El Jardín que soñamos: Un hogar entre las ruinas

Abriendo la Competencia Oficial de Largometraje Mexicano del Festival Internacional de Cine de Morelia, El jardín que soñamos, de Joaquín del Paso, confirma el interés de un cineasta que, con El hoyo en la cerca, ya había demostrado su capacidad para explorar las tensiones sociales y los mecanismos de violencia que se esconden detrás de las estructuras aparentemente ordinarias.

La película sigue a Esther, Junior y sus dos hijas, Flor y Aisha, una familia haitiana que atraviesa México rumbo al norte en busca de un futuro mejor. En su recorrido, encuentran refugio en un bosque del centro del país, territorio amenazado por la tala ilegal y la violencia de quienes explotan sus recursos. Lo que podría convertirse en un hogar provisional pronto revela su propia fragilidad, obligando a la familia a luchar por su supervivencia y por la posibilidad de permanecer unida.

Dolorosa y punzante, El jardín que soñamos utiliza la casa como metáfora de la construcción familiar: un espacio que puede ofrecer protección y estabilidad, pero cuyos cimientos también son vulnerables a las amenazas externas y a los embates de una naturaleza cada vez más violentada. ¿Qué significa construir un hogar cuando el lugar donde intentamos echar raíces está condenado a desaparecer? ¿Cómo puede una familia encontrar estabilidad cuando su propia existencia depende de territorios y circunstancias que no controla? Del Paso contrapone constantemente la belleza del bosque con la devastación provocada por la actividad humana. La majestuosidad de los árboles y la riqueza natural del entorno conviven con el ruido de las máquinas, la caída de los troncos y la amenaza de quienes convierten el territorio en mercancía. No se trata únicamente de denunciar la tala ilegal, sino de evidenciar cómo la ambición puede destruir aquello que sostiene la vida y cómo, en ocasiones, las propias comunidades terminan atrapadas en redes de complicidad, miedo y explotación.

La película también desplaza la mirada hacia quienes suelen permanecer al margen de estas discusiones: los trabajadores migrantes. La familia haitiana no solo debe afrontar el desarraigo y la incertidumbre de su travesía, sino también la vulnerabilidad de quienes llegan a un país ajeno sin garantías de seguridad ni condiciones dignas. La violencia que los rodea no es una amenaza abstracta; es una fuerza que se aprovecha de su necesidad de sobrevivir y de la precariedad de su situación.

Uno de los mayores aciertos de la película es la manera en que enlaza dos migraciones: la de los seres humanos y la de las mariposas monarca. Mientras estas viajan desde el norte hacia los bosques mexicanos en busca de condiciones propicias para su supervivencia, Esther y su familia avanzan hacia el norte con la esperanza de encontrar una vida mejor. Sus trayectorias opuestas convergen en un mismo territorio, recordándonos que migrar no es necesariamente una elección libre, sino una respuesta a las condiciones que hacen imposible permanecer en el lugar de origen. En ese paralelismo reside buena parte de la sensibilidad de la propuesta. Tanto la familia como las mariposas dependen de un entorno que les permita sobrevivir; ambas se enfrentan a un mundo donde la destrucción de los espacios naturales y la indiferencia humana amenazan con interrumpir sus recorridos. El bosque se convierte así en un refugio temporal, pero también en un recordatorio de que ningún hogar puede ser verdaderamente seguro mientras las fuerzas que lo rodean se empeñen en destruirlo.

El diseño sonoro merece una mención especial. El sonido del bosque, los silencios y las irrupciones violentas del entorno construyen una experiencia inmersiva que intensifica la tensión y permite percibir la naturaleza como una presencia viva, mucho más que un simple telón de fondo. La película encuentra en sus sonidos una forma de narrar lo que las imágenes no siempre necesitan explicar: la amenaza que se aproxima, la fragilidad de la calma y la violencia que se infiltra en la vida cotidiana.

Las actuaciones de las niñas aportan una ternura que contrasta con la dureza del relato, pero es Nehemie Bastien, en el papel de Esther, quien sostiene buena parte de su carga emocional. Su interpretación transmite el agotamiento, el miedo y la determinación de una madre que intenta proteger a sus hijas en un entorno que parece negarle cualquier certeza. En ella, la esperanza no es ingenuidad, sino una forma de resistencia.

Con El jardín que soñamos, Joaquín del Paso construye una película que conecta la crisis migratoria con la devastación ambiental sin perder de vista el núcleo humano de ambas tragedias. Su mayor virtud está en recordarnos que, detrás de cada desplazamiento, hay una historia de pérdida, supervivencia y búsqueda; y que el hogar no es únicamente un lugar físico, sino la posibilidad de vivir sin miedo y de imaginar un futuro. Porque todos buscamos un jardín donde echar raíces. El problema es que, en un mundo empeñado en destruir sus propios refugios, incluso el lugar donde soñamos quedarnos puede convertirse en el próximo sitio del que tendremos que huir.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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