El CineGorgon: Diatriba de un cinéfilo afectado por simbolismos griegos

Cuando uno es cinéfilo y no espectador ni cliente casual de los cines, ver películas se convierte en un estilo de vida, se desarrolla en uno una criatura (casi de proporciones mitológicas), que exige ser alimentada para saciar su feroz apetito y no devenir en una neurosis o consumirnos por dentro ante la ausencia de contenido audiovisual. En este contexto, ver películas resulta un alimento al alma, pero también el nutriente necesario para aquietar a esta criatura, a quien llamaremos CineGorgon, ya que, como las gorgonas, cada hermana puede representar tanto al cine artístico (que no de arte, esa odiosa clasificación), al cine comercial (aquel que apela simplemente a mantenernos entretenidos), o al cine sensibilero (ese que resulta una vil manipulación emocional, pero que puede resultar el refugio o lugar seguro en algún momento específico de nuestras vidas). Y, también como las gorgonas, estamos prestos a repeler a todo aquel que ose hablar mal de nuestras películas favoritas y nos alistamos para contraatacar petrificando a quien sea responsable de querer cuestionarlas o criticarlas.

CineGorgon demanda sacrificios constantes. No importa la procedencia o las pretensiones de sus autores, lo importante es poder consumir cine con la frecuencia necesaria e incluso, ¿por qué no?, tragarnos bodrios para tener la posibilidad de despotricar contra esos atentados al buen cine, que tristemente solemos tener que fumarnos de manera cada vez más frecuente. Nosotros, en el medio, nos refugiamos en la idea de que tenemos que verlas porque nuestro quehacer nos lo exige y nuestro público espera nuestro veredicto, pero la realidad (no tan oculta) es que también sufrimos de FOMO y no toleramos quedarnos fuera de la conversación, aunque de antemano sepamos que se tratará sólo de lapidar al acusado en turno. ¡Ay de aquel que ose ver bondades o méritos en una obra a la que el colectivo ha decidido prejuzgar como culpable! ¡Imperdonable!

Las productoras y distribuidoras se aprovechan de estas necesidades y las fomentan, digamos que son quienes van por ahí golpeando cacerolas y buscando despertar a la criatura a quien con trabajos y sacrificios hemos logrado domar de manera temporal. Al fomentar esta necesidad insaciable de ver contenido, las productoras y plataformas se han convertido en Uróboros, que buscan producir cada vez más y más contenido, sacrificando la sustancia y la calidad en pos de competir una con otra para ser “el tributo elegido” para alimentar a CineGorgon, sin darse cuenta que con sus métodos mercadológicos, despiertan a una criatura imposible de controlar que, en su hiperfagia, termina también por devorarlas a ellas mismas.

Es imprescindible abrir un paréntesis y aclarar a todos aquellos quienes se sienten inmunes a CineGorgon, que las plataformas nos han condicionado a todos, que incluso las series o mini-series ya se han convertido en sucursales imitativas del cine, debido a su duración, la inversión financiera detrás de ellas y hasta el formato (ratio) en el que son filmadas, por no hablar de la manera en que nos mantienen cautivos a la espera del estreno de alguna nueva temporada (que ya no capítulos), que devoraremos de inmediato, así implique sacrificar el fin de semana entero y la estabilidad de nuestras columnas. Nadie está a salvo de la nueva forma de consumir cine. Pero, ¿qué ha cambiado de la experiencia cinematográfica en los últimos años? La respuesta, totalitaria y absolutista: TODO.

Los recintos sagrados o Acrópolis que solían ser las Salas de Cine, lugares de adoración en que las sacerdotisas disfrazadas de taquilleras, boleteras o cácaros cumplían roles sociales y religiosos cruciales, cada vez son lugares más solitarios, teniendo como causa y efecto el incremento de los precios en el ticket y el excesivo costo de los alimentos en dulcerías. Nuestra necesidad de satisfacer inmediatamente a CineGorgon causa que nos baste un poco de “fast food” o que elijamos un “delivery” que se sirva directamente en la pantalla de nuestra sala o recámara en lugar de una comida caliente y recién salida de la estufa, como lo es el ir a un complejo cinematográfico. La experiencia de coexistir en espacio/tiempo con desconocidos hacinados en una sala oscura y compartir emociones colectivas de forma multitudinaria (que es la base del séptimo arte, desde su origen), se ha convertido en un acto repulsivo e indeseable (hora además de FOMO, tenemos a la ansiedad como nuevo pathos).

Atrás quedaron los años en que ir al cine era un evento en sí mismo: la liturgia de programarnos, arreglarnos, hacer fila para comprar un boleto o esperar a que la función no estuviese agotada, de hacer fila para formarnos y poder elegir nuestros asientos preferidos ha quedado atrás, aceptando, por supuesto, que la comodidad de poder comprar los boletos en línea y elegir dónde nos sentaremos resulta extremadamente práctica. Ver cine en algún remedo de la gran pantalla (tan inmensa como la hayamos podido comprar o tan chica como resulte nuestro Smartphone –habrá que sumar la nomofobia a nuestros trastornos-) es el pan nuestro del día a día. Las plataformas lo entienden y lo fomentan. Los estrenos en cines cada vez son más escasos y lo que podemos hoy ver en algún complejo, puede simultáneamente ser visto en alguna app o estará disponible en un par de semanas o incluso días.

Pero no sólo eso ha cambiado. El internet y el acceso a la información han acabado con la ilusión de esperar ansiosos el estreno de tal o cual película. Bastan un par de clics para poder ver (aún si es en una definición cuestionable y en un formato ilegal) la película que no se estrenará sino hasta dentro de un mes en las salas de cine. Público y críticos (los segundos más que los primeros) devoran en la web el mayor contenido posible, lo antes posible. ¡Dios nos libre de no ser los primeros en publicar en Letterboxd que ya hemos visto la nueva película en turno o ser los últimos en publicar sobre ella, perdiéndonos esos valiosos clics de gente tan ansiosa como nosotros! ¡CineGorgon estallará en ira! En el mejor escenario, nuestro FOMO puede redimirse asistiendo a alguna Función de Prensa o siendo invitados a la mismísima Premiere. Puntos extra a quienes logremos verla en algún Festival, donde la co-rumiación funcionará como paliativo.

Las plataformas fomentan nuestra impaciencia y viven de ella. Aunque no nos demos falsos golpes de pecho, al menos tres cuartas partes de las películas las hemos conocido en la pantalla chica, principalmente los clásicos que vieron la luz antes que nosotros. Pero en estos tiempos, incluso lo que resulta asequible puede devenir en indeseable. Pobres de nosotros, que tenemos tan fácil acceso a miles de películas que antes sufríamos por encontrar, mismas que dejamos de valorar tan pronto como las encontramos y devoramos, ya que de inmediato está formado el siguiente tributo a CineGorgon en la WatchList.

El déficit de atención se ha visto reflejado ya no sólo en el tipo de contenido que se produce y consume, nuestros periodos o lapsos de atención se han visto afectados por TikTok, Reels y Videos cortos, que nos exigen dopamina cada 5 minutos, ¿qué crítica de cine puede ser hecha en ese lapso? Los viejos críticos, nuestros Nereos, comienzan a sucumbir ante semi-dioses que vierten sus opiniones (que NO críticas) en tres minutos, obteniendo miles de likes y terminando por darle las estocadas finales a este nuestro séptimo arte, cuyos estertores son motivo de esta verborrea.

Si usted ha llegado hasta este párrafo de la diatriba, además de agradecerle y reconocerle que pertenece a una élite también en peligro de extinción, procederé a invitarlo a converirse en Héroe dentro de esta mitología. El cine necesita que nos encarnemos en Heracles, Teseos, Jasones o Atalantas (dejemos fuera a Perseo, porque CineGorgon deberá seguir viviendo) y que sigamos disfrutando las películas en la Gran Pantalla, a mantener viva esta mitología y no sucumbir ante las hordas salvajes y a llevar de vuelta a Ítaca a este arte que tantas alegrías nos brinda. ¡Sea la voluntad de Zeus que este humilde escritor no sea únicamente una Casandra Agorera!

Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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