Los Olvidados… El verdadero grito de México

Mis muy queridos lectores, seguidores de esta humilde minina servidora suya, los saludo y ronroneo para sus oídos en este martes que se baña en gloria nacional, en este día de asueto, de cruda, de no me voy a bañar, de vieja, encarga un pollo o una pizza… en este bonito 16 de septiembre en el que, muy a nuestra manera, cada uno nos encontramos celebrando el aniversario 204 de eso que los conocedores se empeñan en llamar, la Independencia. No entraré yo en el juego de que si la verdad es que distamos muchos de ser independientes de nadie y ahora más en este sistema globalizador y totalizador; tampoco entraré al trajín de todo aquello que nuestras honorables autoridades están haciendo por la patria, o mejor dicho, por “su patria”… la realidad es otra y nadie lo puede negar.

Pero hoy es festivo, digamos que en el país del obrero, este miércoles tiene sabor a domingo tras una noche de copas. Por esa razón y queriendo traer a colación la emotividad de la celebración patriótica, hoy el momento favorito de cine para compartir con ustedes es precisamente de una película que forma parte de nuestro glorioso cine mexicano, aquel que brilló y fue admirado por el resto del mundo, que dio un espacio a la industria mientras los principales países fabricantes de sueños en pantalla grande se mantenían en guerra. Aquel que reflejaba lo que fuimos y no nos imaginábamos ser…

Sería sencillo poder desmenuzar alguna mítica escena de uno de nuestros charros favoritos; un Jorge Negrete a caballo, un Indio Fernández promoviendo al más puro estilo de Morelos, el sentimiento de la nación; un Pedro Infante cantándole a su chorreada, su fama de galán triplicada en Los Tres García… o por qué no, hablar de una de las exóticas y bellísimas rumberas, de una Ninón Sevilla conquistando a alguno de los hermanos SolerMaría Félix, Sara García, Joaquín Pardavé, el de moda Cantinflas, Tin-Tan, Arturo de Córdova… ¡BASTA!

Hoy no queridos, hoy mi escena favorita viene de esa época dorada pero con menos brillo, digamos que más bien opaca, cruda, con olor a mugre, a pobreza a la otra cara de la moneda de ese país pintoresco que se insistía a sobre manera en mostrar al exterior. Hoy dejaré a las estrellas para el cielo, porque la tierra, la tierra es de Los Olvidados.

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¿Cómo hablar de una cinta que marcó tan profundamente al cine nacional sin caer en el cliché, en un innecesario afán de que lo tachen a uno de malinchista por reconocer que una mano externa le devolvió el toque de realidad a nuestro cine? Prefiero citar al gran Octavio Paz, quien a propósito de la proyección de Los Olvidados en Cannes en 1951 dijo. Cito:

Buñuel construye una película en la que la acción es precisa como un mecanismo, alucinante como un sueño, implacable como la marcha silenciosa de la lava. El argumento de Los Olvidadoes – la infancia delincuente- ha sudo extraído de los archivos penales. Sus personajes son nuestros contemporáneos y tienen la edad de nuestros hijos. Pero Los Olvidados es algo más que un film realista. El sueño, el deseo, el horror, el delirio y el azar, la porción nocturna de la vida, también tienen su parte. Y el peso de la realidad que nos muestra es de tal modo atroz, que acaba por parecernos imposible, insoportable. Y así es: la realidad es insoportable; y por eso, porque no la soporta, el hombre mata y muere, ama y crea.

Dicho lo dicho, hablar de esta cinta que ha sido catalogada como un tesoro para la mismísima UNESCO, no es perder el tiempo sino ganar más y más en cada proyección de la misma. Así, momentos en específico de ella podría elegir con ojos cerrados; estamos ante una cinta que ha sido materia de análisis interminables, tesis, tesinas, charlas de café, de borrachos y mucho más. Hoy en concreto elijo la que para mí, es la escena más impactante de esta pieza buñuelesca.

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El huevazo a la cámara

Pedro (Alfonso Mejía) arroja un huevo a la cámara como parte de la ira contenida de su personaje en esta historia y de ahí, la caja de pandora se abre para que usted y yo nos movamos del asiento y reaccionemos. ¡Imagínese la transgresión en pleno 1950! Antes del cine 3D, de la HD y toda esa parafernalia de la que hoy en día se valen los directores para llamar nuestra atención, para hacernos parte de su idea, para involucrarnos y dejar de ser simplemente espectadores inmóviles. El huevazo que Pedro lanza a la cámara nos compete, nos embarra, somos parte de esa realidad que nos negamos a mirar. El huevo, un símbolo con sinfín de significados, nos mancha la visión… el huevo como resultado de una gestación no terminada (la del animal) el huevo estrellado como muerte y nacimiento interpretando los ciclos; el huevo como eterna duda de qué fue primero; el huevo como símbolo de fuerza, de agresión total: ¡Huevos putos, huevos! ¡Faltan huevos! ¡Huevones!

Implicación, todo apunta a eso. En un ejercicio por demás magistral, Luis Buñuel confronta al espectador, al público de ayer, de hoy y de siempre que intenta huir de una realidad que constantemente le está pisando los talones, le susurra con su fétido aliento y no está dispuesto a cesar en alcanzarlo. Sí, está claro que la historia de Los Olvidados podía suceder en cualquier país del mundo, porque no es solo de los subdesarrollados el reflejar a sus pobres. Pero aquí hay un claro trasfondo, que más que eso, parece ser un mensaje fuerte y conciso: ¡Aquí estamos!

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Pedro es en esta escena el grito que estalla, interesante también puesto que en gran parte de la narración su historia es de cierta forma opacada por El Jaibo, interpretado por un entrañable Roberto Cobo que lleva la voz cantante y se convierte en el cabecilla que guía al mirón que se atreve a asomar las narices en el reino de los olvidados. Es el renegar para posteriormente, aceptar su destino.

El confeti me alcanzó al transitar una calle mientras escuchaba de fondo los gritos, la algarabía, los vivas en las gargantas de todos los mexicanos… era un huevazo que un chiquillo me lanzó mientras otro hacía sonar su trompeta tricolor.

¿Entiende el mensaje?

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Cat Movie Lee    


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