Conclave: El libro apócrifo del sesgo
Las instituciones que componen nuestra sociedad, al final del día, están formadas por diferentes tipos de personalidades y perfiles. Por consiguiente, todos los problemas actuales en la forma en que nos relacionamos terminan siendo un espejo de la globalidad de esa incidencia. Bajo esta premisa, ¿qué nos asegura que incluso las instituciones encargadas de dar soporte y seguridad a los ideales más nobles no estén también llenas de estos vicios?
Cónclave, la nueva película de Edward Berger (All Quiet on the Western Front), demuestra la fragilidad de un sistema institucional intrínseco a la condición humana y cómo un microcosmos como las altas esferas de la Iglesia Católica pueden ser el reflejo de los arquetipos sociales.
Conclave narra la historia en torno a la elección de un nuevo Papa, tomando como personaje principal al encargado del cónclave: Lawrence, un hombre que atraviesa una crisis de fe y que siente no estar capacitado para asumir tal responsabilidad. Conforme avanza el proceso, el cardenal descubrirá secretos de los candidatos al cargo, así como sus estrategias e intrigas para alcanzar el papado.
El primer acierto del director es la forma de transportar al espectador mediante una fotografía intimista y estilizada, que aporta un aspecto documental y nos sumerge dentro del cónclave. A su vez, los encuadres generan una sensación asfixiante y claustrofóbica, recordándonos que estamos atrapados en este encierro junto a los cardenales. Otro gran logro, tanto en dirección como en guion, es la manera en que se presentan los personajes y las situaciones. Cada momento tiene un propósito claro y no se siente gratuito ni forzado; todo parece haber sido sutilmente mostrado o predestinado.
El guion evita caer en clichés al representar a los personajes religiosos. En lugar de recurrir al gastado estereotipo del “tipo religioso a lo Flanders”, los pinta con una humanidad compleja. Su universalidad es tal que, si les quitáramos el contexto de ser cardenales, podrían encajar perfectamente en otros escenarios, como una elección estatal o comunal.
Este enfoque aumenta el impacto del mensaje central de Conclave, y aunque la cinta toca aspectos de la fe (especialmente con un hermoso discurso de Ralph Fiennes), su núcleo reside en la segmentación social que vivimos actualmente (o que siempre hemos vivido) y cómo esta se aprovecha en la lucha por el poder. Un ejemplo de esto es la escena del Cardenal Tedesco explicando cómo se divide el comedor de los cardenales, donde cada grupo se junta según su lugar de origen o posición ideológica. Posteriormente, vemos a la corriente más liberal de la Iglesia conspirando para conseguir votos para su candidato.
Aunque la historia es ficticia, no resulta difícil imaginar cierta verosimilitud en lo que retrata. Se ha rumorado, por ejemplo, que el Papa Francisco tuvo una relación tensa con su antecesor. Más allá del contexto eclesiástico, Conclave es un espejo del ámbito sociopolítico: en los últimos años, hemos visto el resurgimiento de corrientes derechistas y conservadoras extremas (Trump en EE. UU., Milei en Argentina, Ciotti en Francia, o el proteccionismo del Brexit). Este panorama también ha provocado una radicalización de las ideologías contrarias.
En Conclave, estas formas de pensamiento tradicionalista están representadas por el Cardenal Tedesco, quien aboga por devolver a la Iglesia a su antigua forma se opone a los migrantes y habla principalmente en italiano y latín. Sin embargo, sus contrapesos cometen errores que no solo los fragmentan, sino que complican la elección e incluso permiten ciertas licencias en contra de sus creencias, como apoyar a un candidato con reputación dudosa pero menos radical de pensamiento con tal de que el extremismo no gane.
Conclave no toma una postura moral ni declara qué corriente está bien o mal. Su objetivo es mostrar cómo esta dicotomía ideológica y política ha permeado en todas las ramas de nuestra sociedad y que incluso puede pasar en instituciones que, en teoría, están más cerca de lo espiritual que de lo terrenal. Además, refleja cómo estas divisiones obstaculizan el progreso colectivo, convirtiéndose en plataformas de poder individual.
Conclave también explora conceptos como el aprovechamiento individual a nivel político de la inclusión de minorías (a través de un cardenal afroamericano), la manipulación ideológica y los peligros de elegir a los “menos malos” para evitar que corrientes más radicales tomen el control. Uno de los puntos más fuertes de la cinta son las actuaciones. Ningún actor desentona, y Ralph Fiennes destaca sin opacar a sus compañeros, quienes también tienen momentos brillantes. Entre ellos están Stanley Tucci, Sergio Castellitto e Isabella Rossellini.
La banda sonora también merece mención, complementando perfectamente la atmósfera del filme.
Calificación
Guion: 2.8
Dirección: 3.3
Actuación: 1.9
Extras: 0.5
Calificación: 8.5
Cónclave no es una película religiosa; está lejos de serlo. Es un retrato político y social de una fragmentación cada vez más recurrente en la esfera pública. Desde el clásico enfrentamiento entre izquierda y derecha, hasta la lucha entre el “woke” y el tradicionalismo en la cultura, la película muestra lo pequeño que puede ser el ser humano cuando el poder y la necesidad de tener siempre la razón están en juego.
Quizás la solución está en el discurso inicial de Ralph Fiennes: creer que en la utopía perfecta no existe, aceptando la realidad de que no somos perfectos. Y, como se complementa al final, entender que la lucha más importante es la interior, no la exterior. Al final del día somos humanos con virtudes y defectos.Sin embargo, queda en ustedes sacar sus propias conclusiones mientras disfrutan de un plot twist que les volará la cabeza.