Lo Demás es Ruido: El arte de no decir nada.
Nicolás Pereda se aleja de los terrenos que habitualmente han caracterizado su filmografía para entregar una película fresca, ingeniosa y francamente divertida. En Lo Demás es Ruido, el director convierte una entrevista televisiva a una compositora en un ejercicio de absurdo que pone en entredicho la pertinencia de estos encuentros, la veracidad de sus respuestas y, sobre todo, la importancia que realmente concedemos a aquello que decimos sobre el arte. Porque, a veces, hablar de una obra termina siendo mucho más importante que escucharla.

En algún lugar de la Ciudad de México, Tere, música e intérprete, presta su departamento a su colega Rosa para que conceda una entrevista televisiva. Lo que debería ser una conversación relativamente convencional pronto comienza a desviarse con la llegada de invitados inesperados, respuestas que se extienden hasta perder su propósito y situaciones que desarticulan cualquier intento de mantener la formalidad. Lo que emerge es una comedia que se mofa de las pretensiones del mundo artístico sin dejar de celebrar la amistad femenina y las complicidades que sobreviven a sus rivalidades.
Con un tono que recuerda a la improvisación jazzística, Pereda convierte la entrevista en una composición impredecible, donde los silencios, las digresiones y las interrupciones importan tanto como las palabras. El absurdo no surge únicamente de lo que los personajes dicen, sino también de la distancia entre sus discursos y sus acciones. La película se divierte exhibiendo la vanidad, las rivalidades y las jerarquías (del sonido y personales) de un ambiente en el que la solemnidad puede llegar a confundirse con profundidad, mientras cuestiona tanto las estructuras patriarcales como la tendencia masculina a ocupar demasiado espacio sin necesariamente aportar demasiado.

Pero la sátira también apunta hacia nosotros, los espectadores y críticos que insistimos en encontrar significados, intenciones y grandes tesis detrás de cada obra. ¿Hasta qué punto el análisis enriquece nuestra experiencia artística y cuándo comienza a convertirse en un ejercicio de sobreinterpretación? Pereda parece sugerir que el discurso sobre el arte puede llegar a ser tan pretencioso como vacío, especialmente cuando la necesidad de parecer inteligente termina imponiéndose sobre la curiosidad genuina.
La película resulta particularmente divertida para quienes hemos estado del otro lado de una entrevista. Ahí están las respuestas interminables que se alejan de la pregunta original, los monosílabos que obligan a remar contra corriente y la búsqueda de una pregunta que no repita por enésima vez aquello que ya se le ha preguntado a cualquier músico, escritor o cineasta. ¿Qué te inspiró a dedicarte a esto? ¿De dónde surge tu proceso creativo? Y, por supuesto, la tentación de desviar la conversación hacia la vida personal del entrevistado, como si la obra no pudiera sostenerse por sí misma. Todo ello mientras los medios privilegian aquello que puede venderse fácilmente y relegan las expresiones artísticas que no encajan en la conversación dominante.

Sin embargo, el verdadero protagonista de Lo Demás es Ruido es el sonido. El diseño sonoro es impecable y transforma los ruidos cotidianos de la ciudad —taladros, cláxones, ladridos y otras interrupciones— en elementos fundamentales de la narración. Cada sonido, diegético o extradiegético, parece ocupar un lugar cuidadosamente calculado dentro de una composición que cuestiona nuestra manera de escuchar y de establecer jerarquías entre aquello que consideramos música y aquello que etiquetamos como ruido.
Hay una contradicción particularmente reveladora en la queja del vecino por el sonido del violonchelo, mientras los ladridos, los cláxones y los taladros que invaden el entorno parecen formar parte inevitable de la vida urbana. ¿Por qué una pieza musical puede resultar insoportable mientras aceptamos sin reparos el estruendo cotidiano? ¿Quién decide qué sonidos merecen nuestra atención y cuáles debemos tolerar? Pereda convierte esa fricción en una reflexión sobre la solemnidad de la música académica, pero también sobre nuestra relación con el espacio, la convivencia y aquello que estamos dispuestos a escuchar.

Una de las escenas más memorables llega cuando el personaje interpretado por Luisa Pardo presenta una nueva composición al entrevistador y le pide que no la mire mientras la interpreta. Pereda coloca entonces la cámara frente a quienes escuchan, negándonos la posibilidad de observar a la intérprete. La decisión es tan sencilla como brillante: al privarnos de la imagen, nos obliga a concentrarnos en el sonido y en las reacciones que provoca. La escena funciona como un pequeño manifiesto sobre la experiencia artística, pero también como una provocación dirigida a una audiencia acostumbrada a consumir imágenes incluso cuando lo que importa está ocurriendo fuera de ellas.
Las actuaciones mantienen el tono irreverente de la propuesta. Teresita Sánchez destaca particularmente: su aparente pasividad, sus silencios y sus diálogos cargados de sarcasmo la convierten en el alma de la película. Sin necesidad de sobreactuar ni de buscar constantemente el remate cómico, consigue apropiarse de cada escena con una naturalidad que hace todavía más efectivo el absurdo que la rodea.

Lo Demás es Ruido es una comedia inteligente sobre el estado del arte, pero también sobre el estado de la conversación que hemos construido alrededor de él. Una película que se burla de la pretensión sin despreciar la creación artística, y que encuentra en el sonido una herramienta para cuestionar nuestros hábitos culturales, nuestras vanidades y nuestra necesidad de explicarlo todo.
Porque quizá el problema no sea que el mundo esté lleno de ruido, sino que hemos aprendido a confundir el volumen con la importancia y la solemnidad con el pensamiento. Y mientras todos intentamos tener la última palabra sobre el arte, a veces lo más sensato sería guardar silencio y escuchar.