Drácula: Un vampiro con derechos.

La leyenda del vampiro ha estado en el ADN del cine desde sus inicios, ha crecido, madurado y evolucionado con él desde el “Nosferatu” de Murnau, pasando por las comedias involuntarias para adolescentes de las saga “Crepúsculo”, hasta la mirada un tanto tierna y desesperanzadora de la sueca ”Let the Right One In” (Déjame entrar) de Tomas Alfredson (que en mi opinión es una de las pocas buenas películas sobre vampiros de este nuevo milenio), para luego llegar el estilo del neozelandés Taika Waititi con “What We Do in the Shadows” y su respectiva serie de televisión del año pasado.

Ahora Mark Gatiss y Steven Moffat, los mismos que trajeron a Sherlock Holmes a la época actual, adaptan otro gran clásico de la literatura, el Drácula de Bram Stoker. Con una coproducción BBC y Netflix y siguiendo con el formato que usaron para su anterior proyecto, Drácula es una mini serie de tres capítulos de hora y media aproximado de duración.

En el capítulo piloto titulado “Las reglas de la bestia”, se nos sitúa en Transilvania en 1897 con Jonathan Harker (John Heffernan), un abogado inglés y prometido con Mina Murray, que se presenta ante el Conde Drácula con la intención de llevarle a firmar unos papeles para su próxima residencia en Londres; hospedado en su tétrico y laberíntico castillo, él empieza a descubrir lo excéntrico y lo terroríficos que puede llegar a ser su anfitrión.

Si bien Gattis y Moffat utilizan casi la primer parte del libro para adaptarlo a la imagen viva y presentarnos las situaciones y a los personajes, desde el principio nos ponen las reglas y las cartas sobre la mesa de hacia dónde puede ir la historia, y justo a la mitad del capítulo (donde se desentienden del mismo) empiezan a crear otras situaciones con un giro interesante.

Después en el segundo capítulo, “Navío sangriento”, toda la acción toma lugar dentro de un barco con un Drácula navegando hacia Londres. Este episodio es una especie de cuento corto de Agatha Christie, (que resulta curioso que en esta versión de Drácula, el mítico personaje de Van Helsing, sufra algunos cambios, pero de ella hablaré más adelante) donde un asesino “misterioso” está haciendo desaparecer a los tripulantes del navío.

Y es en el desenlace de la historia, el tercer capítulo, “La brújula del mal”, en el que Drácula llega a Londres y donde Gattis y Moffat explotan esta libertad de tomar a un personaje clásico de la literatura y llevarlo como pez fuera del agua (literal), exprimirlo por completo, y mostrarnos a la bestia que es este vampiro digno del 2020.

En esta nueva versión toman todos los elementos de aquellas producciones de la Hammer, el estilo gótico y camp hacen que la estética visual resalte de sobremanera; el uso del gore mezclado con el humor negro hacen que secuencias que pueden llegar a ser terroríficas resulten cómicas, y se entiende porqué Gattis y Moffat así quieren que resulte.

Pero lo que mejor funciona en Drácula, es el mismísimo Drácula, ¿cómo superar a Gary Oldman o a Christopher Lee?, pues Claes Bang (The Square) se transforma en el mismísimo Conde, un Drácula que disfruta del vampirismo y que en el tercer capítulo hace una disección psicológica del personaje. Bang es un Drácula divertido, sexual y muy bien parecido, que no solo con su encanto y sus palabras engañan a quien se lo propone, sino que con su inteligencia hace que otros se dobleguen ante él; que hace uso del humor negro en sus momentos más sádicos, y que se torna irónico en sus diálogos.

Y teniendo a un personaje tan inteligente como lo es el Conde, su contra parte es alguien que sin problemas se le pone al tú por tú, y es el personaje de Agatha (Dolly Wells), su renovado némesis, y es que ver al par en funcionamiento es una delicia con cada argumento que se rebaten, un ping pong en cada escena que están juntos. Y eso es la joya de esta serie.

Qué mejor manera de empezar el año en cuestión de series que con Drácula, terror gótico en su máxima expresión.

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Acerca del autor

Ivan0     boxd.it/qEKB.

Cinefilo y seriefilo (si es que esa palabra existe) de corazón, realizador frustrado pero la opinión escrita es lo que se me da mejor. Amante de los musicales por muy malos que estos sean cof cof “Cats”, Soy millennial y no tengo problema alguno con eso; y llorar en el cine es la mejor terapia que uno pueda pagar.


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