresca reinvención del relato de Jesucristo con ricas variantes a la orden de la faceta más religiosa y alejada de su declarado ateísmo por parte del cineasta español. La presencia de un sacerdote intachable en un lugar de pecado, obligan a que el personaje y hombre de Dios comencé una odisea de predicación a la que se le unirán sus apóstoles, dos féminas que simbolizan el conflicto entre el fanatismo y la fe, y que a la postre alimentarán la pasión y el via crucis de aquel hombre en un viaje con muchas connotaciones espirituales y sociales, tan surrealistas como brutalmente palpables. En su diversificación Buñuel logra sustraer al hombre de la divinidad y situarlo en un cruento México.

 

24. Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989)

A la fecha se mantiene tan polémica, esclarecedora e impactante como en la fecha de su estreno, la película insignia de la masacre del 68 agradece su brutalidad al sentido narrativo “minimalista” de un Fons sin ninguna pizca de concesión. Todo el suspenso y el sentido de terror lo mantiene dentro de su departamento, en una tragedia que a pesar de conocer su final (desde las entrañas), te mantiene al borde del asiento como queriendo esperar otra cosa, un halo de luz, de esperanza o de piedad. Lo más terrorífico de este amanecer es irónicamente lo honesta que es, centrándose en el discurso social de la matanza y por supuesto en su mensaje de justicia y denuncia hacía nuestra cruz como nación, un “suceso” que no se olvida ¡Nunca!

 

23. Tlayucan (Luis Alcoriza, 1961)

Los otros olvidados, aquellos prisioneros del clero, del dogma y de su “impuesto”, no se encuentra muy lejos del nivel del mismo Buñuel, y con una gran capacidad de análisis y crítica social, sugiere un cuento de hadas y de horror surrealista con símbolos tan duros como hilarantes (la religión y sus seguidores hipócritas como cerdos), convirtiendo a este complejo drama en una ironía cómica casi palpable y más actual de lo que parece. Este ejercicio maestro de degradación social incurre también con grandes diálogos (Alcoriza era mejor guionista que director) en el erotismo y la redención, incluyendo uno de los mejores papeles de Andrés Soler, el eterno villano aquí tan infame como honesto (quizá la única persona cuerda en ese pueblo olvidado)

 

22. El Compadre Mendoza (Juan Bustillo Oro, Fernando de Fuentes, 1934)

Un thriller revolucionario ensamblado dentro una devastadora historia de amistad, este gran clásico sorprende por su cercanía del conflicto, apenas 6 años después de dar por terminada La Revolución mexicana, y por lo tanto por su manejo de diálogos, escenarios y personajes dentro de una ficción realista y adepta al movimiento zapatista en el sur del país. “El compadre”, símbolo familiar intachable dentro de la idiosincrasia y amistad nacional, aquí juega un rol de doble agente, presionado no solo por sus nexos y relaciones tanto dentro del movimiento, como con las facciones federales; sin embargo, será la mujer, la intocable comadre y un platónico triángulo amoroso con el padrino zapatista lo que detonará la última acción de Mendoza, su compadre.

 

21. El Callejón de los Milagros (Jorge Fons, 1995)

Antes de los amores perros, el desaparecido Jorge Fons comulgaba los cuentos de un barrio y su vecindad para exponenciar la sensualidad y los secretos más íntimos y oscuros de una serie de pintorescos personajes tan conocidos como el vecino, el cantinero, la casera o los jóvenes ávidos por amor. Aquel callejón encausó una milagrosa adaptación de Vicente Leñero a la novela egipcia de 1947, viendo de nuevo en su customización al lenguaje y sociedad mexicana, la razón perfecta para redescubrir los sueños y reales identidades de estos elementos unidos por la convivencia casi utópica de su peculiar comuna. Sin duda, la aparición de Salma Hayek en aquel marco de ventana se ha convertido en un símbolo e imagen perdurable dentro del cine mexicano y la cultura popular.

 

20. La Ley de Herodes (Luis Estrada, 1999)

A pesar de su reciclaje narrativo en sus progresivas “secuelas”, esta “Ley” quedó plasmada como un divertido, brutal y realista estudio hacia el protocolo gubernamental del llamado “dinosaurio mexicano”, el partido político que ha gobernado con una “dictadura perfecta” el “infierno” del sistema ministerial nacional. A través de una genial interpretación de Damián Alcazar, esta sátira sobre la corrupción personal, social y económica desde una menor escala (un pueblito olvidado), representa de manera perfecta las formas en la que México ha sido sometido a un régimen dictador disfrazado de república democrática. De muchas maneras la risa alivia el dolor frente a esta ruin escalera de poder, y es que ciertamente “La Ley” está inundada de momentos geniales.

 

19. Los Caifanes (Juan Ibáñez, 1967)

El “caifán”, gente de barrio que todo lo puede, entes bandoleros, poetas callejeros y criaturas nocturnas de la Ciudad de México que han forjado su folclor y lenguaje: “Una rubia bien elodias”, “Pasajeros al tren”, “las sobrinas de las otras botellas”, dialectos que solo aquellos que reconozcan el sabor de unos sabrosos tacos de cabeza y la guitarra y canto de Oscar Chávez podrán identificar y/o traducir. Ibáñez construye una odisea autóctona estilo guerrilla, una road movie llena de pasión, aventuras y elementos surrealistas que van desde un diablo mesero y las noches mágicas del cabaret, hasta un Carlos Monsiváis como un Santa Claus borracho. Sin duda, Los Caifanes es nuestra “Dolce Vita”, nuestras “Luces de Variedad”, nuestra postal nacional influenciada por Fellini.

 

18. El Lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1978)

El perfume de gardenias suena en un lugar de pecado, de perversión, un lugar sin ningún límite. La omnipresencia de Ripstein convierte a este bacanal en un cuento de hadas exótico, donde el machismo sucumbe ante el legendario beso de la Manuela y el aspecto político carece de toda decencia. Ana Martin y Gonzalo Vega lucen sensacionales, pero es Roberto Cobo quién se erige como el verdadero camaleón olvidado del cine nacional frente al neorrealismo de un autor en su máxima expresión, el cual desde sus primeras etapas nos confina a lugares aislados y lúgubres para acentuar la tragedia dentro de un tratamiento de fábula adulta. Cabe destacar la participación de Don Fernando Soler, como siempre brillante en una de sus últimas participaciones.

 

17. El Ángel Exterminador (Luis Buñuel, 1962)

La oda a la tortura del burgués, el Buñuel más surrealista goza con el resquebrajamiento del abolengo y encierra en un cuarto a una serie de personajes tan falsos como despreciables, donde el castigo por el boleto de la hipocresía tiene el mismo costo de acceso y la misma hora de salida. Cuando el exterminador está cerca, los sueños se hacen tangibles y los secretos comienzan a descubrirse, el comportamiento animal a aparecer y la desesperación que pudiera convertir en humanos a estos engendros a vislumbrarse. El director ha contraído la maduración para dotar a su siniestramente excepcional relato de ese equilibrio satírico que en muchas ocasiones hace parecer a la puesta en escena en una comedia accidentada donde “aquí no pasa nada”.

 

16. El Rey del Barrio (Gilberto Martínez Solares, 1950)

La espontaneidad en el humor de Tin Tan fue avasallante en mucha parte gracias al forjamiento de un núcleo y conglomerado creativo que trabajaba con el solo objetivo de su lucimiento. Esta disfrazada asociación llegó a su clímax cuando el Pachuco de Oro encarnó al Rey del Barrio, figura que lo posicionaría con toda justica como el artista cómico más completo dentro de la filmografía mexicana, que a pesar de siempre operar bajo la sombra de Cantinflas, aquí detonaría con bases sus mayores tablas en el humor físico, y no solo en el oral. La puesta escena raya en lo exótico, en lo musical, en lo surreal, donde las criaturas humorísticas de Tun Tun, Tongolele, La Vitola, el hermano Ramón y el mismo Germán van apareciendo en una oda de humor sin precedente.

 

15. Una Familia de Tantas (Alejandro Galindo, 1949)

El protocolo de una estricta y familia mexicana es sacudido por la presencia de un inalcanzable vendedor de aspiradoras. La venta así se convierte en el elemento que dispara el enfrentamiento de las costumbres machistas y del yugo patriarcal contra la evolución del pensamiento mexicano, el rompimiento de un esquema primitivo y tradicional y uno de los primero ejemplos de la liberación femenina en el cine mexicano. Original drama y romance donde la fuerza actoral de un genial y repugnante Fernando del Soler se confronta a un entrañable príncipe azul mexicano sin capa ni espada, pero si con labia, aspiradoras y refrigeradores soberbiamente interpretado por David Silva. En el rubro de las ventas y la mercadotecnia, un deber para cualquier estudiante.

 

14. El Tejedor de Milagros (Francisco del Villar, 1962) Por Cat Movie Lee

En Cristo de nuevo crucificado’ del griego Nikos Kazantzakis, la posibilidad de que, si Cristo volviese a nacer, volvería a morir a manos del hombre, es una realidad atroz y burlesca que supera la ficción. En El tejedor de milagros’, pasa algo similar. En pleno 24, el fanatismo, la avaricia, la ignorancia y la casualidad se apoderan de un pueblo al cual van a dar Arnulfo y su mujer (a punto de dar a luz) Jacinta. En esta Navidad mexicana, no hay nieve ni papá Noel, pero sí el nacimiento de un niño pobre en un establo ¿le suena? Haga el favor de contemplar esta joya surrealista de nuestro cine y de la infamia humana, protagonizada por los maduros y enormes Pedro Armendáriz y Columba Domínguez. La fotografía es de Gabriel Figueroa ¿algo más?

 

13. El Bruto (Luis Buñuel , 1952)

Varios elementos tenían que converger para concebir este pedazo de obra maestra, el regalo del cine nacional a los mejores estándares del cine noir a nivel histórico. Primero, el guion de Alcoriza, con una jerga de ensueño e hilarante enfundada en una impresionante mole protagonizada por Pedro Armendariz (segundo eslabón). La dirección de Buñuel, perfecta incluso estando muy alejado de su toque surrealista, y finalmente el endiosamiento de la femme fatale mexicana en la piel de una inmejorable Katy Jurado, uno de los ejemplos más oscuros dentro de la estela de este tipo de personajes dentro del género. Andrés Soler por supuesto pone la cereza a este pastel como el villano en cuestión. Amor, comedia, romance , mafia, thriller y noir, mucho noir. Joya

 

12. Los Hermanos del Hierro (Ismael Rodríguez, 1961)

El western mexicano es salvaje, es revolucionario, es musical, en ranchero, es Antonio Aguilar luchando contra su hermano por el amor de la joven Jacinta, una hermandad que fue forjada a raíz de la violencia, de un silbido y del asesinato de su padre, y posteriormente alimentada por la sed de venganza de su madre, la enseñanza de un pistolero y la conducta sanguinaria desatada por el menor de los Hierro. Un western complejo, sádico y romántico, que puede equipararse sin problema a las piezas europeas o estadounidenses y que en su innovación hacia con la idiosincrasia mexicana, trasgrede a la figura de la madre para situarla como villana, haciendo que esta ágil y desembocada cacería termine en una previsible pero genial y metafórica tragedia.

 

11. Cronos (Guillermo del Toro, 1993)

Por algún momento el cine mexicano vio en un regordete y talentoso cineasta tapatío, revivir las viejas glorias de la fantasía mexicana, pero ahora con la calidad y complejidad narrativa suficientes para hacerse premios de Cannes y Sitges. El recién ganador de Venecia se estrenaba con un film que parecía un engendro esplendoroso entre el terror alemán de los 20’s y la cultura mexicana. En sus barrios y anticuaros, en la lúgubre noche de la Ciudad de México, el terror y la fantasía resurgían con una brillante simpleza y originalidad, en una amalgama de corrientes, estilos y talento actoral gringo, español y mexicano que se regodeaban en esta revitalización del mito vampírico. A todos parece habérseles olvidado que Del Toro dio su mejor película en su debut.

 

10. El Violín (Francisco Vargas, 2005)

Se acabó la música“. Una frase que retumbará en los oídos y en la mente de todo amante del cine mexicano y que se ha vuelto el símbolo de nuestro último gran clásico, un neorrealismo sin espacio, atemporal, que puede ser aplicado a cualquier situación o circunstancia de la nación mexicana o latinoamericana de los últimos 100 años y que aún hoy en día seguiría vigente, trágicamente palpable y maravillosamente plasmada en lenguaje fílmico. 30 galardones que incluyen a Cannes y San Sebastián confirman que el Violín es como el cine de Vargas, solitario, perdido en el tiempo, íntimo y punzante. Quizá su vil industria se haya olvidado de él, pero el instrumento y las cuerdas de Don Plutarco ya viven por siempre en los anales del cine mexicano.

 

9. Roma (Alfonso Cuarón, 2018)

Cuarón firma su obra maestra en su país y desde su memoria, regalándole al mundo una invitación a la intimidad de su hogar y a los momentos de su niñez, los cuales se entrelazan con irónica familiaridad hacía con uno de los momentos claves y trágicos de la historia mexicana. Pieza donde coinciden su mejor estatus técnico y narrativo en un relato que de igual manera amalgama y confronta a los puntos clímax de su filmografía, el mexicano consigue que la inocencia y la violencia socio política encausen una explosión de sensaciones y emociones desgarradoras, pero sin perder de vista a su tonalidad de “cuento de hadas”. Obra neorrealista sobre un México surrealista, L escena del halconazo y el parto son parte esencial ya del cine nacional

 

8. Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940)

El clímax del Cantinflismo, monumento a un único e inigualable estilo humorístico basado en la espontaneidad y la agilidad oral, alabada de manera internacional e incluso aceptada por la Real Academia de la Lengua. Fue tanta su influencia y poder que el personaje “Cantinflas”  trascendería fronteras posicionándose como el icono de la comedia a un nivel continental. Con un reparto que incluye a Sara García y a un brillante Joaquín Pardavé, Bustillo Oro se confiere al control total de Mario Moreno para exponer una deliciosamente original fábula de accidentales identidades que surten un efecto soñado y grandilocuente en el tremendo acto final en una sala de jurado, confinamiento donde quizá se ha dado el mayor ejemplo de la comicidad e ingenio mexicanos.

 

7. ¡Vámonos con Pancho Villa! (Fernando de Fuentes, 1936)

La proximidad con los hechos revolucionarios hacen a esta aventura una pieza que raya en el valor histórico, no por las libertades creativas que se toma para referir a “La Revolución” como el enemigo común de esta camaradería entrañable, sino al plasmar con una belleza técnica y narrativa algunos pasajes fieles a lucha de La División del Norte; desde canticos, lenguaje y algunos nombres y/o leyendas de gran valía como los generales dorados y hasta mitos, como el de la creación de la mortal ruleta rusa al estilo nacional. Para algunos románticos amantes de la historia el retrato de Villa podría parecer vulgar y alejado de los reales ideales; sin embargo, el cautivador y emotivo cuento sobre la amistad y la revolución, como dirían en mi pueblo ¡no tiene madre!

 

6. Enamorada (Emilio Fernández, 1946)

El cuento de amor mexicano por excelencia, la doña y el macho, la malagueña y el revolucionario, la soldadera y su general; Fernández se deshace de su pesada cruz de muerte y angustia y cae bajo el hechizo de la mirada de la gran diva María Félix y el de su talento histriónico adelantado a su tiempo: recio, natural, espontaneo, romántico ¡Divo! Como la hembra nacional por antonomasia, ella representa la fuerza y lucha desde las adelitas revolucionarias hasta nuestra madre santa y rige no solo la química con Armendáriz, sino también el estilo directivo de “El Indio” que ha cambiado, ha mejorado, se ha trastornado, se ha enamorado. Frente a la guerra, la humanización llega por parte del corazón en forma de un silbido, una dura cachetada o un amoroso mariachi.

 

5. Amores Perros (Alejandro González Iñárritu, 2000)

La ganadora de Cannes es la constancia de cómo Iñárritu concibió su obra maestra a partir de las raíces mexicanas. Bajo el formato de historias cruzadas y teniendo al “perro” como eje narrativo, testigo y víctima del ruin accionar humano en un choque clasista tan familiar como oscuro; tanto el guionista Arriaga como el director conciben una oda de autodestrucción en sus primeros dos actos para después rematar con un gran final repleto de redención, generando luz a partir de la proyección más oscura de aquella evolución del México Olvidado. Las clases medieras (altas y bajas) se combinan con el estrato más bajo usando al fiel e instintivo “animal” como metáfora, el cual compartirá a través de su sacrificio la tragedia y misma resurrección de su(s) dueños.

 

4. El Hombre de Papel (Ismael Rodríguez, 1963)

Un cuento de hadas a la usanza de México, tan sui generis como surreal, y único en captar la desesperanza y la aventura, la ternura y la tragedia con los mismos niveles de emotividad y calidad narrativa. La odisea de un hombre mudo por conquistar a una mujer y así poder cumplir su principal objetivo: tener un hijo, es magistralmente interpretada y dirigida por Ignacio e Ismael, que derivan en una montaña rusa de sentimiento de principio y a fin y en dónde se respira en cada momento ese eterna característica “aspiracional” que define al mexicano. Se podría decir que Ismael consigue sus “Olvidados”, pero moldeado a su estilo errante y de fábula, incluyendo dos que tres toques surreales y un final que primero te desgarra, y luego te vuelve a dar vida

 

3. El Esqueleto de la Señora Morales (Rogelio A. González, 1960)

Claramente estamos hablando de la mejor comedia negra de nuestro cine, una pieza ineludible dentro del brillante y original humor mexicano a partir de la imagen de una terrorífica institución conyugal que alude de nuevo a la muerte como principal socia narrativa. La excepcional interpretación de Arturo de Córdova va más allá del valor histriónico, convirtiéndose en un débil reflejo machista que confronta a dos valores intocables de la idiosincrasia nacional: la espiritualidad y el matrimonio. ¿Se imaginan al machismo rebajado y expuesto en dicha época? Esto desembocará en consecuencias tan funestas como hilarantes, presentando a una de las villanas del cine mexicano por antonomasia en donde la psicosis perdurará hasta en los huesos.

 

2. Macario (Roberto Gavaldón, 1960)

Nuestra celebración y veneración fílmica hacia la figura que nos define como cultura: la muerte. En la conversión surreal y espiritual de Macario convergen todas las creencias populares y simbologías de nuestra raza, dirigidas con soltura por un Gavaldón que sitúa al ángel de la muerte como un ser tan complejo para el adulto como simplista y didáctico para un niño. La fábula del Día de Muertos, festividad que antes lo ojos del mundo comunica nuestra esencia, es enriquecida por la obra visual más grande del otro héroe fílmico nacional, un Gabriel Figueroa inmerso en la metáfora de la muerte, nuestra eterna cómplice. La libre interpretación rodea a un relato que para algunos pudiera ser trágico, mientras que para otros simplemente representa la redención misma.

 

1. Los Olvidados (Luis Buñuel, 1950)

¿Por qué olvidar nuestra esencia? ¿Por qué negar nuestra cruz? ¿Por qué no lograr identificar en estos tiempos que el cine mexicano fue, es y será “El Olvidado”? Esta apoteósica obra que juega con el thriller y con la excepcional y teóricamente imposible comunión entre dos corrientes contrariadas como el surrealismo y el neorrealismo, engloba de manera fulminante la visión de un México tan trágico como esperanzador. Buñuel deja claro que en su “ficción” no trata la generalidad de un país, sino aquellos recónditos personajes “olvidados” en los que se cimientan la pobreza y el esbozo primitivo de nuestros pecados como nación y sociedad, consecuencia del olvido hacia aquellos estratos casi utópicos y subculturas que siguen rigiendo la mayoría de nuestra población hasta hoy en día. El infante y/o adolescente como símbolo de este descarriado nacimiento expone la que sin lugar a dudas es la mejor historia de nuestro cine: crudo, divertido, crítico, satírico, angustiante y hasta perverso. ¡Nunca lo olviden!

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Acerca del autor

El Fett   @El_Fett   cinescopia.com

El más realista y cabrón crítico de cine que pueda existir. Ente sin misericordia que tiene el halago de transmitir a los mortales su sentir y sabiduría en el mejor recinto sobre el séptimo arte. Cinéfilo de corazón y crítico crudo por vocación. Alter ego del Licenciado en mercadotecnia y RRPP Oscar M Rodríguez (FB) Sigueme en twitter @El_Fett


1 Comment

  • No tengo vergüenza en decir que soy malinchista por preferir cualquier película extranjera antes que las de mi país (porque 9 de cada 10 son malas), debo creer que hay un hilo de esperanza en todo esto, que a pesar de toda la mediocridad fílmica hay talento escondido dispuesto a salir, que aunque las cosas se vean mal hoy mañana será un día mejor, el día en que finalmente la industria mexicana esté al nivel de la europea o la asiática.

    Las que faltaron:

    -Club Sandwich: Sincera, dulce, minimalista y un gran ejemplo de expresión corporal. Una madre debatiéndose su propia felicidad y la de su hijo. Prueba de porqué Fernando Eimbcke es un gran director que va mejorando con cada nueva entrega.

    -Temporada de Patos: Puedo entender que no guste a muchas personas porque aparentemente “no pasa nada”, pero es una película profunda, sobre las relaciones humanas, sobre los sentimientos en diferentes etapas de la vida que evoca a la nostalgia, a esos tiempos de ocio que en realidad van mucho más allá, entre simbolismos y metáforas que parecieren ser banales.

    -Guten Tag Ramón: Una historia de humanidad y una visión refrescante al tema de la migración y a la bondad del ser humano. Visualmente es espléndida y nos recuerda el apoyo y la ayuda que está haciendo falta no sólo en el cine.

    -El Estudiante: Calificada como melodramática y cursi, se sobrepone a sus carencias con ingeniosas reflexiones acerca del amor y sus implicaciones (amor de cualquier tipo), la juventud, la educación y la apreciación de que las generaciones se asemejan en más de un sentido, pudiéndose unir a través de la amistad. También destaca la importancia del teatro como metáfora para la complementación del espíritu.

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