Mary and Max: Tanta humanidad en una película animada

Fue a finales del 2009 cuando salieron a la luz los múltiples listados en los que la crítica especializada enumeraba los mejores filmes de aquel año y que incluían títulos nada despreciables como “Bastardos Sin Gloria”, “Up” y filmes de culto como “Sector 9”. Dentro del abanico hubo un nombre que resaltaba, más que por su calidad, por el desconocimiento absoluto que teníamos en occidente de la obra en cuestión: Mary and Max.

Dirigida por el australiano Adam Elliot, aquel que para ese entonces ya se había granjeado una reputación en los circuitos cinematográficos de su país por el cortometraje “Harvie Krumpet”, Mary and Max es una ma-ra-vi-lla de película que llega por fin a las salas de nuestro país gracias al éxito que Elliot tuvo a nivel mundial con la no menos grandiosa “Memorias de un Caracol”.

Acá, el director nos regala por primera vez en un largometraje, los temas que pueblan su particular y extrañamente hermoso universo animado: seres entrañables y solitarios; ángeles caídos que buscan su lugar en el mundo, mientras luchan contra sus inseguridades y la loza de un pasado no resuelto a sus espaldas.

Mary y Max, son dos “olvidados” sociales, separados por miles de kilómetros de distancia, pues él, un cuarenton con síndrome de Asperger, vive en Nueva York, mientras la pequeña Mary radica en Australia. Con una extraña empatía que los lleva a entenderse sin siquiera haberse visto, ambos iniciaran una bella amistad cuyo motivo conductor es el viejo intercambio de correspondencia que le servirá a ambos como catarsis humana para volcar sobre aquellas hojas blancas todo los anhelos, traumas, deseos, miedos e inseguridades que rondan por las mentes de éstas dos nobles almas.

Y es precisamente en esos textos en donde Elliot da cátedra de como se construyen personajes, tan tridimensionales, que desde los primeros minutos nos hacen olvidar que solamente estamos viendo “muñequitos hermosamente animados”.

Y hablando de animación, sería un pecado no subrayar la belleza visual, tremendamente cinematográfica con la que Elliot le pone la cereza en el pastel a un trabajo que sería aplaudible aun cuando se tratara de una animación estudiantil, pues la emoción y humanidad que envuelven a estos personajes es el arma principal de ésta obra cuyo potente final hará a más de uno derramar una que otra lágrima.

Es así como 17 años después llega a nuestras salas una de las mejores películas animadas del veinteañero milenio, pero que nadie piense que es un “One Hit Wonder” del genio Adam Elliot, pues su siguiente trabajo 15 años después, “Memorias de un Caracol”, nos demostró que queremos que este hombre deje de tardar tanto tiempo en completar un filme. Maravillosa.

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Adolfo Uriarte    


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