I Play Rocky: El triunfo de la fórmula
Complaciente, efectista, formulaica y de molde. Sin embargo, I Play Rocky funciona extraordinariamente bien en el terreno emocional. Y esa es precisamente la contradicción que define al cine de Peter Farrelly: una maquinaria narrativa que rara vez se aparta de las convenciones, pero que sabe cómo conducir al espectador hasta el lugar donde quiere hacerlo llorar, reír o levantarse de la butaca.

La película reconstruye los años previos a la realización de Rocky, cuando Sylvester Stallone era un actor prácticamente desconocido que, después de escribir el guion sobre un boxeador de Filadelfia, se negó a venderlo si no le permitían interpretar al protagonista. Frente a las negativas de los estudios y las ofertas económicas que podían cambiar su vida, Stallone decidió apostar por sí mismo y defender su visión, aun cuando eso significara arriesgarlo todo.
Esto es justamente lo que caracteriza al cine de Farrelly y de lo que también padece I Play Rocky. Contrario al espíritu de la película del 76, esta juega bajo las reglas de los estudios: es una historia y una manufactura «de librito», que incluso recurre a la vieja máxima de hacer sufrir al espectador con un perro y un personaje con dificultades en el habla para manipular sus sentimientos. ¿Es mala? Absolutamente no. ¿Va a emocionarme? Con toda certeza. ¿Es tramposa? Mucho, y también en un sentido poco favorable.

El problema es que no toma riesgos: ni visuales, ni narrativos, ni estéticos, ni interpretativos. Tampoco devela algún oscuro secreto sobre la filmación de la película original o cuestiona demasiado el proceso de producción. Por el contrario, es demasiado “luminosa” y juguetona, encumbra a Stallone al nivel de héroe, caricaturiza a su supuesto antagonista, el productor Sandy Maddox, y convierte a buena parte de sus personajes secundarios en figuras unidimensionales. P. J. Byrne resulta particularmente desesperante como Irwin Winkler: una pantomima que difícilmente consigue trascender la caricatura. En cuanto a Matt Dillon, su presencia incurre en los mismos vicios y tampoco alcanza para equilibrar las limitaciones de un reparto secundario que parece existir, únicamente para alimentar la épica del protagonista.
La película no solo nos permite asomarnos —aunque sea superficialmente— al detrás de cámaras de una de las cintas más icónicas del cine estadounidense; también reproduce, en su propia estructura, la historia que retrata: un underdog enfrentándose al establishment y, por supuesto, ganando. La interpretación de Anthony Ippolito es impecable. No se limita a imitar los manierismos de Stallone, sino que reproduce con notable precisión sus inflexiones, su dicción y esos sonidos guturales tan particulares. AnnaSophia Robb también destaca como Sasha, el interés romántico y compañera de vida de Sly, aportando la calidez necesaria para que el romance funcione. Son ellos quienes sostienen buena parte del componente emocional de la película.

Farrelly sabe cómo administrar sus recursos. Construye el relato incrementando gradualmente la intensidad hasta hacerla estallar con el tema musical de Bill Conti, aquella composición épica que acompañó a la Rocky original. Es un recurso efectista, sí, pero también tremendamente eficaz. La película sabe cuándo apretar el acelerador y cuándo entregar al público ese momento de triunfo que lleva esperando desde el primer acto.
Y hay secuencias genuinamente interesantes y algunas divertidas: Stallone golpeando carne congelada; Carl Weathers afirmando categóricamente que sabe boxear —como quien asegura que puede pilotear un avión militar simplemente porque es actor—; la observación de que las coreografías de las películas de boxeo terminan pareciéndose unas a otras, o el uso del Steadicam, que probablemente sea uno de los guiños más disfrutables para quienes conocemos la película original. Son momentos que permiten apreciar el entusiasmo detrás de la producción y que, por instantes, hacen olvidar lo predecible de su estructura.

I Play Rocky conserva el espíritu de superación personal que convirtió a la cinta de 1976 en un fenómeno cultural. Y no me sorprendería que esa capacidad para conectar con el público la convierta en una de las contendientes de la próxima temporada de premios. Marquen mis palabras: tendrá presencia en varias categorías de los Premios Oscar, sólo esperemos que no repita la dudosa hazaña de su predecesora y termine ganando. Nada nos sorprende de la Academia
El espectador saldrá con la adrenalina a tope y con ganas de subir corriendo una gran escalinata. Pero, al llegar a la cima, quizá descubra que lo único que queda es el cansancio y que la venta de la experiencia fue mucho más interesante que el producto. Porque sí, se disfruta una buena historia de superación personal, pero eso no significa que necesariamente aporte algo importante al arte cinematográfico.

Dos últimos apuntes: nadie se habría quejado si nos hubieran regalado un pequeño cameo de Stallone. Y esta es la segunda película que vimos en el FICM sobre la voluntad inquebrantable de un actor por interpretar a un personaje; la primera fue Elsinore, que en ese terreno le da una auténtica cátedra a I Play Rocky. Al final, Farrelly consigue una película emotiva y disfrutable, pero también una que confunde la emoción con la profundidad y el entusiasmo con la trascendencia. Rocky llegó a la cima; el cine, en cambio, sigue esperando el siguiente round.