Editorial Cinescopia: El Test de Bechdel ¿una regla innecesaria?

 Hace algunos días, durante una conversación radiofónica en Zoom al Cine de Radio Poder, en la que analizábamos la filmografía de Christopher Nolan, surgió un dato curioso: ninguna de sus películas aprueba el llamado Test de Bechdel. La observación provocó sorpresa entre algunos de los radioescuchas, y uno de los conductores reconoció algo que quizá sea todavía más significativo: buena parte de la audiencia ni siquiera conocía el concepto.

Y quizá valga la pena detenernos ahí.

¿Qué es el Test de Bechdel? ¿Qué pretende medir? ¿Tiene realmente alguna utilidad para analizar una película? ¿Puede una cinta ser machista por no aprobarlo? Y, sobre todo, ¿deberíamos preocuparnos por que una película lo apruebe? Comencemos por el principio.

El Test de Bechdel —también conocido como Test de Bechdel-Wallace— surgió en 1985, dentro de la tira cómica Dykes to Watch Out For, creada por la caricaturista estadounidense Alison Bechdel. La regla era sencilla: para que una película pudiera ser considerada por uno de los personajes como una película digna de verse, debía cumplir tres condiciones: tener al menos dos personajes femeninos con nombre, que estos hablaran entre sí y que su conversación fuera sobre algo distinto a un hombre.

Eso es todo.

No hay una evaluación de la calidad de los personajes, no se mide cuánto tiempo aparecen en pantalla, no se determina si tienen poder dentro de la historia ni se analiza si la película presenta una visión progresista o conservadora de la mujer. Y aquí comienza la primera confusión: aprobar el Test de Bechdel no significa que una película sea feminista.

Una película puede incorporar dos personajes femeninos que mantengan una conversación de veinte segundos sobre su trabajo, sus vacaciones o el clima y, técnicamente, aprobar el test, aunque esos personajes sean completamente irrelevantes para la historia, estén construidos a partir de estereotipos o incluso sean utilizados de manera denigrante.

De la misma manera, una película puede reprobarlo y presentar personajes femeninos extraordinariamente complejos, independientes y relevantes para su narrativa.

Entonces, ¿para qué sirve? Precisamente para señalar algo mucho más sencillo: la ausencia.

El Test de Bechdel funciona como una herramienta de observación, no como una sentencia. Su valor no está en determinar si una película es buena o mala, ni siquiera en establecer si es feminista. Su utilidad consiste en poner sobre la mesa una pregunta que durante décadas ni siquiera parecía necesario formular: ¿qué tan frecuente es que las mujeres aparezcan en pantalla como personas con intereses, relaciones y conversaciones propias?

La regla puede parecer ridículamente sencilla. Y ese es precisamente el punto. Porque resulta revelador que un requisito tan elemental pueda dejar fuera a tantas películas.

Christopher Nolan es un ejemplo interesante. Su filmografía está construida alrededor de protagonistas masculinos y de historias en las que las mujeres suelen ocupar posiciones secundarias o funcionales dentro de la trama. Esto no significa que sus películas sean malas, pero es curioso que Nolan sea incapaz de construir personajes femeninos interesantes. Significa, simplemente, que su cine responde a una determinada perspectiva narrativa.

Y ahí es donde el Test de Bechdel adquiere valor.

No nos dice qué debemos pensar de una película; nos obliga a preguntarnos por qué está construida de determinada manera.

Ahora bien, existe una crítica válida hacia el test: ¿qué ocurre si los cineastas comienzan a diseñar sus películas únicamente para aprobarlo? Podríamos terminar con escenas artificiales, diálogos introducidos a la fuerza o personajes femeninos cuya única función consiste en satisfacer una lista de requisitos. Sería absurdo. La inclusión convertida en trámite deja de ser inclusión para convertirse en burocracia narrativa.

Y no creo que ese sea el objetivo.

No necesitamos que los guionistas escriban una conversación entre dos mujeres porque “tienen que aprobar el Bechdel”. Necesitamos que, cuando la historia lo permita, dos mujeres puedan hablar entre sí porque eso es lo normal.

La diferencia parece pequeña, pero es fundamental.

El problema nunca ha sido que todas las películas tengan que tener protagonistas femeninas. Sería tan absurdo como exigir que todas las películas tuvieran protagonistas masculinos, infantiles, adultos mayores o de determinada nacionalidad. El cine debe conservar su libertad narrativa.

El verdadero problema aparece cuando la ausencia de determinados grupos se convierte en una constante tan arraigada que ni siquiera la percibimos.

Durante décadas, buena parte del cine presentó a las mujeres principalmente en función de los hombres: la esposa del protagonista, su madre, su amante, su hija, la mujer que debía ser rescatada, la mujer que debía ser conquistada o, en el mejor de los casos, la mujer que debía ayudar al protagonista masculino a completar su viaje.

Pero las mujeres tienen historias que no necesitan girar alrededor de los hombres.

Tienen ambiciones, amistades, conflictos laborales, relaciones familiares, rivalidades, sueños, frustraciones, aventuras, miedos y deseos que existen independientemente de su relación con un personaje masculino.

Y esto no debería ser entendido como una concesión. Es simplemente una representación más completa de la realidad. Aquí es donde, personalmente, considero que el cine tiene una responsabilidad que va más allá del entretenimiento. El cine es un espejo de la sociedad, sí, pero también es una de las herramientas culturales que contribuyen a construirla. Lo que vemos repetidamente termina formando parte de nuestro imaginario; lo que normalizamos en pantalla puede ayudarnos a normalizarlo fuera de ella.

Si durante décadas vemos mujeres relegadas a papeles secundarios, aprendemos —consciente o inconscientemente— que ese es su lugar. Si, en cambio, vemos mujeres tomando decisiones, ejerciendo profesiones, liderando historias, equivocándose, triunfando, fracasando, amando, peleando, envejeciendo, haciendo negocios, resolviendo crímenes o simplemente conversando sobre cualquier cosa que no tenga que ver con un hombre, comenzamos a asumir esa presencia como algo natural.

No se trata de introducir mujeres en una película para cumplir una cuota narrativa. Se trata de dejar de pensar que su presencia necesita una justificación.

Y quizá por eso el Test de Bechdel continúa siendo pertinente. No porque debamos utilizarlo como una calificación definitiva para las películas, sino porque nos permite detectar una anomalía que durante mucho tiempo pasó inadvertida.

El test es, en realidad, demasiado fácil: Dos mujeres. Una conversación. Un tema que no sea un hombre.

Nada más.

Que algo tan elemental siga siendo una prueba que tantas películas no consiguen superar debería hacernos reflexionar.

Y quizá el verdadero éxito del Test de Bechdel no sea que cada vez más películas lo aprueben. Tal vez sea que algún día dejemos de necesitarlo.

Porque el día en que ya no nos sorprenda ver a dos mujeres hablando de cualquier cosa, quizá finalmente hayamos entendido que la igualdad en el cine no consiste en forzar la inclusión.

Consiste en hacerla innecesaria de tan natural.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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