La Bola Negra: Negarse a si mismo es perderse la vida
En tiempos donde una gran parte de las películas está tomando la decisión de generar propuestas visuales cada vez más genéricas, no es para nada raro el éxito que ha tenido La Bola Negra al apostar por un estilo extravagante que busca realizar la difícil tarea de representar la poesía lírica, la prosa y la dramaturgia en el cine sobre uno de los representantes más icónicos de la literatura hispana del siglo XX: Federico García Lorca.

La Bola Negra entrelaza tres épocas: en 1932, Carlos, un joven de familia acomodada, enfrenta el rechazo social debido a su homosexualidad; en 1937, durante la Guerra Civil, Sebastián, un músico incorporado al ejército sublevado, establece una relación con un prisionero republicano; y en 2017, Alberto, un historiador homosexual, descubre una herencia familiar que lo lleva a desenterrar secretos del pasado y confrontar su relación con su madre.
A través de una historia coral, fragmentada y no lineal, el objetivo de los Javis es mostrar la lucha por las libertades sexuales a través del arte. Las tres historias no están elegidas al azar, pues cada una juega un papel importante en esta relación histórico-cultural. Una representa la represión vivida por un gobierno autoritario del pasado; otra, una ficción nacida de los vestigios de este contexto, cuya creación estaba pensada con el objetivo de que las futuras generaciones no tuvieran que vivir con miedo a ser excluidas por su preferencia sexual; y otra representa el futuro de aquellos que aún viven con una mayor tranquilidad con respecto a sus antepasados y a quienes les tocará presenciar tanto lo positivo como lo negativo de las acciones de su lucha.

Una de las claves por las cuales estos retratos funcionan es la interdependencia que poseen. En comparación con muchas antologías, cuyas historias por lo regular son mutuamente excluyentes y cuya única relación suele ser un punto de encuentro, La Bola Negra crea una trama más conjunta e dependiente, evitando que los comparativos derivados de la separación clásica de estos relatos hagan menos o más importantes sus arcos. Quitar una sola historia dejaría sin estructura a la cinta en su conjunto.
Para los más clavados, la referencia más cercana sería The Hours, pero desde la óptica masculina y la idiosincrasia de la literatura hispana, en donde la elocuencia, el uso de figuras retóricas, la dramatización, el romanticismo y teatralidad, características de dicha herencia literaria, se trasladan a un lenguaje donde los colores pastel, el barroco en sus escenarios, la excentricidad en las formas de comportamiento de sus personajes, así como el uso de alegorías ornamentales como manera sutil de descripción, se convierten en los elementos para contar esta historia.

Aquí es donde la parte técnica es importante, pues la fotografía es perfecta, ya que, a través de sus encuadres, el manejo de la iluminación y la paleta de colores representa un acierto en la traducción del lenguaje poético al cinematográfico. La pomposidad con la que, en algunas secuencias, la cámara se desplaza con elegancia en planos secuencia que sutilmente lanzan una que otra analogía queer es hábil e ingeniosa.
Y aunque La bola negra también puede ser algo directa en su mensaje alrededor de la segregación hacia la homosexualidad, es la sensibilidad de estas formas artísticas, que acercan más a la construcción del ser del individuo, lo que permite interpolar la problemática a un ámbito más allá de lo queer: «Mentirse a uno mismo es perderse la vida», representado bajo la canción La nieve, es una reflexión melancólica sobre lo mucho que un individuo se tiene que sacrificar, ya sea para poder sobrevivir o evitar conflictos, negando las palabras y los deseos de su corazón.

Y ahí radica la otra mitad del mensaje: ¿cuál es el catalizador que hace que un individuo pueda cambiar, ya sea su propio destino o evitar que las futuras generaciones tengan que vivir lo mismo? El arte, que aquí se representa como una oportunidad para que los hombres y mujeres del mañana no sufran lo mismo, viéndolo como el arma de la revolución intergeneracional y recalcando la importancia de que sea preservado.
Por otro lado, al combinar tres relatos de manera no lineal, la edición y el montaje se convierten en una parte importante y, si bien el segundo cumple con creces las intenciones narrativas, es la edición la que genera los peros a la cinta, especialmente en los actos intermedios, donde comienza a sentirse una falta de ritmo en el desarrollo de la historia. Esto se debe a que los excesos estilísticos terminan por atorar el desarrollo de las narrativas, evitando que sean más concretas.

Las actuaciones son excelentes, siendo los destacados Guitarricadelafuente como Sebastián y Miguel Bernardeau como Rafael, cuya trama es la que carga con todo el peso dramático. Si bien se está adulando mucho la participación de Glenn Close por su excelente español y por servir como personaje informativo, y a Penélope Cruz por representar este elemento pomposo de la cinta con sus números musicales, la actriz de reparto que tendría que estar en la conversación para cualquier premio es Lola Dueñas como Teresa, la madre de Alberto, especialmente porque su personaje representa dramáticamente el peso final de las decisiones de todas las otras historias, llevando a ese puerto final a la película en su conjunto y siendo también parte emotiva de una de las revelaciones más fuertes de la historia.
Calificación
- Dirección: 3.3
- Guion: 2.8
- Actuación: 1.8
- Extras: 0.5
Calificación final: 8.4

La bola negra es más que una representación queer acertada, es un homenaje a la literatura hispana, a su valor a lo largo del tiempo y de la historia como elemento de integración y de inclusión, pero, sobre todo, al que quizás sea uno de sus mayores representantes: García Lorca, cuya conexión con la historia termina dándole un valor altísimo a la película. Igualmente, es una declaración para construir sociedades más integrales, y que no importa cuántas obras enfrenten la censura o queden incompletas, mientras existan personas que busquen preservarlas para las futuras generaciones, ni toda la represión tóxica fascista podrá aplastarlas.
Lorquismo en estado puro: desde la estética, la voz a los marginados, la fusión de tradición y vanguardia, pero, sobre todo, los simbolismos (especialmente el de la nieve). El fruto de Federico García no cayó en vano y quizás, para un artista o una corriente, su mayor legado es hasta dónde ha crecido el árbol de aquellas semillas que en su obra plantó.

«Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado».
— Federico García Lorca, Soneto de la dulce queja.
1 comentario
Fett, chinga tu.putisima madre. A ver si de frente eres tan hombrecito. Puta escoria tu y tu familia.