Un Hombre por Semana: Otro detrito de ViX en cines
Con una premisa de impacto inmediato para la generación actual de cinéfilos, Un Hombre por Semana presenta la codirección de Marco Polo Constandse y Ana de la Reguera —en su primera incursión detrás de la cámara— para narrar la historia de Mónica, una mujer en edad madura que, tras un divorcio provocado por la infidelidad, decide seguir el consejo de su círculo cercano y adentrarse en el universo de las aplicaciones de citas. Allí se enfrentará a una galería de personajes variopintos en su odisea por reconstruirse emocionalmente y, acaso, reencontrar el amor.

La premisa de Un Hombre por Semana resulta atractiva y se inscribe en un enfoque contemporáneo que, por momentos, intenta confrontar las expectativas sociales con la experiencia individual: la presión por rehacerse rápidamente, la necesidad de validación del entorno inmediato y de una sociedad que parece no conceder espacio a la vivencia individual del duelo. Mónica se ve atrapada en dilemas reconocibles: competir simbólicamente con su expareja por “superar” antes la ruptura o abandonar un celibato no elegido para calmar la inquietud de sus amigas. El plan es tan simple como mecánico: salir con un hombre distinto cada semana hasta hallar al indicado —o, en su defecto, satisfacer impulsos inmediatos.
Sin embargo, el desarrollo del arco narrativo peca de elemental. El relato se limita a transitar de un punto A a un punto B tan previsible como esperado, sin que el trayecto justifique algo más que una sucesión de situaciones chuscas. En ellas se exhiben, sin mayor profundidad, el machismo, la pose o el catálogo de actitudes cliché asociadas a la “mala cita”. Los personajes secundarios no corren mejor suerte: su construcción es mínima, con epifanías gratuitas que no sorprenden ni enriquecen el relato.

Entre los desaciertos más evidentes de Un Hombre por Semana se encuentra el uso de la voz en off de Amanda Miguel como narradora. Más allá de funcionar como escaparate de sus éxitos musicales, el recurso se percibe artificioso y, en varios momentos, discordante con el tono de las escenas. A esto se suma una puesta en escena claramente televisiva: desde el uso de filtros hasta los encuadres, todo remite a un lenguaje más cercano al formato serial que al cinematográfico, lo que lleva a preguntarse por qué ViX decide estrenar este tipo de productos en salas en lugar de asumirlos abiertamente como contenido para plataforma.
Un Hombre por Semana logra arrancar algunas risas, lo cual es innegable, pero se apoya en una comedia simplona, saturada de lugares comunes y reacia a explorar las múltiples aristas que su planteamiento inicial prometía. Los dilemas morales o las reflexiones posibles emergen más de la extrapolación del espectador que de un desafío inteligente propuesto por el guion. Todos los personajes —protagonista y secundarios— son caricaturas llevadas al extremo para provocar una risa fácil. Y aunque la actuación de Ana de la Reguera (quien conserva un carisma incuestionable) resulta correcta, está lejos de exigirle un verdadero reto interpretativo. Quizá el único acierto digno de reconocimiento sea la decisión de no emitir juicios morales explícitos sobre las experiencias de su protagonista, un gesto que evita caer en discursos aleccionadores.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué los exhibidores continúan privilegiando tipo de propuestas como Un Hombre por Semana —que además estarán disponibles en plataformas en cuestión de semanas— en detrimento de películas con mayor potencial artístico y de repercusión cultural? ¿Es ya ineludible aceptar que parte de la responsabilidad recae en un público con un nivel de exigencia cada vez más laxo?
Sirva esta experiencia, al menos, como un ejercicio de autocrítica: una autoflagelación cinéfila por haber elegido esta función, justificando la decisión únicamente por la comodidad del horario y por la necesidad de alimentar una adicción al cine que, en ocasiones, juega en contra.