Aún Estoy Aquí: Nunca Más
Desde el estreno de “Ciudad de Dios” en el lejano 2002 que una película brasileña no hacía ruido en los festivales de cine, pues la mayoría han quedado algo rezagadas por el tiempo o no pudieron salir de sus fronteras. Tras 12 años en el anonimato, Walter Salles regresa con una obra que la crítica y el público aclaman hasta el punto de considerarla una de las mejores del año. Al igual que lo hizo en su tiempo con “Estación Central”, le toca el turno a “Aún Estoy Aquí”, casi enseñando paso a paso cómo hacer una película de denuncia social.
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), antes de criticar la ineficiencia del gobierno, Walter Salles aprovecha el contexto sociopolítico para centrarse en la víctima y su conexión familiar, de tal manera que cuando el evento ocurre, el dolor psicológico sea persistente con todos los miembros para que apoyemos su causa y queramos verlos reunirse, aunque en el fondo sepamos que dicha reunión nunca va a ocurrir. La empatía se vuelve casi instantánea y no recurre a trucos baratos para que entendamos la situación, porque un tema tan personal para su país era necesario abordarlo con la sensibilidad requerida.
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), el conflicto principal en Aún estoy aquí afecta directamente a la protagonista y a sus allegados. Al enfocarse por completo en esta problemática, la historia va al grano y no pierde tiempo con subtramas que no agregan. Llega muy bien a su destino porque siempre tiene en mente qué es lo importante. Si bien hay algunos detalles dejados al aire como el viaje a Europa de la hija mayor o el accidente que postró al hijo en silla de ruedas (que por cierto, es el autor de la novela original en la que se basó la película), es consciente que el foco principal es Eunice Paiva.
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), el tema de los desaparecidos en Aún estoy aquí no es trivializado ni tomado a la ligera. Al contrario, se trata con toda la seriedad posible para que no haya duda de la gravedad del contexto sociopolítico y saber lo que siente. Saber lo que es el absoluto terror de ser llevado contra tu voluntad a un edificio resguardado por el ejército, de rezar porque no te lleven por ser confundido por alguien más en la calle, de tener a cuerpos policiales rodeando tu casa con tal de vigilarte las 24 horas, del dolor que significa perder a alguien a quien amas. La mezcla de sentimientos transite de forma natural y eso hace al desarrollo narrativo natural y necesario.
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), la calidad técnica de Aún estoy aquí no parece un proyecto de tesis universitaria ni tiene una estética apantalla bobos. Estamos viendo a un equipo detrás de cámaras profesional que juega con la edición en los saltos de tiempo, cambia el formato de la fotografía para simular por momentos la calidad de imagen de una cámara casera (y con ello remontarnos a la época) y la selección musical está muy bien escogida y nutre la atmosfera que pretende tener, todo a favor de facilitar una mayor compenetración con la familia Paiva tanto en la alegría como en la tristeza.
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), las acciones de Eunice Paiva hacen que la historia de Aún estoy aquí pueda verse como un ejemplo de fuerza matriarcal, un verdadero empoderamiento femenino porque la prioridad es mantener unida a su familia tras la desaparición de su esposo. De más está decir la poderosa actuación de Fernanda Torres, quien merece todos los elogios posibles al manejar diferentes matices, desde el amor maternal hasta el llanto reprimido (en un mundo justo, ella debería ganar todo).
A diferencia de otras como “Emilia Pérez” (por citar un ejemplo), “Aún estoy aquí” es una joya que no olvida la dureza de la época, pero que también que fomenta la paz construida en la memoria y la justicia. Que las nuevas generaciones aprendan del sufrimiento de sus antecesores para construir un mejor futuro, con tal de que estas atrocidades no vuelvan a repetirse. Es difícil decidir si es la mejor del director, pero al igual que “Estación Central” dará mucho de qué hablar. Y sobre todo refuerza aquella frase usada por Argentina años después, pero que puede expandirse y validarse al resto del pueblo latinoamericano porque el dolor causado por el gobierno no se apaga: Nunca más.