The Hunt: Los perros no muerden, los ancianos son dulces y los niños jamás mienten

I

Los Hijos

Hace unos años durante una comida con amigos, una amiga cercana se dedicaba a vociferar a voz de cuello lo “malo” que era su marido porque: “no ayudaba con los quehaceres del hogar, no cuidaba a los niños, no ayudaba a cocinar los domingos” y un largo etcétera, supongo, desde luego que de nada servía que el susodicho trabajara de sol a sol para mantener la casa familiar, además de una casa para vacaciones que jamás ocupaban porque a ella “le aburría siempre” lo mismo, o el auto para él y para ella, escuela privada para los hijos y los gustos de mi amiga, el esposo se dedicó a servirse serena y calladamente unos whiskies sin replicar. Cuando mi amiga además se quejó de que sus hijos “no respetaban a su padre”, creí prudente cuestionar: “¿cómo esperas que lo respeten si te escuchan expresarte de él como lo haces?” A lo que respondió con ojos fulminantes y cambió el tema de conversación.

II

La Justificación

Justifico y baso mi abierto rechazo a los adolescentes en parte por las incontables experiencias que he debido atestiguar en 20 años de experiencia en la docencia. Dicho sea de paso que por esta razón decidí dejar la enseñanza en escuelas primarias, secundarias y ya no se diga preparatorias, donde ser uno de los profesores cuyos alumnos observaban más disciplina me costó literalmente, horas de insomnio, trabajo arduo (que ningún sueldo justifica) y muchos dolores de cabeza… y estómago. No generalizo, hay jóvenes que son verdaderos ejemplos de disciplina y confianza., pero desgraciadamente son los menos.

III

La escuela

Fue durante una de las primeras escuelas en que trabajé que contaba con niveles secundaria y preparatoria, que se dio el caso siguiente: éramos dos los profesores de religión judía, el otro profesor era más joven e inexperto que yo y con la mejor intención intención, de entrada se propuso establecer un sistema disciplinario en sus grupos, todos conformados por hijos de familias de clase media-alta, decentes, de moral intachable y educados… o eso decían sus padres. Los “intachables” jóvenes se sintieron amenazados cuando las calificaciones empezaron a reflejar su nivel real de aprovechamiento académico y se desató el infierno.

Todo inició con suásticas en los pizarrones, pasando por acusaciones de supuestas amenazas telefónicas a casa de los decentísimos estudiantes y culminó con grupos de alumnos esperando en los límites de la escuela para “darle un escarmiento” al profesor que “se quería pasar de listo”. A pesar que la dirección de la escuela tenía conocimiento de estos hechos prefirió dar oídos a una horda de padres de familia frenéticos que, en la cara del profesor prometieron todo su apoyo, y a su espalda exigieron su cabeza. Mi paisano no sólo fue presionado para presentar su renuncia (y evitar el pago de su despido), sino que además todas las calificaciones fueron modificadas antes de ser enviadas a la SEP bajo el argumento de que: “los alumnos eran hijos del colegio, incapaces de difamar a un profesor”.

IV

El Perro

En la calle donde viví muchos años había un perro dálmata, los dueños le permitían estar en la calle sin correa ni supervisión alguna todo el día. Y todos sabemos que un animal, por muy querido e inteligente que sea, carece de sentido común y consciencia, que no es lo mismo que inteligencia. Cuando una ocasión salí a cerrar el zaguán de la casa el adorado Bongo salió de la nada y se abalanzó contra mí dando tremenda mordida en mi mano; “seguro olió tu miedo, algo debiste hacer, estaba jugando, seguro fue otro perro, Bongo es incapaz fue la reacción de mis vecinos… hasta que el adorado Bongo mordió a una niña de su misma casa entonces toda la ternura de los vecinos se convirtió en rabia contra el perro que “no hacía nada”.

 V

Dogma (de Fe)

Muchas de estas situaciones serían fácilmente evitables si esta terca sociedad dejara de lado su necio afán por dotar de características casi etéreas y sagradas a seres igualmente corruptibles: mujeres embarazadas, ancianos, adorables mascotas y niños. Nuestra cerrazón a entender que la corrupción, la falsedad y la propensión a la mentira no respeta edad ni sexo quizá facilitaría la impartición de justicia. Es imperativo dejar de lado todas esas creencias estúpidas que mantienen a la sociedad ciega de los horrores que somos capaces de cometer desde una edad temprana y de la exposición de sus pequeñas criaturas al ambiente que les rodea, que los padres de familia sean conscientes que sus divinos ángeles están inmersos en una sociedad cuya libertad de expresión y acceso a la información de cualquier naturaleza es un ambiente del que no es posible sustraer a los infantes.

VI

La Cacería

En 1995 Lars Von Trier y Thomas Vinterberg (Festen, 1998) anuncian el nacimiento de una nueva corriente cinematográfica a la que llaman Dogma, cuyo propósito es retornar a las técnicas originales de actuación, historia y tema. Dogma, por otra parte, significa “proposición que se asienta como firme y cierta, principio innegable (de una ciencia)”, que es precisamente lo que sucede con los valores que la sociedad atribuye, entre otros, a los niños. No todas las mascotas son inofensivas, no todos los ancianos son dulces y no todos los niños son honestos.

Thomas Vinterberg toma esta premisa y explora la razón medular para que un niño mienta: la necedad adulta de etiquetar a los miembros de su sociedad. En The Hunt el director hace un análisis minucioso de los alcances de una sociedad hipócrita que se alinea y ataca sus propios demonios, y qué mejor que el peor y más tabú de todos: el sexo.

Vinterberg crea un microcosmos en una pequeña sociedad sueca en la que, un padre que lidia con una separación y la lucha por recuperar la patria potestad de su único hijo de pronto debe luchar con toda la comunidad cuando la hija de su mejor amigo, la pequeña Klara, lo acusa de haber abusado sexualmente de ella. Lucas (Mads Mikkelsen) no únicamente debe soportar la pérdida se su empleo, sino además el acoso de toda la comarca que, aún cuando Klara declara haber mentido, decide frenética que tal abuso se ha cometido. Con una magistral dirección que en ocasiones recuerda a The Crucible (Nicholas Hytner) el suspenso de The Hunt va en amento gracias a que el director tiene el tino de no dejar duda sobre la inocencia de Lucas, lo que acentúa su drama y el frenesí vengativo de sus vecinos.

Aunque The Hunt es fiel al tinte dramático que vimos en Festen, hay dos vueltas de tuerca en la historia que mantienen el ritmo de la cinta hasta el final. Lejos de actuaciones sobradas la intención, emoción e inflexión de cada parlamento, diálogo y escena ha sido cuidadosamente dirigido y enmarcado por una fotografía que se mezcla con la historia hasta ser parte de ella. El perdón, el dolor y cada emoción exactamente calculado en cada gesto de los personajes hace de la historia un manjar de actuación. Y, cuando se anuncia un triunfal final que nos obliga a pensar en Malena (Giuseppe Tornatore) Vinterberg hace un movimiento maestro con un último acercamiento a la cara de Lucas que hace obligatoria la reflexión… una película que merece no sólo ser vista, sino pensada a fondo como posible espejo social.

Sobre el Autor

No voy al cine miércoles ni domingos, no veo blockbusters. Mis reseñas se basan en mi experiencia de vida.

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