Avatar: Fire and Ash – La misma pinche Pandora de siempre

Desde que inició esta franquicia allá por 2009, se ha hablado de que James Cameron revolucionó la forma de hacer y entender el cine como espectáculo audiovisual, apostándolo todo a tecnologías como 3D o IMAX; y si bien, aprovecha de maravilla esos recursos, apostar todo en mayor medida a esos valores técnicos francamente es un argumento ya bastante desgastado, lo que se comprueba en Avatar: Fire and Ash.

En esta Avatar: Fire and Ash, regresamos a Pandora siguiendo los acontecimientos tal como se dejaron en Avatar: El camino del agua mostrándonos a la familia de Neytiri y Jake completamente destrozados y viviendo su duelo por la muerte de su hijo Neteyam. Inesperadamente y sin una explicación, aparece una nueva tribu Na’vi llamada los Mangkwan, quienes se presentan como un grupo mucho más violento y salvaje que los conocidos hasta ahora en Pandora. Y es en este momento cuando algo ocurre con Spider, que su padre Quaritch decide hacer una alianza con los Mangkwan, mediante un trato para capturar a Spider y a su gran rival, Jake, y con esto cambiar para siempre el destino de Pandora.

A estas alturas no hay duda de que la cinematografía es un verdadero espectáculo, y es que James Cameron sabe dominar como pocos los aspectos audiovisuales llevándolos a su máxima expresión. Avatar: Fire and Ash es una proeza técnica. Cada plano parece diseñado para justificar años de desarrollo tecnológico, desde la integración casi orgánica del CGI hasta el uso de la luz, el agua y el fuego como lenguajes narrativos en sí mismos, pretencioso, pero técnicamente impecables.  Pandora sigue siendo un mundo hipnótico, exuberante y visualmente inalcanzable para cualquier otra franquicia contemporánea.

Pero en Avatar: Fire and Ash, aún con una guerra civil entre los habitantes nativos, y con los humanos que no dejan de acecharlos, esta saga ya no soporta más. Son más de 16 años alargando una misma historia que, además ha sido contada ya anteriormente y de mejor manera. El talento de Cameron tras la cámara, con esos planos sublimes, haciendo un muy buen uso de la tecnología para presentarnos este mundo fantástico saturados de luz y color, ya no le alcanzan más para soportar una historia plana que debió quedarse así desde la primera película. Porque no hay nada nuevo, sigue siendo Pandora, no la ha reinventado ni mucho menos, solo la ha mejorado visualmente. Y nos presenta estas mejoras en una cinta con más de 3 horas de duración, con una trama hueca y gastada, el choque entre civilización y naturaleza, la resistencia de un pueblo incorrupto y sabio frente a la maquinaria destructiva del progreso; la épica del sacrificio y la redención. Todo esto ya lo hemos visto y no solo en Avatar, sino en incontables relatos previos, pero aquí se presenta nuevamente de una forma innecesariamente alargada, solemne y rebuscada. La película parece más interesada en explicarse a sí misma que en ofrecer algo nuevo.

Aunque, vale la pena mencionar que a pesar de todo esto, en cuanto a ritmo y desarrollo es sin duda mucho mejor que su antecesora, lo que no le quita lo redundante y claramente mañosa con toda la intención de continuar con la saga por no sé cuántas entregas más. Hasta que la chequera de Disney se harte, supongo.

Tal vez otro punto a favor para Avatar: Fire and Ash es la introducción de la nueva antagonista Varang, interpretada por Oona Chaplin, líder de los Mangkwan, quien con su psicopatía y carisma se convierte en el mejor personaje de esta cinta. La nieta de Charles Chaplin demuestra que es más que solo su apellido. Su personaje aporta una presencia más oscura, ambigua y menos caricaturesca. Hay en ella una intención de complejidad moral que, por momentos, promete una exploración más adulta del conflicto: no solo colonizadores contra nativos, sino visiones del mundo irreconciliables. Lamentablemente, esa premisa se queda a medio camino.

En resumen, a diferencia de su antecesora, Avatar: Fire and Ash es menos tediosa (lo cual en este universo ya podría contar como evolución) pero siguen siendo películas sin profundidad. El conflicto emocional de los personajes se diluye entre planos espectaculares y discursos solemnes que buscan trascendencia, pero nunca la alcanzan. Hay una desconexión total entre la majestuosidad visual y el planteamiento narrativo. Es como si el alma de la historia no hubiera evolucionado al mismo ritmo que la tecnología que la envuelve. Es un claro ejemplo del cine contemporáneo que confunde magnitud con significado.

Avatar: Fire and Ash impresiona, abruma, deslumbra… pero deja poco para reflexionar una vez que las luces se encienden. Cameron sigue siendo un gran artista de lo audiovisual, pero aquí vuelve a demostrar que no sabe contar una historia, aunque la vista de fuego, agua y píxeles coloridos perfectos.

 

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Acerca del autor

Clementine   @@lupistruphis  

Escéptica ante todo, pero con una gran curiosidad. Amante del café y del aroma a libros viejos. Nostálgica e idealista sin remedio. Alguna vez de niña me llevaron al cine, y siempre vuelvo a él porque siempre me salva.


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