Atrápelo quien pueda: ¿Videocine en el FICM?
Como función de Estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Cinépolis Distribuciones presenta “Atrápelo quien pueda”, la nueva película del recurrente Alfonso Pineda Ulloa, sospechoso común de la mafia BuenaVista-Videocine, quien se hace de los servicios de Jaime Camil para traernos una comedia romántica familiar. La primer pregunta ineludible es… ¿en serio una comedia romántica de este tipo en el FICM?

Las comedias románticas suelen estar llenas de clichés. Y eso juega en contra de muchas, muchísimas películas (en verdad, más de las que nos gustaría admitir). Pero que una fórmula esté gastada no significa que el público no pueda seguir disfrutándola. A veces, precisamente ahí reside su encanto. En Atrápelo quien pueda, Alfonso Pineda Ulloa nos presenta una historia de amor que juega con las convenciones del género para recordarnos que, aunque sepamos perfectamente cómo terminará el cuento, no necesariamente queremos dejar de escucharlo.
Diego es un padre viudo que, tras varios años dedicado a su trabajo y a criar a su hija, se anima a volver a las citas empujado por ella, recurriendo a encuentros a través de matchs en aplicaciones y a emparejamientos hechos por la gente a su alrededor. Después de numerosos intentos y desastres amorosos, su vida cambia al conocer a su nueva vecina, Lucía.

Aquí están los sospechosos habituales: personajes atractivos de estrato social privilegiado, trabajos creativos, departamentos espectaculares, protagonistas carismáticas y perspicaces, paseos por las zonas bonitas de la ciudad, citas en restaurantes chic, una banda sonora empeñada en vendernos el romance y un desenlace tan predecible como el amor que termina triunfando con esa persona que, sorpresa, siempre estuvo ahí. Ah, y por supuesto, el eterno personaje secundario bonachón que cumple con la sagrada misión de aportar el alivio cómico.
Es una fórmula tan desgastada como efectiva. Algo así como leerle al mismo niño el mismo cuento antes de dormir: sabemos qué ocurrirá, conocemos las moralejas y hasta podemos anticipar la última frase, pero seguimos disfrutando la experiencia porque, de alguna manera, nos permite soñar e idealizar. Y Atrápelo quien pueda es, justamente, una película disfrutable, que funciona en la medida inversamente proporcional a la voluntad que tenga uno para desconectarse y dejarse llevar.

Después de hacernos sufrir al querer sacarnos los ojos con Familia a la Deriva, Pineda Ulloa parece haber tomado algunas lecciones y entrega una propuesta que, aunque sigue siendo plástica en su estética, muestra una mejoría considerable en la dirección. Los diálogos se sienten más naturales y menos telenovelescos —la película incluso se permite bromear con ello—, mientras que la dirección de actores consigue resultados bastante más convincentes.
Jaime Camil ofrece una de sus interpretaciones menos impostadas, y Natalia Téllez entrega un trabajo igualmente solvente. Juntos construyen una química inesperadamente efectiva, apoyada en personajes que, sin escapar por completo de los estereotipos del género, consiguen sentirse un poco más humanos de lo habitual.

Por supuesto, los problemas están ahí. La trama avanza de manera lineal, las escenografías y la iluminación pecan de una pulcritud excesiva y la película luce ese acabado tan característico de las producciones pensadas para plataformas: impecable, sí, pero también un tanto artificial. Todo parece demasiado bonito, demasiado ordenado, demasiado plástico.
Sin embargo, lo que en otro contexto podría jugar en su contra también termina siendo parte de su atractivo. El guion, aun cuando responde a un molde conocido, sabe aprovechar sus recursos; un par de giros buscan diferenciar la historia y los personajes secundarios tienen arcos que se cierran satisfactoriamente, además de contribuir al desarrollo de la trama.

No estamos ante una comedia romántica que reinvente el género ni ante una película destinada a cambiar nuestra concepción del amor. Tampoco hace falta. Atrápelo quien pueda nos recuerda que, a veces, el cine comercial cumple una función mucho más sencilla: ofrecernos un par de horas de evasión, hacernos sonreír y permitirnos creer, aunque sea momentáneamente, que las cosas pueden salir bien.
Y miren que no es poca cosa. Porque sí, los clichés siguen ahí. El romance es predecible, los escenarios parecen sacados de un catálogo inmobiliario y el amor triunfa como debe triunfar en esta clase de historias. No deja de ser una película con clasificación Derbez. Pero, si se lo permitimos, Atrápelo quien pueda es un “Derbez +”, pues consigue algo que no todas las comedias románticas logran: hacer crecer una talla nuestro corazón de Grinch.
1 comentario
La comparación con volver al mismo cuento separa bien la originalidad de la eficacia de una fórmula. ¿Qué pesa más aquí para que la comedia funcione pese a lo predecible: el ritmo de las escenas o la química entre los protagonistas? Sería interesante leer un ejemplo concreto sin revelar el desenlace.