La Grazia: Paolo Sorrentino en estado de gracia.
“La Grazia” confirma a Paolo Sorrentino en el punto más alto de su madurez creativa y como uno de los más importantes e interesantes creadores de la actualidad. Lejos del barroquismo que por momentos amenazó con devorar su cine, el director italiano regresa aquí a una forma depurada, precisa, estilizada y profundamente reflexiva. Se trata de una obra soberbia en todos sus niveles: narrativa, visual y conceptual, donde idea, concepción y ejecución confluyen con una claridad poco habitual en el cine contemporáneo.

La Grazia nos cuenta la historia de Mariano De Santis, presidente de la República italiana quien se encuentra en los últimos días de su mandato. De santis es un veterano político demócrata, humanista y católico (quien tiene que nivelar sus acciones entre estas tres esferas), y que se verá confrontado con las dudas sobre su legado, que podría verse resumido a la última decisión que debe tomar; aprobar o vetar la Ley de Eutanasia y elegir si otorgar o no el perdón presidencial (la gracia) a algunos presos quienes su caso ha sido impulsado por diversos individuos, planteándose con esto un gran dilema moral.
La película funciona como un ensayo cinematográfico sobre el amor en sus múltiples manifestaciones: el amor de pareja, el amor al trabajo bien hecho, a la justicia y a las instituciones, el amor paterno-filial y, en última instancia, el amor a la vida misma. Todos estos ejes convergen en un debate central sobre la eutanasia, abordado no desde el melodrama fácil ni desde la provocación gratuita, sino desde una mirada ética compleja que exige del espectador una toma de posición consciente.

Uno de los grandes aciertos de La Grazia es su reivindicación —casi contracultural— de la burocracia como espacio de cuidado y garantía. En manos de Sorrentino, el debido proceso no es un obstáculo deshumanizante, sino una forma de respeto, un acto de amor institucional que protege la dignidad del individuo frente a decisiones irreversibles. La película propone así una reflexión incisiva sobre la libertad: no como ejercicio absoluto de la voluntad, sino como un acto que solo adquiere sentido pleno cuando se inscribe dentro de una estructura ética compartida.
Sorrentino desafía constantemente al espectador a través de diálogos intensos, afilados y cuidadosamente construidos, que ponen en crisis nuestros esquemas morales y nuestra noción de madurez emocional. Aquí, crecer no implica elegir con rapidez, sino saber sostener la duda, asumir la responsabilidad del tiempo y aceptar el peso de las consecuencias.

La puesta en escena de La Grazia acompaña esta reflexión con una elegancia contenida: planos calculados, movimientos de cámara precisos y una composición visual que en ocasiones evita el exceso y en otras recurre a él para subrayar la gravedad de cada decisión, contraponiendo estas con elementos musicales electrónicos y de hip hop que bien podrían parecer disonantes, pero que en la construcción narrativa de Sorrentino resultan uno de los mayores aciertos, dando fluidez a la trama y apoyando en su concepción.
El trabajo actoral es, en conjunto, sobresaliente. Toni Servillo entrega una interpretación de enorme densidad humana, sostenida en silencios, miradas y gestos mínimos que condensan el conflicto ético del filme, mientras, al mismo tiempo, maneja igualmente un envidiable timing en los diálogos y en la comedia perfectamente planeada. Su desempeño, justamente reconocido con la Copa Volpi en Venecia, no solo confirma su estatus como actor fetiche de Sorrentino, sino como uno de los intérpretes más importantes del cine europeo contemporáneo. El resto del reparto acompaña con solidez, aportando matices que enriquecen el entramado moral de la historia. Mención especial a Anna Ferzetti, que en su papel de hija y jurista representa el contrapeso moral y, particularmente, a Milvia Marigliano, que derrocha clase y carisma, llevándose las mejores escenas y teniendo quizás los diálogos más agudos y graciosos de la película.

La Grazia no es una película complaciente ni de respuestas simples. Es un cine que exige atención, sensibilidad y pensamiento crítico, y que apuesta por una idea de gracia entendida no como concesión divina, sino como resultado de la responsabilidad, el amor y la lucidez. Sorrentino firma aquí una de sus obras más maduras y necesarias: un filme que interpela, incomoda y, finalmente, ilumina.
Para un servidor, simple y llanamente la mejor película del año
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