Heli, retrato de familia

 

Todo en Heli es símbolos. Amat Escalante ha dicho que deseaba filmar una historia de amor y creo que lo logra porque la cinta es una historia de amor romántico entre los dos personajes principales, es un canto de amor a México y una película realizada con amor al séptimo arte. Cada segundo, cada toma, cada secuencia es una historia en sí misma; los fotogramas se sucede lenta y hermosamente retratando un subtexto vertiginoso que atrapa, la fuerza de las imágenes es tan poderosa que se antoja abrumadora casi imposible llegar al final.

La primer secuencia es harto familiar, no porque la hayamos vivido (afortunadamente) la mayoría de los mexicanos, aún peor, porque la reconstruimos día a día en la mente con fragmentos de información que cotidianamente pescamos de los noticieros, de pláticas con conocidos o hasta conversaciones casuales con desconocidos, el paisaje semidesértico de la primer secuencia refleja la entrada de lo que bien podría ser casi cualquier población de la provincia mexicana, todo sabe a México y cuando abre la toma las imágenes definen otra realidad del país, nuestra pesadilla moderna post PAN y caja de Pandora celosamente cuidada por un dragón de siete cabezas durante 75 años.

Ver Heli es un ejercicio de paciencia, autocrítica y resistencia emocional. Es irónico ver que la película de lenguaje más accesible y belleza visual de Amat Escalante sea la más brutal, quizá peque de realista, pero en ningún momento de morbosa.

Todo en Heli es símbolos. En los primeros minutos de la película Beto regala un cachorro de maltés a Estela, la cámara se concentra en la mascota que simboliza la fragilidad del breve momento de íntima felicidad que está a punto de romperse para dar paso a la pesadilla. Son muchos los méritos de esta pieza cinematográfica que descansa en un guión sólido de una historia que evidencia una investigación puntual y detallada del círculo de violencia que se vive en algunas regiones de México hasta una fotografía impecable que abre la puerta a la empatía del público que a pesar de la violencia explícita que atestigua durante casi 100 minutos no logra despegar los ojos de la pantalla.

La fuerza de la pieza trasciende incluso la pantalla y su efecto se traslada a la vida real y se cuela silenciosa en el mundo de la política y el arte juzgado por caníbales contemporáneos del director, apolillados trofeos vivientes que prefieren la lentejuela y comodidad que ofrece recordar viejas glorias en un eterno loop. Mientras Escalante es nombrado mejor director en Cannes, la segunda competencia más prestigiada del mundo (la primera no es los Oscar, dije prestigiada), los Arieles lo ignoran.

El mensaje es claro: a la academia mexicana de cinematografía le incomoda lo que ve y nombran a El Premio de la argentina Paula Markonitch mejor película. Decepcionante considerando que si el mensaje que los jueces de dicha academia desean enviar fue la separación del arte de la política debería revisar sus prioridades o por lo menos calmar las viejas y ya gastadas protestas en el escenario de hipócritas (aunque excelentes) actores como Daniel Giménez Cacho y Ofelia Medina cuyo efecto es más bien hilarante y anecdótico y apostar por una competencia que dignifique la producción nacional.

A este desaire Escalante responde con un lacónico: “si me ofendiera no recibir un Ariel, debería replantearme mi carrera” (Chilango 116) y se concentra en su sueño de mover emociones a través del arte de hacer cine, su arte… y con Heli, su voz.

Heli es nada más que símbolos.

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