Digger: Señoras y Señores, esto es Cine.
Digamos las cosas como son, sin reparos ni reservas: Digger es, simple y llanamente, una obra maestra. Una película contundente, que da cuenta del nivel artístico de todos los involucrados. Y, con el riesgo de recurrir a un lugar común, pero también con la absoluta convicción de hacerlo: esto es cine, una experiencia del más alto nivel visual, sonoro, narrativo y hasta sensorial.

Digger Rockwell es un multimillonario magnate energético que, tras desencadenar un desastre ecológico de proporciones globales, emprende una misión frenética para demostrar que puede convertirse en el salvador de la humanidad. Mientras gobiernos, científicos, empresarios y distintos grupos de poder intentan contener las consecuencias de la catástrofe, Digger se enfrenta a un mundo que parece estar fuera de su control.
Digger es el octavo largometraje de Iñárritu y, hay que decirlo, estamos ante uno de los trabajos más ambiciosos de su filmografía y, personalmente, ante el que considero su obra más completa. Lo verdaderamente sobresaliente es la capacidad de Iñárritu para tomar un concepto aparentemente descomunal y convertirlo en una película que funciona simultáneamente como sátira, comedia negra, tragedia, espectáculo y ejercicio de metaficción. Una idea abrasiva que, lejos de diluirse bajo su propio peso, encuentra en la puesta en escena la manera perfecta de aterrizar.

La historia funciona como una sátira sobre el impacto del cambio climático, pero su mirada no se limita al empresario que lo provoca. Iñárritu apunta en todas direcciones: empresarios, gobiernos, científicos, activistas, organizaciones, consumidores y, por supuesto, nosotros mismos. Nadie queda completamente fuera del alcance de su crítica.
Y ahí reside buena parte de la inteligencia de la película: no busca construir un villano sencillo al que podamos culpar de todo, sino una representación de un sistema en el que ambición, poder, consumo, intereses económicos, información y necesidad de reconocimiento terminan alimentándose mutuamente. Pero todo esto podría haber resultado en un discurso insoportablemente aleccionador (más aun conociendo los vicios recurrentes de Iñárritu) y NO OCURRE ASÍ porque comprende que la mejor manera de hablar de una sociedad absurda es hacer una película deliberadamente absurda sobre ella.

Las actuaciones son providenciales. Tom Cruise está energético, desbordado y lleno de matices. Por momentos parece incluso más grande y rimbombante que la propia puesta en escena, algo que podría haber resultado contraproducente, pero que aquí se convierte en parte fundamental del personaje. La extraordinaria transformación física y el maquillaje contribuyen a construir una presencia que evoca lo mismo a un Charles Foster Kane envejecido que a un villano de la tradición de Blofeld. Pero lo verdaderamente impresionante está en la interpretación. Cruise entrega los monólogos con una precisión extraordinaria, haciendo evidente la arrogancia, seguridad y fortaleza de Digger sin convertirlo permanentemente en una caricatura. Y cuando la película necesita precisamente que se convierta en caricatura, el actor lo entiende y juega con ello. Es una interpretación que exige mucho más que presencia física: necesita ritmo, dominio del espacio, sentido del absurdo y, sobre todo, la capacidad de dejar que detrás del monstruoso ego aparezcan grietas de vulnerabilidad.
En igual nivel encontramos a John Goodman y Riz Ahmed, ambos extraordinarios y con momentos de enorme brillantez. Goodman aprovecha cada aparición para construir una mezcla precisa de autoridad, cansancio y absurdo; Ahmed, aporta una presencia mucho más contenida que funciona como contrapunto perfecto al caos que lo rodea. Ambos tienen un timing cómico y dramático de precisión quirúrgica.
Y si el reparto funciona así de bien es porque Iñárritu sabe exactamente cuándo contenerlo y cuándo dejarlo explotar. Ahí entran los enormes méritos de la dirección.

Iñárritu toma riesgos narrativos y visuales considerables, pero prácticamente todos pagan con creces. La metaficción es particularmente subversiva e inmersiva: la película juega constantemente con uno como espectador. Y lejos de sentirse como un mero ejercicio de pretensión, cada recurso termina encontrando una justificación dentro del discurso.
La edición es otro de sus grandes triunfos. El montaje imprime un ritmo vertiginoso, con constantes vaivenes entre sus diferentes realidades y niveles narrativos, sin permitir que el espectador se acomode demasiado. Desde su secuencia inicial hasta ese desolador y reflexivo final, Digger parece estar siempre a punto de perder el control, pero nunca lo hace. Y encontrar este equilibrio en el cine es dificilísimo. Y ahí aparecen algunas de las secuencias más memorables de la película, incluyendo uno de los monólogos más asombrosos, incómodos y trastocantes que hemos visto en los últimos años.

Visualmente, el trabajo de Emmanuel Lubezki es soberbio. La película fue filmada íntegramente en VistaVision, y la escala de sus encuadres, la composición y el movimiento de cámara contribuyen a convertir el absurdo en espectáculo. La escenografía de Dennis Gassner, el maquillaje, el diseño de producción, el vestuario, el sonido y hasta la música trabajan bajo una misma lógica: construir un mundo exagerado que, paradójicamente, termina pareciéndose demasiado al nuestro.
Y aunque Digger dialoga constantemente con otras películas, jamás se siente como una copia. Hay mucho de Dr. Strangelove en su sátira política y su humor negro; de Citizen Kane en la construcción de un hombre poderoso, su ego y su necesidad de controlar el relato sobre sí mismo; de Mr. Smith Goes to Washington en su relación con las instituciones y el poder; y, por supuesto, del propio Birdman en su reflexión sobre la representación, el ego artístico y la naturaleza misma del espectáculo.

Pero Iñárritu toma todos esos elementos, los procesa y los convierte en algo propio. Porque en el fondo Digger no sólo habla del medio ambiente. Habla del capitalismo. Del consumismo. Del poder. Del activismo. De la geopolítica. De la necesidad humana de controlar aquello que inevitablemente se nos escapa. Y también de nuestra necesidad de construir relatos que nos permitan creer que somos capaces de solucionar los problemas que nosotros mismos hemos creado. Es una parábola de nuestra sociedad, de nuestro presente y, quizá, de nuestro porvenir.
Pero hay algo todavía más interesante: Digger habla del propio cine, no sólo con las películas ya referenciadas, sino hasta con guiños en su escenografía: Desde Lubitsch (To Be or Not to Be) hasta Cassavettes (Opening Night). Habla del cine y la de la ficción como herramienta para comprender una realidad que muchas veces resulta insoportable. Del espectáculo como mecanismo para enfrentarnos a nuestros propios monstruos. Del arte como catalizador capaz de exorcizar aquello que parece imposible de resolver. Y ahí Iñárritu encuentra quizá su reflexión más hermosa: si el mundo se ha convertido en una farsa, quizá necesitamos contar con una buena farsa para poder mirarlo de frente.

Por eso Digger puede incomodar y divertir al mismo tiempo. Puede ser grandilocuente y profundamente lúcida. Puede hacernos reír mientras nos habla de una catástrofe que, debajo de toda la exageración, resulta demasiado cercana. No pretende tranquilizarnos, pretende sacudirnos.
¿Qué buscamos en el cine? La respuesta, después de ver Digger, parece bastante sencilla. Buscamos historias que tengan algo que decir, actores capaces de transformarse, imágenes que nos sorprendan, una puesta en escena que nos haga sentir que estamos viendo algo irrepetible, películas que nos hagan reír, incomodarnos, pensar y, eventualmente, cuestionarnos. Buscamos cine que justifique levantarnos de nuestra casa y sentarnos frente a una pantalla enorme.
Y Digger lo tiene todo. Esto es cine. Y, por si no había quedado suficientemente claro: hay que verlo en una pantalla grande.
Nivel 4.