México 86: Un golecito de Netflix
Aunque México nunca ha ganado un Mundial —y probablemente no lo haría ni jugando once contra tres—, eso jamás le ha impedido convertirse en protagonista alrededor del deporte más popular del planeta. A las puertas de organizar por tercera ocasión la Copa del Mundo —hazaña que lo convertirá en el único país en lograrlo—, México 86, de Gabriel Ripstein, aprovecha la coyuntura futbolera para revisitar uno de los episodios más peculiares de nuestra historia deportiva y política reciente.

México 86 sigue a Martín De La Torre, personaje ficticio claramente inspirado en el polémico Rafael Del Castillo, un funcionario audaz y profundamente pragmático que, armado de carisma, ingenio y una absoluta ausencia de escrúpulos, consigue lo impensable: arrebatarle a Estados Unidos la sede del Mundial de 1986 (tras la declinación de Colombia) y convertir a México en el primer país en organizar dos veces la máxima justa futbolística.
Más que una recreación histórica rigurosa, Ripstein construye una “historia no oficial” profundamente cercana a la realidad, utilizando hechos, rumores, anécdotas y mitología popular para elaborar un retrato muy reconocible de la idiosincrasia mexicana. México 86 habla de corrupción, machismo, compadrazgo y de esa filosofía nacional del “chingar antes de ser chingado”, pero lo hace desde una sátira ligera y consciente de sí misma, donde el cinismo convive constantemente con el encanto.

Y ahí reside una de sus mayores virtudes: la película funciona contra todo pronóstico, igual que la propia candidatura mundialista. Ripstein logra equilibrar momentos cercanos al melodrama televisivo con otros más incisivos que invitan a la reflexión y a la autocrítica. Su humor rara vez se siente forzado y encuentra una identidad clara entre la comedia política, la nostalgia deportiva y la caricatura social.
El reparto contribuye enormemente a sostener ese delicado balance. Los personajes están bien delimitados y, gracias a las interpretaciones, evitan caer en una caricaturización absoluta de sus referentes reales. Daniel Giménez Cacho roba prácticamente cada escena en la que aparece como el todopoderoso Tigre Azcárraga, componiendo un personaje tan intimidante como fascinante. Por su parte, Diego Luna se percibe cómodo, relajado y claramente divertido con el proyecto, dotando a Martín de un carisma necesario para que el espectador empatice con un protagonista moralmente cuestionable.

La película también entiende perfectamente cuál es su función: entretener. Es ágil, divertida, pícara y constantemente accesible. En ese sentido, se convierte en el preámbulo ideal para la fiebre mundialista que inevitablemente volverá a invadir al país, aunque ahora México parezca más un socio logístico migajero que un verdadero protagonista deportivo.
No obstante, México 86 tampoco está libre de tropiezos. Se extraña una mayor utilización de imágenes de archivo que hubieran potenciado el peso nostálgico y emocional de varias secuencias. Algunas escenas están correctamente construidas, pero pudieron adquirir una dimensión mucho más poderosa conectando de manera más frontal con el imaginario colectivo alrededor del Mundial del 86. Asimismo, la película parece evitar deliberadamente sus zonas más incómodas. Muchos de los temas más escabrosos —la corrupción estructural, los intereses políticos detrás del futbol o los excesos del poder mediático— apenas son insinuados y nunca verdaderamente explorados. Ripstein opta por la sátira amable antes que por una disección más mordaz de sus personajes y de la época.

En el apartado técnico, el respaldo financiero de Netflix se percibe claramente en pantalla. El presupuesto luce, y el diseño de producción cumple recreando la época con solvencia. Sin embargo, hay una sensación de excesiva pulcritud visual que termina jugando en contra de la ambientación. La fotografía apuesta por una paleta demasiado brillante y estilizada, sobreiluminando secuencias que habrían ganado textura con una aproximación más sucia o naturalista. Esto provoca que ciertos elementos del vestuario y los materiales utilizados luzcan ligeramente anacrónicos para una mirada más detallista.
Aun así, los aciertos pesan mucho más que los errores. México 86 entiende perfectamente el tipo de historia que quiere contar y jamás pretende convertirse en algo más pretencioso de lo necesario. Su narrativa es ligera pero efectiva, su humor está bien medido y su comentario social, aunque timorato, resulta suficientemente reconocible para conectar con el público mexicano. Quizá no sea una película que cambie las reglas del juego, pero sí una que sabe mover el balón con inteligencia. Y termina siendo, digamos, “un golecito” de Netflix.