Editorial Cinescopia: ¿Ver cine en el cine? ¿O en cualquier dispositivo?
Hay una pregunta que parece sencilla, pero que puede convertirse en una discusión interminable entre cinéfilos, críticos y espectadores: ¿es lo mismo ver una película en una sala de cine que verla en la televisión, la computadora o, peor aún, en la pantalla de un teléfono celular?
Mi respuesta, de entrada, es que no. Y no porque una película deje de existir cuando la vemos en casa, ni porque sea imposible emocionarse frente a una pantalla pequeña. La diferencia está en que ver una película y experimentar el cine no son necesariamente lo mismo.

De hecho, me parece un tanto contradictorio afirmar que uno ama el cine con todas sus letras cuando nunca se procura la experiencia de verlo en una sala. Quizá lo que nos gusta son las películas, las historias, los actores o las narraciones audiovisuales. Y está bien: todo eso forma parte del universo cinematográfico. Pero el cine también es una experiencia visual, sonora y colectiva que fue concebida, durante buena parte de su historia, para ser compartida en una sala oscura, frente a una pantalla que nos envuelve y nos obliga a concentrarnos en aquello que sucede ante nosotros.
David Lynch fue particularmente contundente al defender esta idea. En una entrevista con Cahiers du Cinéma, lamentaba que el público creyera haber experimentado una película después de verla en un teléfono. Su postura puede parecer radical, pero apunta a una cuestión importante: el tamaño de la imagen, la calidad del sonido y las condiciones en las que vemos una obra modifican nuestra relación con ella. No significa que Lynch tenga toda la razón, ni que una película vista en un celular sea automáticamente una experiencia inútil. Significa que no todas las formas de exhibición ofrecen las mismas posibilidades. Y si el cine es también una cuestión de escala, composición, sonido, atmósfera y atención, reducirlo a una imagen diminuta mientras revisamos mensajes o hacemos otras actividades implica renunciar, al menos parcialmente, a una parte de lo que la obra puede ofrecernos.

El ritual de ir al cine
¿Por qué somos tan puristas con la experiencia en sala?
Porque ir al cine implica mucho más que sentarse frente a una pantalla. Significa levantarnos del sillón, salir de casa, dirigirnos a una sala, elegir un asiento y disponernos a prestar atención. Significa apagar el teléfono, resistir la tentación de consultar las redes sociales y permitir que una historia nos absorba durante dos horas sin detenerla para ir a la cocina, contestar una llamada o revisar qué más tenemos pendiente. ¡Dios mío, qué difícil resulta concentrarse en estos tiempos!
También está todo lo que ocurre alrededor de la función: comer algo antes, comprar unas palomitas —o introducir botana de contrabando, práctica que no recomiendo, pero que tampoco voy a fingir desconocer—, encontrarnos con un amigo, ir en pareja o incluso terminar conversando sobre la película con alguien a quien acabamos de conocer en la fila. Y si nuestras habilidades sociales no son precisamente extraordinarias, siempre queda la posibilidad de debatir en línea con otros espectadores.

La sala ofrece, además, una experiencia colectiva que no depende de que todos pensemos igual. Nos permite descubrir que podemos reír, llorar, estremecernos o indignarnos al mismo tiempo que un grupo de desconocidos. A veces, las reacciones ajenas amplifican nuestras emociones; otras, las contradicen. Hay ocasiones en que una carcajada generalizada nos contagia y otras en que nos preguntamos qué demonios le encuentra el resto del público a una película que nos ha dejado impasibles.
Esa convivencia también forma parte del acontecimiento cinematográfico. Martin Scorsese ha defendido precisamente la dimensión comunitaria de la sala, esa experiencia de estar frente a una pantalla grande junto a otras personas y responder a una película en el mismo momento. No es que la tecnología doméstica no pueda ofrecernos una imagen excelente, sino que hay algo irrepetible en compartir una experiencia artística con una audiencia.
El cine en casa puede ser íntimo, cómodo y hasta más adecuado para ciertas películas. Pero la sala nos recuerda que no siempre consumimos arte para nosotros mismos. También lo hacemos para encontrarnos con los demás, aunque sea durante el tiempo que dura una función.

¿Y la economía? Porque el cine también cuesta
Ir al cine activa una pequeña cadena económica. Pagamos el transporte, quizá compramos un helado de camino, adquirimos un boleto, consumimos algo en la dulcería o tomamos un taxi de regreso. Puede parecer un detalle menor, pero el cine no existe en el vacío: es una industria que depende de la circulación de sus obras, de la exhibición y de que el público esté dispuesto a pagar por ellas.
No voy a fingir que los precios de las dulcerías son razonables. Hay ocasiones en que uno podría hipotecar la casa para comprar un refresco y unas palomitas medianas. Por eso existe la ancestral práctica de introducir alimentos de contrabando, que al menos permite seguir destinando dinero a otras actividades culturales. Porque sí, también hay que comer, pagar la renta y sobrevivir.

Yo he vivido —y sigo viviendo— bajo la máxima de uno de mis gurús, Guillermo Cabrera Infante: «¿Cine o sardina?». Como él, orgullosamente puedo decir que, aunque desnutrido, hasta la fecha no sé cuál es el sabor de la sardina, porque parafraseándolo, la vida se puede concebir sin sardinas… nunca sin cine.
Pero detrás de la broma existe una convicción: si queremos que continúen produciéndose películas, debemos reconocer el trabajo de quienes dedican su vida a hacerlas y de quienes se encargan de que lleguen a nosotros. Esto no significa que debamos comprar boletos para cualquier estreno ni que ver una película en streaming equivalga a traicionar a la industria. Significa que la exhibición en salas necesita espectadores, especialmente cuando hablamos de películas independientes, producciones pequeñas o propuestas que difícilmente pueden competir por la atención del público frente a los grandes estrenos comerciales.
Y aquí hay una distinción importante: no todas las películas necesitan verse en una sala para ser apreciadas, pero todas se benefician de que exista una cultura cinematográfica capaz de sostener su producción, distribución y exhibición.

El crítico, el screener y el miedo a quedarse fuera
Hay otro asunto que me incomoda particularmente: la facilidad con la que algunos críticos reducen su relación con el cine a devorar screeners desde casa, con el argumento de que no hay tiempo suficiente para ver todo lo que necesitan ver.
Entiendo las razones prácticas. La oferta es inmensa, los plazos editoriales son cada vez más cortos y no siempre resulta posible acudir a todas las funciones. No voy a exigir que alguien atraviese la ciudad durante dos horas para ver una película que tiene que reseñar esa misma noche. Sería absurdo. Pero una cosa es reconocer las limitaciones de tiempo y otra convertir la urgencia de verlo todo en una especie de credencial profesional.

En México, quienes hacemos crítica cinematográfica tenemos, en ocasiones, acceso a funciones especiales para prensa. Estas proyecciones nos permiten ver películas antes de su estreno comercial y, por lo general, sin pagar un boleto. Para quienes escribimos por amor al arte, sin remuneración o con una compensación que difícilmente podría considerarse un salario, es un privilegio importante. En mi caso, asistir a estas funciones reduce considerablemente el gasto que tendría que destinar a mi afición, mi vicio o como quieran llamarlo.
Entonces, ¿por qué recurrir a sitios piratas para ver hoy una película que llegará a las salas dentro de un mes? ¿Por qué la ansiedad de no quedarse fuera de la conversación parece justificarlo todo? ¿Realmente necesitamos haber visto el estreno antes que los demás para demostrar que sabemos de cine?

El problema no es ver películas en casa. El problema es confundir la cantidad con el conocimiento y la anticipación con la relevancia. El FOMO —ese miedo a perdernos algo mientras todos los demás parecen estar participando— también ha alcanzado a la crítica cinematográfica. De pronto, importa menos la experiencia de una película que la posibilidad de publicar una opinión antes que los demás.
Y conviene recordar que la crítica no es una carrera de velocidad. Ver más películas no garantiza comprenderlas mejor, del mismo modo que publicar primero no significa tener algo más interesante que decir.

Por supuesto, tampoco quiero convertir las funciones de prensa en una suerte de santuario. No siempre se programan suficientes exhibiciones, no todos los críticos tienen acceso a ellas y las invitaciones no se distribuyen de manera equitativa. En ocasiones, los espacios parecen privilegiar a creadores de contenido con grandes audiencias por encima de quienes llevan años escribiendo crítica especializada. Esto abre otra discusión sobre la relación entre distribuidores, medios, influenciadores y periodistas, una discusión que merece su propio artículo.
Basta asistir a un festival como el de Morelia para advertir una diferencia entre las alfombras rojas, donde abundan las cámaras y los micrófonos, y algunas funciones de prensa de películas en competencia, a las que acudimos un grupo mucho más reducido de periodistas especializados. No se trata de afirmar que todos los creadores de contenido carezcan de interés cinematográfico ni de que todo periodista sea un crítico riguroso. Se trata de preguntarnos qué clase de conversación sobre el cine estamos promoviendo y a quiénes estamos invitando a participar en ella.

El privilegio de poder elegir
También debo reconocer que mi postura está condicionada por un privilegio geográfico. Vivo en la Ciudad de México, donde hay numerosas salas comerciales, espacios de exhibición alternativa, varias sedes de la Cineteca Nacional y una programación cultural que ofrece oportunidades que no existen en muchas otras ciudades del país.
No todos tienen esas posibilidades. Para una persona que vive lejos de los circuitos de exhibición, que carece de transporte accesible o que no puede pagar el boleto, una plataforma digital puede ser la única puerta de entrada a determinadas películas. Sería profundamente injusto descalificar esa experiencia desde la comodidad de quien tiene una sala relativamente cerca.

Pero también creo que debemos preguntarnos qué hacemos con las oportunidades que sí tenemos.
Existen festivales como los de Guadalajara, Guanajuato y Morelia; cineclubes, muestras, proyecciones comunitarias y funciones gratuitas o de bajo costo. Asistir a un festival puede representar un gasto considerable, por supuesto, pero ¿acaso no podemos decidir destinar nuestro dinero a aquello que nos hace felices? Siempre que las necesidades básicas estén cubiertas, cada quien determina qué lugar ocupa la cultura en su vida y cuánto está dispuesto a invertir en ella.
No pretendo sugerir que quien no puede pagar una entrada deba sentirse culpable. Tampoco que haya una obligación moral de gastar dinero en cine antes que en cualquier otra forma de entretenimiento. Lo que cuestiono es la facilidad con la que, teniendo alternativas, reducimos nuestra relación con el cine a la comodidad de una pantalla doméstica y después lamentamos que desaparezcan las salas, que las películas pequeñas no encuentren público o que los espacios culturales cierren por falta de espectadores.

Si lo que buscamos es participar en una cultura cinematográfica más amplia, ¿por qué no explorar un cineclub en lugar de asumir que nuestra única opción es el estreno comercial de la semana? ¿Por qué no acercarnos a una película mexicana independiente en lugar de elegir automáticamente la producción más publicitada? ¿Por qué no permitir que nuestra curiosidad nos lleve a descubrir otras cinematografías, otras épocas y otras formas de narrar?
El cine comercial también es cine, por supuesto. No hay nada vergonzoso en disfrutar una película de superhéroes, una comedia romántica o un espectáculo diseñado para entretener. El problema aparece cuando confundimos la cartelera con la totalidad del cine y creemos que estar al día con los grandes estrenos equivale a conocer el arte cinematográfico.
Quizá entonces no se trate de elegir entre una película de Marvel y un cineclub, sino de reconocer que el universo cinematográfico es mucho más amplio que aquello que recibe la mayor inversión publicitaria. La sala puede ser el lugar donde comienza esa exploración, no necesariamente donde termina.

La contradicción de la pantalla pequeña
Hasta aquí, mi argumento parece bastante sólido. Sin embargo, existe una contradicción que no puedo ignorar: buena parte del cine clásico que he visto, amado y estudiado llegó a mí a través de una televisión. No solo las películas mudas o en blanco y negro, sino también aquellas estrenadas antes de que yo siquiera comenzara mi recorrido como cinéfilo.
No tuve la oportunidad de verlas en su estreno, ni de experimentar la reacción del público de su época. Las descubrí en pantallas pequeñas, en condiciones que probablemente distaban mucho de las ideales. Y eso no impidió que me conmovieran, que me ayudaran a comprender el lenguaje cinematográfico o que cambiaran mi manera de mirar el mundo.

¿Significa que no las experimenté? No. ¿Significa que tuve la misma experiencia que habría tenido en una sala? Tampoco.
Esta distinción es fundamental. Una película no pierde automáticamente su capacidad artística por ser vista en casa. Sus imágenes, actuaciones, diálogos, montaje y música pueden seguir provocando emociones y reflexiones. Pero hay aspectos de su construcción que quizá solo se manifiestan plenamente en una pantalla grande, con un sonido adecuado y sin las interrupciones del entorno doméstico.

Ver una película de Stanley Kubrick en una televisión no invalida la experiencia, aunque una proyección de 2001: Odisea del espacio pueda revelar una dimensión visual y sonora que difícilmente se reproduce en una pantalla diminuta. De igual forma, una película íntima, construida alrededor de rostros, silencios y pequeños gestos, puede conservar gran parte de su fuerza en casa.
La cuestión no es establecer una jerarquía absoluta entre dispositivos, sino reconocer que las condiciones de exhibición modifican nuestra relación con las obras. Hay películas que ganan enormemente en una sala y otras cuya experiencia puede adaptarse mejor a diferentes formatos. Incluso una buena proyección doméstica, con una pantalla generosa, buen sonido y la atención puesta en la película, puede ofrecer una experiencia cinematográfica extraordinaria.
El problema, en todo caso, no es el tamaño de la pantalla por sí solo. Es la forma en que decidimos mirar.

Entonces, ¿qué significa ir al cine?
Quizá la respuesta no consista en dictar una sentencia sobre la validez de ver películas en dispositivos pequeños, sino en formularnos preguntas más personales: ¿qué significa para mí la experiencia de ir al cine? ¿Qué entiendo por cine? ¿Me interesa como arte, como espectáculo, como entretenimiento o como una combinación de todo ello? ¿Qué lugar ocupa en mi vida y qué valor estoy dispuesto a concederle, incluso en términos económicos?
No hay una respuesta universal. Para algunas personas, el cine es una forma de evasión al final de una jornada agotadora; para otras, una experiencia estética, una herramienta de reflexión o una manera de entrar en contacto con realidades distintas. Hay quien disfruta una película en el teléfono durante un viaje y quien necesita la oscuridad de una sala para entregarse por completo a ella. Ninguna de esas experiencias, por sí sola, convierte a alguien en mejor o peor espectador.

Pero sí creo que quienes afirmamos amar el cine deberíamos procurar conocerlo en las mejores condiciones que estén a nuestro alcance. No por una obligación de pureza cinéfila, sino porque merece la pena descubrir todo aquello que una película puede ofrecernos cuando le concedemos nuestra atención y el espacio para desplegarse.
La sala de cine no es un templo infalible. Hay funciones arruinadas por espectadores que conversan, teléfonos que iluminan la oscuridad, proyecciones deficientes y películas que sencillamente no merecen el boleto. Tampoco todas las películas que vemos en casa son experiencias menores. La diferencia está en reconocer que cada formato ofrece posibilidades distintas y que, cuando tenemos la oportunidad de vivir una película en la pantalla para la que fue concebida, vale la pena intentarlo.

Al final, quizá no se trate de demostrar que vemos cine mejor que los demás, sino de preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer por aquello que decimos amar. Si el cine nos importa, podemos comenzar por algo tan sencillo como salir de casa, ocupar una butaca y compartir una historia con desconocidos.
Y si después queremos discutirla, escribir sobre ella o descubrir otra película, mucho mejor. Porque el cine no termina cuando se encienden las luces: a veces, ahí es donde verdaderamente comienza.