Blue Moon… You saw me standing alone.

Lorenz Hart es, quizás, uno de los mejores y más reconocidos letristas no sólo del Teatro Musical, sino de la música popular norteamericana de mediados del Siglo XX. Richard Linklater  nos entrega aquí su segunda película del año, en un tono diametralmente opuesto a su “Nouvelle Vague” pero con resultados igualmente geniales, un retrato sobre este genio, titulado astuta y oniricamente, Blue Moon

Blue Moon nos narra la noche del 31 de marzo de 1943, donde Hart se enfrenta a los restos de su dañada autoestima en el bar Sardi’s, mientras su antiguo compañero creativo, Richard Rodgers, celebra la noche inaugural del exitoso musical “¡Oklahoma!”. Antes de que la velada termine, Hart no solo habrá confrontado a un mundo que ya no parece valorar su talento, sino también a la aparente imposibilidad del amor.

Blue Moon se sostiene, ante todo, en una actuación impresionante, apabullante y profundamente humana de Ethan Hawke. Su interpretación de Lorenz Hart está cargada de matices: vulnerabilidad, arrogancia, ingenio y una tristeza corrosiva que nunca se vuelve caricatura. Hawke no interpreta a un genio caído; lo habita, permitiendo que cada silencio, cada réplica mordaz y cada gesto torcido revelen la fractura interna de un hombre que sabe que su tiempo ha pasado, aunque su talento siga intacto.

El guion —uno de los más agudos y sólidos del año— aborda la depresión desde una doble vertiente: la profesional y la personal. Sus diálogos son afilados, memorables, capaces de provocar carcajadas para, en la frase siguiente, hundirnos emocionalmente. Linklater y Robert Kaplow entienden que la palabra es aquí acción, y que cada diálogo empuja al personaje un poco más hacia el abismo. La reflexión que propone la película no termina con el metraje, sino que se extiende, incómoda y persistente, mucho después.

Aunque su tiempo en pantalla es breve, Margaret Qualley logra una presencia significativa, funcionando como punto de quiebre y espejo de los deseos, frustraciones y fantasmas de Hart. Su interpretación es lo suficientemente atinada para penetrar eficazmente en la psique del espectador y resulta el casting perfecto para lo propuesto por Linklater.

Pero Blue Moon trasciende sus interpretaciones gracias a la situación que plantea y a la universalidad de su mensaje (aunque teñido de una mirada de marcada testosterona): la crisis que emerge cuando uno deja de ser joven, cuando el paso del tiempo se vuelve visible, cuando la belleza y la fama resultan efímeras, y cuando siempre aparece alguien más joven, más atractivo o más vigente ocupando el lugar que creemos nuestro. Incluso cuando el talento persiste, la herida del desplazamiento genera celos, amargura y una sensación de injusticia difícil de digerir… y mucho menos de disimular.

La dupla creativa de Richard Linklater y Ethan Hawke no se limita a retratar a un genio; encapsula, en el transcurso de una sola noche, la genialidad y la decadencia de Lorenz Hart. Un hombre marcado por el alcoholismo, la soberbia y una deuda emocional que parece haber acumulado intereses excesivos e injustos.

El manejo de cámara es particularmente perspicaz: el movimiento y la iluminación permiten desarrollar la trama en espacios mínimos —una barra de bar, un pequeño salón, un clóset (literal y metafórico)— generando, al mismo tiempo, una cálida cercanía y una asfixiante sensación de encierro y de opresión emocional. Linklater demuestra, una vez más, que no necesita grandes escenarios para alcanzar una profundidad emocional devastadora.

Blue Moon es una experiencia cinematográfica en el sentido más pleno del término. Una película capaz de provocar tristeza sin renunciar a la belleza, recordándonos que las grandes películas también pueden ser pequeñas, íntimas y dolorosamente humanas.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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