Nuremberg: El juicio del siglo en su versión fílmica nivel Primaria
El planteamiento de la nueva película de James Vanderbilt (“Conspiración y Poder”), parece —al menos en principio— una vía prometedora para revisitar uno de los episodios más determinantes del siglo XX: los juicios contra la cúpula nazi tras la Segunda Guerra Mundial. La diferencia, se nos anuncia, radica en el ángulo. Si bien el cine ya ha abordado el tema con rigor y altura —baste recordar la monumental “Los Juicios de Nuremberg” de Stanley Kramer—, aquí el interés no recae tanto en el proceso judicial como en la dimensión psicológica de los acusados.

El foco de esta nueva Nuremberg se desplaza hacia Douglas Kelley, psiquiatra estadounidense encargado de evaluar a los prisioneros del alto mando del Tercer Reich, y particularmente hacia su relación con Hermann Göring, figura clave del régimen y mano derecha de Hitler. La película propone así un duelo dialéctico entre ambos, entre el intento de comprender y la tentación de justificar. Kelley busca desentrañar qué (si es que hay algo) diferenciaba a aquellos hombres del resto del mundo; la película, en cambio, parece menos interesada en responder esa pregunta que en subrayar su condena.
Desde sus primeros minutos, Nuremberg exhibe una dirección de arte preciosista, celosamente cuidada. Sin embargo, esa pulcritud termina jugando en su contra: la fotografía, excesivamente estilizada, subraya el artificio y distancia emocionalmente al espectador. Las secuencias retrospectivas —concebidas como flashbacks informativos— resultan anacrónicas y pobremente filmadas, anacrónicas tanto en tono como en ejecución, convirtiéndose en algunos de los momentos más débiles del conjunto.

Ahí se revela el núcleo problemático de esta propuesta de Nuremberg: un ejercicio demasiado formal y correcto, pero esencialmente efectista. Vanderbilt recurre a los recursos más reconocibles del drama histórico sin aportar una verdadera propuesta, ni estética ni narrativa. El discurso adopta una cariz panfletario que, paradójicamente, debilita el conflicto. El dilema central —si el proceder de los altos mandos puede analizarse bajo la lógica militar o si trasciende cualquier marco justificable— apenas se roza. El resultado del juicio nunca está en duda; la única incógnita es la mecánica del veredicto.
El retrato de Göring intenta construir una cierta simpatía —o al menos fascinación—, pero no alcanza la complejidad moral necesaria para generar un conflicto genuino en Kelley. Simpatía en lugar de empatía. Sin ambigüedad real, no hay tensión dramática sostenida, al nunca plantearse un verdadero dilema moral para el protagonista.

El apartado actoral en Nuremberg no escapa a los pecados. Rami Malek compone a Kelley con una intensidad que por momentos desborda hacia la sobreactuación, reforzando el trazo maniqueo del guion. Russell Crowe entrega un Göring sobrio y técnicamente sólido, aunque en las escenas culminantes parece contenido por una dirección que no le permite explorar mayores matices. Michael Shannon y John Slattery son completamente planos. Quien verdaderamente eleva el nivel es Richard E. Grant, cuya presencia dota de textura y credibilidad cada intervención, pero tristemente estas son mínimas.
En defensa de la película, debe reconocerse su eficacia como producto narrativo: es innegablemente fluida, entretenida y hará las delicias del espectador casual. Además, su epílogo insiste en un mensaje pertinente: las atrocidades no pertenecen exclusivamente al pasado. El paralelismo con ciertos climas políticos contemporáneos resulta inquietante y funciona como advertencia.

No obstante, desde una perspectiva crítica más exigente, Nuremberg se instala en la zona cómoda del cine histórico de molde: impecable en apariencia, limitada en profundidad.
Para el cinéfilo en formación, puede servir como ejercicio comparativo —una oportunidad didáctica para distinguir entre una película que problematiza la Historia y otra que, aún revestida de solemnidad, se conforma con ilustrarla, buscando “apantallar” incautos.