Los Domingos: El silencio de la fe
¿Cuál sería tu reacción si algún miembro de tu familia te diera la noticia de que quiere convertirse en monja, en el formato de clausura conventual que implicaría no salir del monasterio y aislarse del exterior? De esto va la nueva película de Alauda Ruiz de Azúa, Los Domingos, quien sabe perfectamente que, por el tema que está tocando, puede meterse en camisa de once varas y causar polémica, sin embargo, es precisamente su sensibilidad la que le permite abordar el conflicto con una notable sobriedad.

Los Domingos podría prestarse a ser un culebrón, pero la directora Ruiz de Azúa está lejos de esa sobreexposición emocional; al contrario, se inclina por una puesta en escena contemplativa que se construye a través de las miradas, los silencios y el aprovechamiento del diálogo, encajando perfectamente en una narrativa donde el personaje principal (Ainara) vive una etapa de exploración para saber si tiene un llamado de vocación religiosa. “El silencio es necesario para aprender a escuchar la voz de Dios”, le dice una de las monjas del monasterio, y es bajo esa lógica que tanto el montaje como el ritmo adoptan una cualidad introspectiva, alineándose con el viaje interior de Ainara.
Aunque por su descripción Los Domingos podría parecer una película cercana al “slow cinema”, nada más lejos de la realidad, pues aquí hay un conflicto de choques ideológicos dentro del núcleo familiar que la hace un drama dinámico y profundo. Por un lado, el padre de Ainara, quien atraviesa problemas económicos graves, muestra cierta permisividad quizá porque el llamado de su hija representaría un alivio frente al gasto universitario, aunque sin llegar a comprender del todo su decisión. Por otro, la abuela, que representa una práctica religiosa más ligada a la tradición y a la costumbre que a una convicción profunda. Y, por supuesto, la postura más confrontativa durante el metraje: la de la tía atea, quien desde su perspectiva individualista no logra entender cómo, en una etapa que considera destinada a la exploración, su sobrina decide encerrarse en un convento. No es menor que, en el fondo, esa postura también se refleje en el deseo de escapar de un matrimonio que la hace sentir insatisfecha.

Todo este conflicto familiar y los debates alrededor de las percepciones no buscan aleccionar con un tono de superioridad moral al espectador ni ofrecer respuestas simples; por el contrario, abren la posibilidad de que cada uno pueda identificarse con alguna de las posturas. El tema central no es creer o no creer, sino los cuestionamientos externos hacia la libertad individual de elegir una vocación que no encaja dentro de los cánones materialistas e ideológicos de la sociedad, todo ello reflejado en el núcleo más importante: la familia.
La fotografía de Los Domingos juega de manera precisa con los espacios, transitando entre la claustrofobia, la nostalgia y la esperanza a través del uso de la luz. Lejos de juzgar las reacciones de los personajes ante la decisión de Ainara, la cámara observa con distancia, permitiendo que afloren las fisuras emocionales que sostienen cada una de sus posturas.

Por un momento, pensemos que Ainara no quiere ser monja, sino dedicarse a estudiar filosofía; probablemente, por la crisis económica que vive su padre, se le cuestionaría que se moriría de hambre. Si dijera que es homosexual, probablemente su abuela cuestionaría su sistema de valores. Incluso si decidiera estudiar una carrera dominada por hombres, no faltaría el cuestionamiento de género, algo muy común en una sociedad heteropatriarcal. Ahí radica la universalidad del discurso: la elección personal está sujeta al escrutinio del sistema de valores de su entorno, y se vuelve aún más complicado cuando no encaja con la visión predominante de su círculo cercano. Los Domingos juega con esta idea, cuestionando al espectador sobre los motivos de Ainara para unirse al convento, poniendo sobre la mesa tanto una tragedia familiar como la propia adolescencia como factores detonantes.
Otro acierto es el tono “coming of age”, enfocado en la etapa de transición de la preparatoria, un momento clave que marcará la vida adulta y en el que la familia suele intervenir con mayor fuerza desde sus propias concepciones. Aunque no es una película completamente espiritual, sí contiene un discurso sobre la fe entendida como un paso incierto, donde el compromiso interno puede ser la clave para avanzar en la creencia.

Adicionalmente, Los Domingos está impregnada de una naturalidad palpable, pues los actores evitan caer en la lágrima fácil o el drama exagerado, apostando por la sutileza. Cuando es necesario (especialmente hacia el final), esa contención se rompe en dos escenas que elevan la película, destacando las actuaciones de Blanca Soroa y Patricia López Arnaiz.
Calificaciones
- Guion: 3.2
- Dirección: 3.1
- Actuaciones: 1.8
- Extras: 0.5
Calificación: 8.6

Con mucha inteligencia, evitando cualquier sensacionalismo o dogma, “Los domingos” es una cinta sobre el valor de la creencia, la admiración hacia la disciplina de la fe y el compromiso con una vocación, así como la forma en que estas decisiones son cuestionadas, según las cicatrices que configuran nuestras propias concepciones. Probablemente provoque debate y discusión, pero no dejará a nadie indiferente.
En una época donde muchas producciones privilegian el ritmo acelerado y la inmediatez al estilo TikTok, “Los domingos” saca al espectador de su zona de confort y lo invita a cuestionar el origen de sus propias creencias, encontrando en los silencios y en los matices las respuestas no solo de su protagonista, sino también de su propia voz interior.
“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”.
Romanos 14:5