Moscas: El arcade de Eimbcke
No cabe duda de que Fernando Eimbcke es uno de los mejores directores mexicanos de la actualidad, con un estilo para contar historias que conectan a través de la cotidianidad. Pasando por diferentes etapas, desde los conflictos de la adolescencia hasta las relaciones familiares, Eimbcke aterriza en otra clase de vínculo nacido de la improbabilidad y de los gustos más simples, pero divertidos en Moscas

Moscas nos cuenta la historia de Olga, una señora que vive en soledad y que, por una necesidad económica, decide rentar una de sus habitaciones a Tulio, un hombre que tiene a su esposa enferma e internada en un hospital frente a los departamentos donde vive, y que ha tenido que llevarse a su hijo Cristian. Dentro de los primeros minutos queda clara la soledad a la que se ha visto anclada Olga, que conforme va pasando la historia, nos irá revelando la terrible historia que la ha llevado a esta situación. En este sentido las moscas terminan siendo un símbolo de su estado emocional y de la distancia que mantiene con otras personas.
Por otro lado, está la exploración de Tulio y Cristian, cuya dinámica familiar se ha visto mermada por la enfermedad de su esposa, poniendo en una situación precaria al patriarca al intentar balancear su vida entre su trabajo, el cuidado de su esposa, el de su hijo, y la administración la carencia de recursos. Una línea argumental que retrata el tema de la pobreza no desde una exageración, sino desde una situación tan simple como no comprar todas las medicinas de un tratamiento, añadiendo a las situaciones que sufren ambos, derivado de la precariedad y el infierno burocrático de las instituciones de salud pública.

Un acierto de Moscas es no ofrecer demasiada información con el objetivo de no caer en los clichés sentimentales, apostando más por la creación de los vínculos a través del minimalismo visual, evitando cualquier especie de manipulación emocional y utilizando el sonido y la imagen desde la perspectiva de Cristian— para darnos una idea de cómo observa el mundo.
A través de dos miniaventuras con personajes terciarios que nos indican que, ante la adversidad de un mundo cruel y burocrático, la inocencia aún puede sobrevivir, se da el acercamiento entre Olga y Cristian, no solamente a través de la candidez y de la difícil situación que vive el niño, sino también de los videojuegos, no aquella consola de última generación, sino la clásica maquinita de arcade en la que todos gastábamos el cambio cuando nuestra mamá nos mandaba a las tortillas, la viborita de los primeros celulares o el clásico sudoku. Este mecanismo de unión es también el elemento de distracción de Cristian ante una realidad complicada, creando así el vínculo de estos dos personajes de manera natural y donde la ternura no está en la sobreexposición de emociones, sino en los momentos compartidos.

Por desgracia, Moscas no es perfecta y tiene un error demasiado evidente: no hay balance entre los tres actos, siendo el primero demasiado largo y redundando en el estatus de los personajes. Aquí se extraña mucho la practicidad de Fernando para resumir las situaciones en encuadres mínimos, y que hubiera apostado por la generación de situaciones que solidificaran aún más la relación de sus protagonistas o que pavimentaran más el camino del guerrero.
Mención aparte a las excelentes actuaciones del dúo protagónico.
Calificación
- Guion: 2.6
- Dirección: 3.0
- Actuación: 1.8
- Extras: 0.5
Calificación: 7.9

Moscas es un bonito homenaje a los videojuegos como una forma de escape a través de la imaginación, sin olvidar que la realidad de la dificultad cotidiana sigue presente, como dice Olga: “La vida no es como los videojuegos”, un balde de agua fría que Fernando le avienta al espectador. También es una bonita historia sobre relaciones que, a través de gustos en común y momentos compartidos, pueden formarse.
Tiene un manejo excelente de cámara y un buen elenco, metiendo en el proceso temas como la pobreza (sin caer en la exaltación de la miseria) y la precariedad de los sistemas de salud pública. Sin embargo, le termina pesando un primer acto que pudo hacer más ligera y sólida una historia que encuentra su rumbo apenas pasado los 40 minutos.

A pesar de eso, Eimbcke sigue con esta racha de no tener malas películas (algo difícil de lograr) y aunque, en el score de su propia filmografía, Moscas probablemente sea el puntaje de en medio, sigue siendo uno de los mejores jugadores en este videojuego de alta dificultad llamado: “hacer cine en México”.