Elsinore: Aquí se quiebra el noble corazón
¿Hamlet again? Not again! It’s always been Hamlet.
Simon Stone regresa a la dirección después de su cuestionable The Woman in Cabin 10 y de la injustamente infravalorada The Dig, para entregarnos con Elsinore su obra más madura hasta la fecha. Una película que encuentra en el teatro, la enfermedad y la vocación artística los elementos para construir un relato profundamente humano sobre la voluntad de trascender.

Basada en hechos reales, la historia sigue al actor escocés Ian Charleson (Andrew Scott), quien, después de haber alcanzado reconocimiento internacional gracias a Chariots of Fire, busca recuperar el lugar que siente que le corresponde en el mundo de la interpretación. Cuando Daniel Day-Lewis abandona inesperadamente una producción de Hamlet en el National Theatre, Charleson encuentra la oportunidad de asumir el papel que tanto anhela. Hay, sin embargo, un obstáculo devastador: acaba de ser diagnosticado con SIDA y su salud comienza a deteriorarse. A pesar de las advertencias médicas y de la incertidumbre sobre cuánto tiempo le queda, decide afrontar el desafío.
Elsinore es, sobre todo y ante todo, una historia de profundidad y pasión; un retrato del oficio de actor y de lo que puede llegar a significar cuando se ejerce no solamente para los reflectores, sino como una necesidad vital.

El contexto de la epidemia del SIDA a finales de los años ochenta y el estigma que padeció la comunidad LGBTQ+ no se quedan en el terreno de lo panfletario. Stone consigue transmitir la dimensión devastadora de aquella crisis a través de la experiencia personal de Charleson: la pérdida de un amigo tras otro, el avance de la enfermedad en su propio cuerpo y la angustia de reconocer sus síntomas en los demás. Las despedidas apresuradas, los rencores que buscan superarse y la conciencia de una muerte que parece acercarse demasiado pronto construyen un entorno donde cada encuentro adquiere un peso particular.
Charleson también vive a la sombra de sus propias decisiones. Carga con la frustración de haber perseguido la fama transitoria del cine y con el lastre de ser recordado principalmente por Chariots of Fire, mientras él se sabe capaz de mucho más. No quiere ser solamente un rostro asociado a una película ni una tonada de Vangelis.

Su travesía para interpretar a Hamlet en el National Theatre se convierte en una auténtica oda a la voluntad. Andrew Scott ofrece una actuación desgarradora, profunda, intensa y llena de amor por el oficio. Su interpretación no solamente alcanza momentos extraordinarios sobre las tablas, acompañados por un ritmo de edición impecable, sino que también encuentra matices en la manera en que Charleson observa y reconoce a otros intérpretes. Desde un huidizo Daniel Day-Lewis en pleno colapso hasta una de las escenas más bellas de la película: la interpretación de There’s No Business Like Show Business, de Ethel Merman, en la clínica de rehabilitación. Un instante que, sin necesidad de subrayados, encapsula el poder del espectáculo como refugio y como forma de resistencia.
Charleson encuentra en el arte una manera de luchar contra su muerte inminente, de formar parte de algo más grande que él mismo y de convertirse en un eslabón dentro de la interminable cadena de intérpretes que han dado vida a Shakespeare. Es el arte como paliativo, como acto de resistencia y como instrumento para dejar una huella que indique que un alma estuvo aquí. Interpretar a Hamlet significa, en cierta forma, incorporarse a la inmortalidad de una obra que ha sobrevivido siglos y que seguirá encontrando nuevos cuerpos y nuevas voces para existir.

La dirección de Stone es sinuosa y elegante. Sus elecciones de encuadre y fotografía acompañan con sensibilidad el tránsito emocional de los personajes, mientras que la edición encuentra un ritmo particularmente acertado al alternar los ensayos, las representaciones y la intimidad de los momentos fuera del escenario. El score de Stefan Gregory también merece reconocimiento: sobresale por cuenta propia sin imponerse sobre las escenas que acompaña.
Olivia Colman ofrece el contrapeso necesario a la intensidad de Scott. Su presencia aterriza la historia y aporta una sensibilidad distinta desde su relación con Charleson. Aunque el personaje de la doctora Margaret Johnson se acerca por momentos al terreno lacrimógeno, Colman lo interpreta con la solvencia y humanidad que caracterizan su trabajo. La química entre ambos permite que la película encuentre algunos de sus momentos más conmovedores lejos de los escenarios.

El sentir permanece a flor de piel con Elsinore. Es una película que cita a Shakespeare y, al mismo tiempo, lo trasciende; que transmite que Hamlet no es únicamente una tragedia sobre la muerte, sino también una reflexión sobre la existencia, la memoria y el legado. Simon Stone construye un homenaje al teatro y a quienes hacen de la interpretación una forma de vida, pero, sobre todo, a quienes encuentran en el arte una razón para resistir cuando parece que ya no queda ninguna.
«Aquí se quiebra el noble corazón».