I Want Your Sex: entre el arte, el deseo y el poder.

Gregg Araki nunca ha sido un cineasta particularmente interesado en la corrección política ni en transitar por terrenos cómodos. Su cine suele encontrar en la sexualidad, la provocación y la transgresión herramientas para hablar de aquello que incomoda. I Want Your Sex no es la excepción, aunque en esta ocasión el director parece estar más interesado en utilizar el sexo como punto de partida para hablar de algo más amplio: el poder, el arte y la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con ambos.

I Want Your Sex aborda con particular seriedad —porque hacer comedia también es cosa seria— dos temas potencialmente explosivos: el primero es el de la sexualidad y la manera en que es asumida por la Gen Z, y el segundo es sobre el valor que otorgamos al arte contemporáneo, donde en ocasiones el culto alrededor del artista parece importar mucho más que la obra misma.

Elliot (Cooper Hoffman) es un joven que consigue trabajo con Erika Tracy (Olivia Wilde), una provocadora y reconocida artista. Lo que comienza como una oportunidad profesional se transforma cuando ella lo invita a convertirse en su musa sexual. Lo que parecía cumplir las fantasías del muchacho pronto se convierte en un descenso a un mundo de sexo, obsesión, poder y traición.

Y Araki consigue algo importante desde el principio: enganchar al espectador a través del mismo morbo que mueve a su protagonista. La película es atrevida, provocadora y picante en algunos momentos, pero nunca pretende convertirse en pornografía ni cae en ser sexualmente explícita. El sexo funciona como herramienta narrativa, como espectáculo y, sobre todo, como mecanismo para explorar relaciones de poder.

Uno de los mayores aciertos está precisamente en convertir el BDSM en una especie de parábola del entorno laboral. Las dinámicas de dominación, obediencia, recompensa y castigo adquieren otra lectura cuando se trasladan a la relación entre empleador y empleado. El juego sexual termina funcionando como una extensión de una estructura mucho más cotidiana: aquella en la que alguien tiene poder sobre otro y puede establecer las reglas del juego. Es una idea inteligente porque permite que la película hable de explotación laboral, abuso de poder y consentimiento sin abandonar jamás su naturaleza de comedia sexual.

Pero son los diálogos los que constituyen los puntos más altos del guion. Por un lado, las discusiones sobre el arte moderno y esa curiosa relación entre el valor de una obra y la personalidad de quien la firma. ¿Estamos frente a una pieza realmente valiosa o simplemente hemos decidido que lo sea porque su creador es famoso, provocador o suficientemente excéntrico?

Por otro, la manera en que I Want Your Sex aborda la sexualidad desde la perspectiva de una generación que parece tener una relación mucho más abierta con el deseo, pero que tampoco está necesariamente libre de contradicciones, inseguridades o prejuicios.

Cuando Quiero tu Sexo habla de estas dos cosas, es aguda, divertida y hasta incómoda. El problema aparece cuando intenta convertir esas buenas ideas en una estructura narrativa sólida. Porque el principal defecto de la película está precisamente en su guion. Elliot atraviesa una serie de situaciones cada vez más extremas, pero su arco narrativo parece conducir a ninguna parte. Al llegar al final, cuesta encontrar una evolución sustancial entre el joven que conocemos al principio y aquel que abandona la historia. Ha vivido experiencias, por supuesto; ha sido sometido a situaciones que deberían transformarlo; pero la película no termina de convertirlas en un verdadero proceso de cambio e incluso la secuencia final termina por hundir la idea de crecimiento o madurez.

Y algo similar sucede con varios personajes secundarios. Algunos funcionan como simples parapetos para que el protagonista pueda interactuar con distintos aspectos de la historia. Otros parecen destinados a desarrollar conflictos que posteriormente quedan abandonados. Hay personajes que desaparecen de la narración sin que su ausencia tenga una verdadera consecuencia sobre Elliot o sobre aquello que la película pretende contar (particularmente el personaje de Apple). Es como si Araki hubiera encontrado demasiadas ideas interesantes y hubiera querido meterlas todas en la misma película, pero sin concederles a algunas de ellas el espacio necesario para desarrollarse, lo cual termina afectando también su mensaje.

Porque I Want Your Sex parece querer hablar de la libertad sexual, de la explotación, del arte, del poder, de la generación Z, de la identidad y de las relaciones humanas, pero rara vez consigue que todas esas piezas formen un discurso verdaderamente contundente. Hay buenas preguntas, pero no siempre hay buenas conclusiones.

En el apartado actoral, por fortuna, tenemos dos protagonistas que se comprometen por completo con el material. Cooper Hoffman resulta particularmente efectivo como un joven que pasa de la fascinación a la confusión y posteriormente a una especie de desencanto, mientras Olivia Wilde se entrega sin reservas a un personaje que exige sensualidad, extravagancia, autoridad y una buena dosis de desfachatez.  Ambos asumen riesgos y consiguen que incluso las situaciones más disparatadas mantengan cierto grado de credibilidad.

El problema es que, conforme avanza la película, la propuesta comienza a parecer más importante de lo que realmente termina siendo. Hay una cierta pretensión intelectual que amenaza con convertir la provocación en profundidad simplemente porque la película habla de arte, sexo y poder al mismo tiempo. Y no necesariamente funciona así.

 I Want Your Sex es divertida. Es atrevida. Tiene ideas inteligentes y momentos genuinamente brillantes. Consigue además algo que muchas comedias sexuales contemporáneas parecen haber olvidado: hablar de sexo sin tener miedo de hablar también de aquello que el sexo revela sobre nosotros. Pero sus buenas ideas terminan siendo más interesantes que la película que las contiene. Gregg Araki ha demostrado anteriormente que puede utilizar la provocación como vehículo para construir discursos mucho más complejos y emocionalmente contundentes. Aquí, en cambio, la provocación parece terminar siendo el destino y no el camino.

Quiero tu Sexo quiere hablar de arte, pero también termina siendo víctima de una de sus propias preguntas: ¿cuánto de su valor proviene realmente de lo que tiene que decir y cuánto de la reputación, el estilo y la provocación de quien lo dice? Una pregunta interesante. Quizá demasiado interesante para una película que nunca termina de responderla.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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