Hombre al agua: La verdad de las mentiras

El arte tiene esa capacidad de permitirnos vivir, a través de otros, aquello que nosotros mismos estamos atravesando; de poner palabras, imágenes o situaciones a emociones que quizá no sabíamos cómo expresar. A veces, incluso, necesitamos que alguien más invente una realidad para poder reconocernos en ella. En Hombre al agua, Gael García Bernal construye una farsa surrealista sobre la vida como espectáculo, sobre la búsqueda de identidad —personal, nacional y regional— y sobre la manera en que construimos nuestra propia realidad a partir de las circunstancias que nos tocan.

La historia parte de Camilo, un salvavidas cubano que rescata de morir ahogado al millonario empresario mexicano Abel. En agradecimiento, Abel le ofrece una oportunidad de trabajo en México y Camilo termina trasladándose a Yucatán, donde conoce a Juana, la hija de su benefactor, con quien se casa y forma una familia. Lo que parece ser una serie de afortunadas coincidencias comienza a revelar, sin embargo, que detrás de aquel encuentro aparentemente fortuito existe un plan mucho más oscuro. A partir de ahí, Gael construye una película que, como la propia vida, a veces parece ir deliberadamente a la deriva. Porque si algo define a Hombre al agua es precisamente su resistencia a permanecer dentro de una sola categoría.

En cada secuencia podemos transitar de la comedia al melodrama, del policiaco a la tragedia, de la sátira social a una especie de falso documental. El espectador nunca tiene completamente claro bajo qué reglas está jugando la película y, probablemente, esa sea precisamente la intención. Hay ecos del experimentalismo literario de Samuel Beckett y del teatro del absurdo de Luigi Pirandello, particularmente en esa permanente tensión entre lo que somos, lo que representamos y aquello que los demás creen que somos. Hombre al agua parece preguntarse constantemente si existe una identidad auténtica o si, en realidad, todos somos personajes interpretando aquello que necesitamos ser para sobrevivir.

Como dice Camilo en uno de los momentos que mejor sintetizan la propuesta: “Si vivimos una farsa, inventemos una farsa que esté buena.” Y eso es exactamente lo que hace Gael. Hombre al agua emprende una especie de deconstrucción y reconstrucción de la identidad latinoamericana, convirtiendo su universo en una alegórica Torre de Babel —o de Abel— en la que conviven acentos, nacionalidades, clases sociales, lenguajes y formas de entender el mundo. Desde el comienzo, Hombre al agua juega con la idea del acento como máscara, con la posibilidad de fingir a través de la manera de hablar y con esa frase que resume buena parte de su filosofía: “Todos somos lo que hacemos creer a los demás antes de que nos descubran.”

La identidad, entonces, no es necesariamente aquello que somos, sino aquello que conseguimos convencer a los demás de que somos. Y Hombre al agua lleva esa idea todavía más lejos mediante una constante metaficción. Hay momentos en los que parece que estamos observando una realidad y otros en los que esa realidad se transforma en ficción frente a nuestros ojos. Los personajes parecen representar papeles dentro de otros papeles, mientras nos obliga a preguntarnos dónde termina la mentira y comienza la verdad. Incluso los nombres esconden algo más que una simple identidad: Abel, Camilo, Malvina, Roby, Juana, Sasil —luz y claridad— o Libertador parecen funcionar como piezas de un juego simbólico en el que los nombres también ayudan a construir a quienes los llevan.

Porque Hombre al agua abraza una idea tan sencilla como provocadora: si la realidad no sirve, hay que inventarse algo. Y en esa construcción caben también las diferencias sociales. Los personajes provenientes de mundos más humildes llegan al universo de los privilegiados sin comprender del todo sus códigos, tan aislados como la propia hacienda reconstruida en la que, paradójicamente, terminan confluyendo todos los destinos. Es ahí donde aparece una de las metáforas más interesantes de la película: los precintos que se fabrican en la ficticia fábrica donde trabajan algunos de sus personajes. Objetos destinados a unir para siempre aquello que aparentemente estaba separado, funcionan también como una representación de la propia película: un mecanismo que busca mantener unidos realidad y ficción, verdad y mentira, individuo y sociedad.

Gael García Bernal acierta al aproximarse a nuestra realidad social desde una perspectiva casi filológica, poniendo especial atención en el lenguaje, los acentos y las formas en que nos definimos —o nos diferenciamos— a través de ellos. Pero no pretende entregarnos respuestas sencillas. Por el contrario, nos sumerge en sus aguas y nos mantiene deliberadamente desorientados.

Y quizá ahí reside el verdadero sentido de Hombre al agua: no en descubrir cuál de todas las realidades que presenta es la verdadera, sino en preguntarnos cuánto de la nuestra también está construida sobre pequeñas ficciones.

Una película compleja, divertida, absurda y deliberadamente desconcertante que confronta nuestra individualidad con nuestra colectividad y que termina planteando una pregunta tan personal como incómoda: si la vida que estamos viviendo fue construida por otros, ¿tenemos el valor de inventarnos una propia?

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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