Edtorial Cinescopia: La realidad de las Temporadas de Premios.

Comienza la temporada de Premios en el cine, como es la tradición cada fin de año. Desde mediados de noviembre, comenzando con la publicación de las nominaciones al Critics’ Choice Awards y las listas “Top Ten” del American Film Institute y la National Board of Review, haciendo paradas estratégicas en los SAG (ahora renombrados como The Actor) Premios del PGA, DGA, los BAFTA y los Globos, sin olvidar a los innumerables gremios de críticos, entre los que siempre sobresalen los correspondientes a Nueva York y Los Ángeles, tanto por lo numeroso de sus agremiados como por su impacto entre los votantes.

Cada año la historia es distinta, las narrativas que se van construyendo entrega con entrega pueden variar y dar golpes de timón de un momento a otro. Los que seguimos o cubrimos la temporada de premios, nos enfocamos en buscar interpretar y predecir qué es lo que sucederá, qué película o actor recibirá el espaldarazo con cada anuncio o entrega, o, por el contrario, quién terminará por ser excluido de la pasarela principal, que son los Oscars.

Ante esto surge siempre la interrogante de fondo: ¿importan los premios? ¿Vale la pena seguirlos con tanto fervor? La respuesta es siempre la misma: POR SUPUESTO QUE SÍ. No sólo porque resulta entretenido y nos permite desahogar nuestra vena chismosa de periodistas de espectáculos, juzgando o comentando cada transmisión, cada discurso e incluso cada atuendo de los asistentes a las galas (estén nominados o no), dejando proyectarnos a nosotros mismos soñando con formar parte de las ceremonias… Seamos honestos, ¿quién no soñó alguna vez con recibir una estatuilla, ensayando su discurso frente al espejo con un público imaginario?

Y aún si nuestro cinismo no nos permite aceptar lo anterior, debemos reconocer que, en la mayoría de los casos, nuestro acercamiento perenne al cine se dio a través de las diversas premiaciones y la historia de sus nominados y ganadores. Sus vencedores y vencidos. Cual si nos convirtiéramos en Heródotos, manejamos datos triviales sobre quién debió ganar en tal año, si el vencedor fue justo o no, y (para los más clavados, como uno) hasta las razones coyunturales para que se alzara con el triunfo. Mucho antes de darnos aires de grandeza y vociferar a nuestros conocidos que “los Oscares no importan y que los premios que deberíamos seguir son Palmas, Leones y Osos (Oh My!)”, pensando que eso nos eleva el IQ o nos valida como cinéfilos, debemos aceptar que en realidad, el Oscar es el objetivo mayor, la Meca de los Premios, la llegada a la Catedral de Santiago, cuyo camino inicia en los Festivales.

Las razones por las que una película o un actor gana un Oscar, sin embargo, son otras muy distintas a la calidad (uno lo descubre hasta que se adentra en el seguimiento a la carrera). Detrás de cada entrega de premios hay una maquinaria mercadológica empujando a sus clientes/protegidos. Un ejército completo de agentes eligiendo fechas de estreno, dónde y en qué momento publicar el siguiente anuncio “Para su consideración”, patrocinando proyecciones privadas para los votantes, con actores de primerísimo rango fungiendo como maestros de ceremonia, haciendo lobby entre los votantes, llevando a sus representados a innumerables alfombras rojas, eventos de caridad, entrevistas y conversatorios, todo con la finalidad de (en primera instancia) hacerse con el anhelado spot de nominación y, posteriormente, iniciar una batalla aún más feroz para hacerse de la estatuilla.

¿Por qué se hace? ¿Para qué invertir tanto dinero y esfuerzo? Con campañas valuadas entre tres y diez millones de dólares, las razones son variadas, pero si nos alejamos de los ideales románticos, se pueden resumir en tres grupos:

  1. No se trata únicamente de validar la excelencia artística, uniendo al nombre del artista permanentemente las frases “Nominado al Premio de la Academia” o “Ganador del Premio de la Academia”, que acompañarán al afortunado en cada nueva película en la que participe y hasta la publicación de su epitafio, sino porque incrementará sus bonos y ganancias de sus próximos proyectos, en un estimado de 22% promedio.
  2. Incremento en las ganancias. Aun siendo distribuidoras independientes las que ganen, el estudio se verá beneficiado con el incremento en boletajes de taquilla y, después de la euforia inicial, con una mayor venta de formatos físicos o clicks en los servicios de streaming. Estudios indican que una película nominada al Oscar por Mejor Película recibe un impulso promedio de 13 millones de dólares en taquilla y permanece en carteleras 20% más de tiempo. Y eso por no hablar de que la película seguirá siendo vista y comentada por generaciones.
  3. Simple, sencilla y llanamente. Parecería algo risible, pero en un negocio en el que la imagen o el nombre valen mucho, los motivos personales suelen ser los más importantes. Aunque también les ayudará a los premiados a conseguir financiamiento más fácilmente para sus siguientes proyectos.

Los Oscars no han sido nunca únicamente acerca del honor y el prestigio, si bien debe mediar la calidad, desde sus orígenes se han regido por el ego y el reconocimiento (de hecho su creación bien puede deberse a un intento por contener la creación de Sindicatos). Desde su fundación, cuando los estudios impulsaban y determinaban a los ganadores, había una lucha cruenta para impulsar el triunfo de tal o cual producción. Hubo reportes de que los empleados bajo contrato de cada estudio se veían obligados a votar por la película que representara a sus patrones o, casos más extremos, como la negativa de los estudios de aportar para las ceremonias (como originalmente se hacía) debido a que sólo un estudio se llevaba el foco ganando múltiples premios.

Con el paso de los años, las estrategias se fueron sofisticando, siendo esta palabra un mero eufemismo, ya que tenemos casos tan insulsos como el envío de VHS’s (Screeners que ahora vienen en forma de links) a los votantes, acompañando estos de múltiples “regalos”, hasta campañas sucias como las famosamente conducidas por Harvey Weinstein, quien trató las campañas de los Oscares como si fueran campañas políticas. Y aun cuando el artífice fue ya expulsado de la Academia, sus tácticas continúan en uso y están más vigentes que nunca.

Los cambios, sin embargo, han venido a través de la tecnología. Ya no basta un anuncio en Variety, alguna “entrevista sembrada” en The Hollywood Reporter y un espectacular en Hollywood o Santa Mónica, debido principalmente a que los votantes ya no se concentran únicamente en dos ciudades, sino que se distribuyen por todo el mundo. Pero no importa dónde se encuentre el votante, todos usan internet, ¿no? Ahora, los anuncios se colocan en páginas especializadas o son enviados directamente a sus e-mails.

Las tácticas han pasado por enviar correos directamente a los votantes, publicar anuncios en internet o abarrotar las portadas de publicaciones, ya sea con anuncios o, mejor aún, con la participación del nominado en Mesas Redondas en las que se discute la importancia de su película o papel, ahora tenemos rondas de “Actors on Actors” en la que alguna frase seguramente se hará viral en redes, manteniendo fresca en la mente del votante la imagen del potencial nominado.

Es una realidad que, en su mayoría, los votantes no han visto las películas por las que votan, esto es más patente en la etapa de nominaciones, por lo que sus elecciones son direccionadas por “páginas especializadas”, conversaciones con “amigos” o, principalmente, por las nominaciones de otros cuerpos de críticos o medios. De ahí que premiaciones como los Globos de Oro fueran determinantes para dar el paso siguiente a una nominación al Oscar. Los cambios en las fechas de la entrega del Premio de la Academia (pasando de marzo a febrero) causan que estas entregas previas se recorran a su vez un mes. Cada nueva premiación lucha por ser más trascendental que la anterior, ya que de su efectividad como precursor/predictor se verá recompensado en más prebendas o apoyos por parte de los equipos de mercadólogos y estrategas detrás de determinado cliente. La aparición en los años 90 del Premio SAG cambió la dinámica y fue restándole importancia a los antes todopoderosos Globos de Oro, que sin embargo mantienen su fuerza, pero compartiéndola con entregas como los Critics’ Choice Awards.

La siguiente etapa lógica son los Gremios, en donde la elección se vuelve más de Nicho, pero que mantienen un impacto en la carrera por la categoría principal. Una película que tenga nominaciones en los Sindicatos de Productores, Directores y Actores, se convierte en contendiente irrefutable, garantizando al menos la nominación.

Pero, ¿qué pasa cuando una nominada se vuelve demasiado notoria? Comienza una verdadera Guerra Sucia, que lleva a los medios y a los influencers a “casualmente” hablar de los errores, fallos o atentados contra las buenas costumbres o contra las nuevas tendencias woke cometidos por el rival a vencer. Recordemos que, apenas el año pasado, cuando “Anora” comenzó a ganar notoriedad, las redes se inundaron de escándalos sobre la falta de uso de coordinadores de intimidad durante su rodaje o se hizo foco en las opiniones políticas expresadas por su director, tratando de afectar no solo la estatura moral de este, sino sus aspiraciones oscariles. Se señalarán los supuestos “fallos” de alguna película (que casualmente nadie había notado antes) o se hablará de los récords que se romperían si alguna otra competidora ganase el premio, alabando temas como la inclusión racial, el tiempo de diálogos femeninos, o hasta la contratación de minorías en la producción o en los temas tratados. Esto es el motivo principal por el cual una película que llega como la contendiente principal de repente se convierte en un “grave error” por parte de la Academia o, cuando la tendencia se logra revertir, tenemos películas más amables y correctas como ganadoras (en detrimento de la verdadera calidad fílmica).

Y al final de cada ceremonia, tras el anuncio de la ganadora a Mejor Película, queda siempre para el cinéfilo la interrogante: ¿y ahora qué? ¿Es ahora más importante o de mejor calidad una película por haber ganado? ¿Pierde valía por haber sido ignorada? La realidad es que, más allá de la anécdota y las transitorias muestras de amor por una película, su mérito e importancia permanecen inmutables. Hay casos en que el premio ha ayudado a dar foco e impulsar carreras de valía, otros casos en que el ganador se nos olvidará a la semana de haber sido galardonado. Una buena película lo es aún si no ha ganado nada o a pesar de haberlo ganado todo.

Pero regresaremos al año siguiente, esperando que “este año sí gane nuestro gallo” y emocionándonos cuando lo haga o hablando pestes de los premios cuando no sea así. Debemos entender que los premios son consensos y que nunca o casi nunca lograrán poner de acuerdo a una cantidad tan grande de críticos, de opinólogos y de público en general.

Así que tomen su sillón más cómodo, relájense mucho, aprovisiónense de su botana preferida y procedamos a disfrutar la Temporada de Premios, que seguramente dejará momentos inolvidables, premiados inmerecidos y emociones al por mayor. Aprovechemos esta temporada para ir al cine a disfrutar de cuantas nominadas podamos ver y, sobre todo, para ponernos al corriente leyendo los artículos publicados en Cinescopia y siguiendo sus programas especiales de El Sobrecito, disfrutando de esto como lo que es: un espectáculo.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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