Euphoria: El hijo Tiktoker de MTV
Euphoria es la extensión de este legado de cagada que no está dejando de la generación centennial, con la única diferencia de que se encuentra disfrazada de un excelente apartado técnico, especialmente en el aspecto de la fotografía, pero que cuando uno rasca en la superficie no cuenta nada nuevo que no hayas visto en dramas escolares.

El mayor problema de Euphoria es el fingir tratar de asomarse al problema del mundo adolescente sin dejar de lado el clásico amarillismo y morbo; un ejemplo lo vemos desde el primer capítulo donde el problema principal era un tema de drogas alrededor de Rue, sustentado en una serie de trastornos psicológicos y la muerte de su padre, para posteriormente dejar de desarrollar el perfil y enfocarse en mostrar escenas de sexo o delirios sensoriales. No existe ningún sustento para dar un discurso de las problemáticas adolescentes, pues solo se utilizan como base para generar shock o impacto visual. La misma fórmula se repite capítulo a capítulo, diluyéndose en subtramas y tópicos escatológicos que no llevarán a ningún puerto.
Y es que fuera de Rue, que quizás es el personaje más decente, los demás están escritos desde el cliché: el galán de la escuela violento, la animadora, la amiga de la animadora; ninguno tiene un trasfondo más allá del estereotipo. Comparando con productos de los 90’s en el tema de drogadicción, lejos estamos de un Kids, Inocencia Interrumpida o Trainspotting, dónde los temas de depresión o drogadicción juvenil iban más allá del mero hecho de impactar al espectador, contando con un contexto social, psicológico y hasta generacional. En Euphoria no existe ese trato a los personajes más allá de su padecimiento.

Sin embargo, como casi todo producto tramposo y flojo en narrativa, la percepción visual es la que termina rescatando y aparentando algún progreso de los personajes. Pero incluso en propias palabras de sus realizadores: “el maquillaje y la ropa se diseña para dar a conocer el estado de ánimo”. Es de reconocer que esa estética moderna centennial flow caótica es atractiva y acertada, pero sin un sustento que justifique esto más allá de los vestigios de la adolescencia.
Como consecuencia, sin una escritura más diseñada y la generación de un sinnúmero de arcos, tenemos una telenovela teenager que, a falta de un buen guion, buscará constantemente shockear a su audiencia para no perderla; así veremos a Sydney Sweeney enseñando las chichis, Rue teniendo alucinaciones “oníricas”, Elordi presumiendo su cuerpo, escenas de sexo y muertes “perturbadoras” con el afán de hacerle creer a su audiencia que estamos ante un producto maduro, atrevido y disruptivo.

Un gran problema de Occidente y de, por desgracia, la América moderna, es creer que lo escatológico es sinónimo de madurez o de “ser adulto”, cuando es todo lo contrario. Sin ese contexto para tratar temas sensibles y sin morbo, de profundizar en la psicología de sus individuos más allá del estereotipo, no se puede justificar una “subida de tono”. Lo peor del caso es que la estética ni siquiera es una idea original de Sam Levinson, sino que descaradamente, a través del juego corporativo, se la robó a Petra Collins, quien diseñó todo el concepto, algo que se nota demasiado en la otra serie de Levinson: “The Idol”, donde sin el éxito de esta estética, se nota el amarillismo sin sentido.
En la última temporada de Euphoria han decidido cambiar su género, pasando de una serie escolar a un intento pedorro de thriller criminal, lo cual deja mucho peor parados a todos sus personajes que, por desgracia, desde una primera temporada ya habían dejado en claro que perseguían más el hedonismo, haciendo más peligrosa de lo que ya era al intentar al asociarlo con el fracaso del sueño americano, como si los comportamientos autodestructivos de sus personajes en búsqueda de su propio placer eran una forma de justificar lo fallido del sistema, o como si meter a estos juniors que viven de la apariencia de clase media alta para arriba en el mismo costal que el trabajador de clase media o baja que intenta sacar a su familia o al migrante fuera lo mismo (por cierto, tampoco esto es algo nuevo, Wild Things ya lo había hecho mucho antes, mezclar thriller criminal con historia de high school)

Por desgracia Euphoria es reflejo perfecto de la nueva manera de entretenimiento y consumo modernos, quizás la nueva forma del Star System de Hollywood que nos ha dado actores juveniles como Zendaya, Sydney Sweeney y Jacob Elordi (si estas son las nuevas caras, que Dios nos libre), que es reciclar todo lo que se ha hecho de los productos juveniles de los millennials (pero mucho peor) y envolverlo en una estética atractiva apoyándose en el amarillismo y morbo para causar sensación o shock que en la era del TikTok es lo único que importa.
Bienvenidos a la nueva era, donde ya no importa contar una historia, sino generar una película o serie que pueda ser recortada en reels para hacerse viral lo más rápido posible, bienvenidos a la “Euphoria” de concebir arte creyendo que ver violencia y sexo sin sentido te hace cool y maduro mientras ves tu celular todo el tiempo y la pantalla te sobre explica miles de veces lo que pasa.

Si así entienden el arte las nuevas generaciones, estamos perdidos.