Venganza: Nuestro propio Juan Güicho. 

El cine de acción mexicano rara vez ha destacado por la solidez de su producción. Desde los vehículos estelares de Rubén Galindo con El Santo hasta las cintas protagonizadas por los Hermanos Almada, el género ha ocupado un lugar más bien periférico dentro de la oferta nacional. No por falta de público, sino por limitaciones presupuestales y aspiraciones excedidas. Pero parece que hay contraataque y ahora venganza de este género.

¿Qué ocurre, entonces, cuando una productora internacional respalda el proyecto? Con el apoyo de MGM-Amazon, Venganza —ópera prima en largometraje de Rodrigo Valdés— se presenta como un intento frontal por elevar el estándar del cine de acción mexicano. Y, en más de un sentido, lo consigue.

Venganza sigue a Carlos y Miguel, soldados de una unidad élite del Ejército Mexicano cuya fraternidad se ve fracturada tras capturar al capo y exmilitar Héctor Luna. Tras una campaña exitosa en la que ponen tras las rejas a este capo, se convierten en el objetivo de su organización criminal, desencadenando una fuerte persecución por parte de los cómplices de este dentro de la misma estructura militar. La represalia no tarda en llegar: traiciones internas, persecuciones y el asesinato brutal de la esposa de Carlos detonan un relato de venganza clásica, donde el protagonista emprende una cruzada personal contra un sistema corroído desde dentro, buscando vengar la memoria de su esposa, aún si esto implica llegar a las últimas consecuencias.

La premisa suena familiar… y lo es, la película no pretende ocultarlo. Venganza bebe abiertamente del cine de acción ochentero y noventero: héroes moralmente incorruptibles, villanos encarnación absoluta de la perversidad, balaceras coreografiadas al límite de lo verosímil y un protagonista dotado de habilidades casi míticas. El guion incurre en múltiples convencionalismos y en más de una conveniencia narrativa que, bajo una mirada estricta, resultan difíciles de defender. Hay incluso un par de recursos cercanos al deus ex machina que tensan innecesariamente la credibilidad.

Sin embargo —y aquí radica su principal virtud— la película entiende las reglas del juego que decide adoptar. Los clichés no aparecen por descuido, sino como engranajes de una maquinaria genérica que funciona. Valdés no busca reinventar el género; busca ejecutarlo con competencia técnica y contundencia visual.

Y en ese terreno, el resultado es notable. Las secuencias de acción están editadas con claridad; la mezcla y edición sonoras elevan el impacto de cada enfrentamiento; la fotografía y el maquillaje revelan un cuidado inusual para el estándar nacional. La coreografía de combate y los efectos especiales demuestran una ambición industrial poco frecuente en nuestro país. El presupuesto se percibe en pantalla, y eso —en este género— es una declaración de intenciones.

En el apartado temático, Venganza introduce un discurso sobre resiliencia, corrupción institucional e infiltración del crimen organizado en las estructuras gubernamentales. No profundiza demasiado, pero tampoco se queda en la superficie absoluta: el mensaje está ahí, funcionando como motor dramático más que como tesis política.

El apartado actoral era, quizá, el mayor foco de incertidumbre. Omar Chaparro, asociado durante años a comedias de calidad paupérrima, asume aquí un rol dramático y de héroe de acción que parecía contradecir su trayectoria (baste recordad que sus intentos de incursión en el drama han sido igualmente patéticos). La sorpresa es genuina: sin ofrecer una interpretación impecable, Chaparro cumple con solvencia tanto en lo físico como en lo emocional. Hay limitaciones, sí, pero también una entrega que dignifica el personaje. Alejandro Speitzer aporta solidez, mientras que la breve aparición de Gustavo Sánchez Parra recuerda, con pocos minutos en pantalla, lo que significan las verdaderas tablas actorales. Paola Núñez, en contraste, queda atrapada en un personaje poco desarrollado, más funcional que sustancial.

Si hay una debilidad clara, proviene del guion: la acumulación de conveniencias narrativas y ciertos giros excesivamente convenientes (o hasta fantasiosos) minan el potencial dramático. No obstante, la película tiene la valentía de tomar decisiones y asumir consecuencias hacia su tramo final, dotando a la historia de un peso emocional que evita el vacío espectacular.

Venganza no redefine el cine de acción mexicano. Pero sí demuestra que, con recursos, disciplina técnica y una comprensión clara del género, es posible ofrecer un producto competitivo y efectivo. Cumple lo que promete y, para los amantes de la adrenalina clásica, será una experiencia satisfactoria.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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