Pillion: Call me by you slave y la fragilidad de la identidad.
Desde hace algunos años, el cine con temática LGBTIQ ha cobrado relevancia, pues el público y la crítica se han dado cuenta que, lejos del morbo, hay historias que no tienen etiquetas, que son universales y que le pueden pasar a cualquier ser humano. Pillion se suma a esto mostrándonos que el conflicto no está en la orientación sexual, sino en las dinámicas humanas que se reproducen dentro de cualquier relación. Aquí, el BDSM no es el centro, sino el lenguaje.

‘Pillion’ ha cosechado varios premios, muchos importantes, como Mejor Guion en Un Certain Regard (Cannes 2025) y Mejor Película y Guion en los British Independent Film Awards. Y es que justo en el guion encontramos una de sus mayores fortalezas. Harry Lighton (en su primer largometraje) adapta con maestría y sensibilidad la novela Box Hill (2020) de Adam Mars-Jones, que nos cuenta la relación que surge entre Colin y Ray, dos hombres homosexuales diametralmente opuestos pero encontrados por los vacíos y carencias de ambos.
Colin es un hombre sencillo, callado, ´sin identidad’ que vive a expensas de los hábitos de sus padres (su madre con una enfermedad terminal); y Ray, un estúpidamente guapo biker BDSM dominante cuya necesidad no es sólo sexual, sino profundamente relacional: ejercer control como sustituto de la intimidad.

La construcción de los personajes en Pillion podría parecer simple, pues desde el minuto 1 sabes por qué ambos hacen tanto click, sin embargo, la escritura es tan real que uno no toma a los personajes por cliché (aunque lo sean), sino que logra sentirlos cercanos. La mundanidad de Colin te hace recordar a esos chicos ingleses ‘de pueblo’ que se deslumbran fácilmente con cualquier cosa que no hayan visto antes; y la rudeza y sex appeal de Ray nos levantan esos suspiros de cuando ves a alguien inalcanzable. Todo esto se realza por dos grandes actuaciones, Harry Melling (Harry Potter, The Pale blue eye) en su primer protagónico nos regala miradas, vacíos y carencias que, como dicen los memes, sólo se ven en el porno gay de Europa del Este; y Alexander Skarsgård construye un personaje complicado, a primera vista un simple biker BDSM, pero con una evitación a las conexiones reales que lo hacen huir en los momentos clave.
La relación entre los personajes se da de forma casi tácita, sin acuerdos mutuos ni límites claros, y eso a la larga los lleva al conflicto, que fuera de tratarse de forma dramática o maniquea nos muestra la realidad; ver cómo Ray huye cuando las cosas requieren conexión y profundidad nos hará seguramente conectarlo con alguien a quien seguramente conocemos. Pillion es una de las mejores disecciones acerca de las relaciones de poder entre los seres humanos y tiene la valía de ser tan sutil en todo que uno no se da cuenta de lo que realmente intenta decirnos: la importancia de tener una identidad propia, de auto conocerse y respetarse.

En algún momento, Colin le dice a Ray ‘¿no es el amor el punto de todo?!’ y éste ni siquiera le responde, Y es que, si hay algo que satisface al hombre más que el amor, es tener el poder sobre alguien. Todos nos hemos visto en esa situación, es algo humano, pero cuando eso sobrepasa los límites de otra persona, o el hacer daño sólo por beneficio propio, ya no tiene valor.
Si algo hubiera que criticar de Pillion, es que podría haber profundizado en el personaje de Ray, entender qué lo hizo llegar a esa actitud evitativa, a esa ansía de poder con la que llena el vacío de no conectar emocionalmente con alguien y huir. El personaje tiene muchos vibes de ‘Shame’, que también nos hablaba de la evasión de los problemas a través del poder y el cuerpo.

Sin duda la gente llegará a Pillion por el morbo (sí, vemos el pene con piercing, prótesis o no, de Alexander Skarsgård), pero olvidemos las historias de amor trágico bajo la lluvia; ‘Pillion’ nos mete al búnker del BDSM británico para decirnos que, a veces, la libertad se encuentra a partir de ser el esclavo de un extraño.