El Final: sigue el camino, aunque no sea amarillo
El debut como director de Alex Ullom resulta difícil de digerir y analizar. Principalmente porque, al igual que su premisa, El Final nos embarca en un viaje cuyo destino deja de ser claro a mitad del recorrido. Para entonces, la pregunta ya no es si llegaremos a alguna parte, sino si estamos ante una propuesta genuinamente desconcertante o simplemente frente a un ejercicio de excesivas (y mamadoras) pretensiones filosóficas.

Cuatro jóvenes amigos recién graduados salen a un paseo nocturno y quedan atrapados en una carretera de dos carriles que no tiene fin, quedando confinados en su Jeep Cherokee, en la que, cuando momentáneamente se detienen, se ven perseguidos por personas que salen del bosque pidiéndoles ayuda. Así, rodeados de fuerzas cósmicas y horrores inexplicables, deben decidir si aceptan su destino o intentan escapar.
El arranque es magnífico. Cuatro personajes con complejidades personales, diálogos ingeniosos e intercambios tan interesantes como divertidos construyen una dinámica que se siente natural, como esas discusiones cotidianas entre amigos que pueden pasar de lo trivial a lo trascendental en cuestión de segundos. La película establece rápidamente un vínculo con ellos y, cuando cambia de rumbo, consigue generar una intriga sólida que invita a seguir adelante.

El problema es que el viaje comienza a dar vueltas sobre sí mismo. Las secuencias se suceden sin que la trama termine de adquirir una dirección clara y lo que parecía un misterio prometedor se convierte, poco a poco, en una experiencia monótona. El primer acto ofrece posibilidades que el resto de la película no consigue desarrollar, mientras que sus personajes quedan atrapados en una indefinición que tampoco contribuye a profundizar en su psicología.
Es cierto que El Final apuesta por un terror conceptual, alejado de los sobresaltos fáciles y los jump scares. Su intención parece ser sumergirnos en la misma incertidumbre que experimentan sus protagonistas: esa sensación desalentadora de avanzar sin saber adónde vamos ni si existe siquiera un destino al cual llegar. Sin embargo, una cosa es dejar preguntas abiertas y otra muy distinta es no ofrecer suficientes elementos para formularlas.

Quizá la película pueda interpretarse como una metáfora del tránsito de la juventud a la vida adulta: el desconcierto ante un futuro incierto, la pérdida progresiva de los amigos de la escuela y la sensación de que la vida se construye sobre la marcha, sin garantías ni mapas. Es una lectura interesante, pero también bastante libre, pues el argumento nunca termina de articularla con la suficiente claridad.
Y ahí está el mayor problema de la propuesta de Ullom: su ambigüedad no siempre se siente orgánica. El desenlace abrupto, lejos de recompensar la paciencia del espectador, deja una sensación de insatisfacción narrativa. Uno puede aceptar que no todas las preguntas necesitan respuesta, pero sí agradecería alguna pista que permitiera comprender hacia dónde apuntaba el recorrido. Curiosamente, el sabor final tampoco es del todo desagradable. Hay algo en la experiencia que permanece, una inquietud que invita a buscarle sentido a lo visto. La diferencia es que, en lugar de surgir naturalmente de la película, esa necesidad de interpretación parece recaer enteramente en el espectador.

El Final es un viaje con un punto de partida prometedor, un trayecto irregular y una llegada que quizá no estaba destinada a satisfacer a nadie. ¿Desconcierto deliberado o pretensión sin suficiente sustento? La respuesta dependerá de cada espectador, aunque Ullom habría hecho bien en dejar algunas migajas en el camino.