Ceniza en la Boca: ¿Migrar para estar mejor?

La experiencia migrante suele contarse desde la esperanza de encontrar una vida mejor. Ceniza en la Boca, de Diego Luna, prefiere explorar la resaca de esa promesa: el desarraigo, la precariedad y la incertidumbre de quienes descubren que marcharse no garantiza encontrar un lugar al cual pertenecer.

La historia sigue a Lucila, una joven que ha migrado a España para reunirse con su madre y que sobrevive mediante empleos temporales como niñera, cuidadora y repartidora. Una partida prematura altera la vida de los personajes y los obliga a confrontar no solo sus circunstancias inmediatas, sino también su identidad y su sentido de pertenencia. ¿Migrar significa siempre estar mejor? ¿Qué sucede cuando no terminamos de pertenecer ni al lugar del que nos fuimos ni a aquel al que llegamos?

Diego Luna coloca a sus personajes frente a esa sensación de vivir permanentemente fuera de sitio, de dialogar a la distancia (a través de ventanas) sí cuando estamos a un continente de distancia, pero incluso también cuando ocupamos el mismo espacio geográfico. El entorno es hostil, las oportunidades escasean y la precariedad convierte la independencia en una aspiración difícil de alcanzar. Pero Luna evita reducir la experiencia migrante a un catálogo de injusticias o a un melodrama sobre las víctimas de un sistema. Su mayor acierto consiste en observar cómo los problemas sociales se infiltran en la intimidad y condicionan hasta los gestos más cotidianos.

Los dos primeros actos están magníficamente construidos. El guion nos permite adentrarnos gradualmente en la dinámica familiar, reconstruir el abandono inicial de la madre y comprender tanto las razones que la llevaron a marcharse como la manera en que sus hijos asimilaron aquella ausencia. Una vez reunidos en Madrid, la familia debe aprender a convivir de nuevo, ahora bajo condiciones que poco tienen de ideales. A ello se suman la discriminación, los empleos mal remunerados y la sensación de que, para sobrevivir, deben agachar cabeza y aceptar un lugar secundario dentro de una sociedad que no termina de reconocerlos.

El segundo acto se concentra en Lucila y su búsqueda de independencia en Cataluña. La acompañamos en sus intentos por construir una identidad propia, pero también en sus contradicciones. ¿Por qué le cuesta decirle a su novio estadounidense quién es realmente y a qué se dedica? ¿De dónde viene esa incapacidad para aceptarse o esa certeza de que los demás no podrán aceptarla tal como es? La vergüenza, el miedo al rechazo y el deseo de pertenecer se convierten en obstáculos tan determinantes como las limitaciones económicas.

Hay, además, una paradoja dolorosa en su necesidad de cuidar a los demás. Lucila atiende a quienes dependen de ella, incluso cuando el trabajo implica lidiar con situaciones desagradables —piojos incluidos—, mientras su propia vida y la de su hermano quedan relegadas. ¿Cuánto de esa entrega responde a la necesidad de sobrevivir? ¿En qué momento cuidar a otros se convierte en otra forma de descuidarse a uno mismo? Con esas preguntas se da una dimensión íntima que enriquece su retrato de la precariedad.

Sin embargo, el tercer acto pierde parte de la cohesión alcanzada previamente. El regreso de Lucila a México, motivado por un acontecimiento sumamente doloroso, modifica el tono y el ritmo del relato. El país al que vuelve parece tan descompuesto como el que dejó atrás: sus abuelos permanecen, pero sus amigos han desaparecido y los espacios familiares ya no le ofrecen la seguridad que podría esperar. México tampoco parece dispuesto a recibirla; simplemente la enfrenta a otras formas de violencia y exclusión.

La idea es potente: volver no significa recuperar el hogar, porque el hogar también cambia mientras estamos lejos. No obstante, la transición hacia este último tramo se siente menos orgánica que la construcción minuciosa de los anteriores. El guion parece apresurarse para cerrar un recorrido que hasta entonces había desarrollado con mayor paciencia. Aun así, la estructura circular termina por darle sentido al relato. Lucila vuelve a migrar y la historia concluye donde, en cierta forma, comenzó: con una mujer que busca un sitio en el mundo sin tener la certeza de encontrarlo. Pero ¿estamos ante un crecimiento personal o ante la resignación de quien comprende que no existe una alternativa? Esa incertidumbre es también parte de su amargura.

En el apartado interpretativo sobresale la dirección de actores. Anna Díaz (quien es una fuerza de la naturaleza)  y Adriana Paz sostienen algunos de los momentos más emotivos del filme; sus escenas juntas y sus confrontaciones hacen que broten chispas de la pantalla. Luisa Huertas completa una terna actoral impecable, con tres intérpretes de distintas generaciones que bien podrían considerarse de las mejores intérpretes en activo. Sergio Bautista sorprende también con una actuación contenida y desoladora, capaz de transmitir el peso de aquello que los personajes no siempre consiguen expresar con palabras.

El principal mérito de Diego Luna está en evitar que la experiencia migrante se convierta en un espectáculo de sufrimiento. En lugar de recurrir al golpe emocional fácil, se concentra en las individualidades, en las contradicciones y en los silencios; en cómo las grandes estructuras sociales terminan por determinar la vida privada. Aunque su desenlace no alcanza la misma solidez narrativa de sus primeros actos, Ceniza en la Boca es, hasta ahora, su película más lograda.

Como las cenizas que le dan título, la película deja un sabor amargo en la boca. Habla de la identidad como algo que no siempre podemos conservar intacto, del hogar como un sitio que quizá ya no existe y de la migración como una promesa que puede terminar convirtiéndose en un ciclo interminable. Quizá haga falta aderezar esas cenizas con un poco de Salsa Valentina, aunque sea para recuperar un sabor que nos recuerde quiénes somos.

Porque a veces uno puede cruzar fronteras, cambiar de idioma y aprender a sobrevivir en otro país, pero hay sabores que siguen siendo nuestros, incluso cuando ya no sabemos muy bien dónde está nuestra casa.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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