Arillo de Hombre Muerto: Denuncia fílmica de un México doloroso

El cine, como todo arte, debe saber reflejar nuestra realidad, retratar a la sociedad y sus problemas, por dolorosos que estos sean. “Arillo de Hombre Muerto” es una de esas películas tristemente vigentes y actuales. Pero, ¿qué la hace diferente o resaltable en comparación con la oleada de producciones (nacionales e internacionales) que han abordado el tema de las desapariciones?

Arillo de Hombre Muerto nos cuenta la historia de Dalia, una conductora del metro quien trabaja el turno nocturno y quien regresa a su casa para descubrir que su marido ha desaparecido sin dejar rastro. Dalia intentará denunciar su desaparición y buscar que la autoridad tome cartas en el asunto, enfrentándose a la indiferencia de su entorno y poniendo en entredicho la relación con sus hijos, con su sindicato, con sus compañeros de trabajo, con sus vecinos y con todos quienes la rodean, encontrando que la indiferencia es también una forma de violencia, llevando a la revictimización.

Tres puntos diferencian a Arillo de Hombre Muerto. Primero, el hecho de que el tema del narcotráfico es dejado de lado, incluso poniendo el dedo en la llaga sobre las autoridades encargadas de investigar las desapariciones, ya que se trata de evidenciar que no todas las víctimas tienen algo que ver con el tráfico de narcóticos, a pesar de la creencia popular convenientemente perpetuada. El segundo punto (quizás el más importante), es que Arillo de Hombre Muerto se aleja de la crítica panfletaria para, en su lugar enfocarse en el lado humano, mientras construye poco a poco una historia cargada de misterios, que van acrecentándose conforme vamos descubriendo poco a poco diversas situaciones que rodean la desaparición. Desde una relación extramarital, hasta el tema político de los sindicatos y la conveniente aparición de una ONG y la posterior apropiación del caso para generar publicidad.

La tercera, es la construcción de sus personajes, ya que se aleja de los maniqueísmos típicos del tema para entregarnos personajes complejos, con ciertas ambigüedades morales que proponen uno de los temas centrales del guion: la infelicidad, el sentimiento social y generalizado de insatisfacción que es incrementado por lo burocrático de la vida. El foco en este punto se da al conocer la situación real del matrimonio de Dalia y la relación extramarital que tiene con un compañero de trabajo, pero también por el recibimiento hostil de los vecinos y la fractura evidenciada de su vida familiar, tanto con sus hijos como con su suegra.

En su tercera película como director, Alejandro Gerber Bicecci, nos entrega una trama alejada de prejuicios y que resulta una denuncia sin señalamientos, en la que maneja una creciente intensidad dramática, apoyado en una sólida edición y a una fotografía que explora el sentir claustrofóbico y la frialdad del entorno. Cámara en mano, para grabar en el interior del metro, nos da una idea de cine guerrillero, mientras que el blanco y negro (utilizado para disfrazar lo brillante del naranja del metro y sus estaciones) nos permite adentrarnos junto con Dalia en los entresijos y la oscuridad de los túneles, a manera de paralelismo con el sentir de su protagonista.

Por último, vale resaltar la estupenda actuación de Adriana Paz, con una amplia gama de expresiones y emociones, que la encumbran como una de las mejores actrices del actual cine mexicano. “Arillo de un hombre muerto” se suma a otras propuestas como “La Civil”, “Ruido” y “El grosor del polvo”, que dan foco a los temas personales que derivan de un secuestro.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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