NAZA: Cuando el otro deja de ser humano.

“Sigo viendo a los nazis como malvados. Pero, dicho eso, ¿yo qué soy?”

Pocas películas preparan al espectador para el golpe emocional y moral de NAZA, el documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, reconocido con el Premio del Jurado en el Festival de Cine de Venecia de 2026. A través de testimonios de integrantes de las fuerzas armadas y de la inteligencia israelí, la película expone los mecanismos que intervienen en los ataques del Ejército de Israel sobre la Franja de Gaza y las decisiones que permiten reducir vidas humanas a cifras y objetivos militares.

Filmada de noche en las azoteas de Tel Aviv, la propuesta utiliza el paisaje urbano como contrapunto de las revelaciones que escuchamos. Mientras los entrevistados hablan, las ventanas iluminadas de los edificios nos recuerdan que detrás de cada una hay personas que cenan, conversan, descansan o intentan continuar con su vida. La cotidianidad se convierte así en una imagen de la vulnerabilidad humana: cualquiera puede estar a salvo hasta que deja de estarlo.

Uno de los mayores aciertos del documental es que comienza reconociendo los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023, perpetrados por Hamás y otros grupos armados en Israel, en los que murieron alrededor de 1,200 personas. También registra el estado de alerta en el que viven los habitantes de Tel Aviv, incluso durante las entrevistas, cuando las sirenas anuncian ataques con misiles. No necesita negar el miedo ni el sufrimiento de la población israelí para formular las preguntas que realmente importan: ¿hasta qué punto el derecho a la legítima defensa puede justificar una ofensiva de semejante magnitud? ¿Puede considerarse válida una estrategia militar cuando sus consecuencias recaen también sobre miles de civiles? ¿Cómo se determina el límite entre combatir una amenaza y castigar a una población entera?

NAZA no ofrece respuestas sencillas, pero sí nos enfrenta a las consecuencias de dejar de formular estas preguntas.

Uno de sus aspectos más inquietantes es la exposición de los mecanismos tecnológicos y de inteligencia empleados para seleccionar objetivos. El uso de sistemas automatizados e inteligencia artificial, la vigilancia telefónica y el análisis de grandes cantidades de información plantean interrogantes sobre la responsabilidad humana detrás de cada decisión. Cuando un algoritmo contribuye a identificar un blanco, ¿quién responde por sus errores? ¿Qué ocurre cuando un margen de incertidumbre se traduce en la muerte de personas que no participaban en las hostilidades?

La tecnología, que suele presentarse como una herramienta de precisión, también puede convertirse en un instrumento para administrar la violencia a gran escala. Y cuando las decisiones se delegan en sistemas que procesan datos, patrones y probabilidades, existe el riesgo de que la distancia entre quien ordena un ataque y quien sufre sus consecuencias termine por borrar la responsabilidad moral.

Pero el verdadero horror de NAZA no reside únicamente en sus revelaciones. Está en la manera en que muestra el proceso de deshumanización que hace posibles estas prácticas. El título remite al término empleado en el contexto militar que aborda la película para referirse a las víctimas civiles como “daños colaterales”: una expresión burocrática que transforma a las personas en una consecuencia secundaria de las operaciones. La palabra suaviza el lenguaje; la realidad que designa, no.

Es ahí donde la pregunta que atraviesa el documental adquiere todo su peso: ¿qué sucede cuando dejamos de ver al otro como un ser humano? ¿En qué momento una persona deja de ser alguien con una familia, una historia y un futuro para convertirse en una cifra tolerable dentro de una operación militar? La cita que abre esta crítica resuena entonces como una interrogante moral que no se limita a los perpetradores de los crímenes del pasado: también interpela a quienes hoy creen estar del lado correcto de la historia.

La secuencia final, con imágenes de la destrucción de zonas civiles y del sufrimiento de la población gazatí, resulta dolorosísima. Frente a ellas, cualquier abstracción pierde sentido. Detrás de las estrategias militares y los discursos políticos hay personas que no eligieron el lugar donde nacieron ni tienen por qué compartir las ideas de los grupos armados que operan en su territorio. Su existencia no puede reducirse a la proximidad con un sospechoso ni convertirse en una condena colectiva.

Sin embargo, el documental también invita a extender la reflexión más allá de la pantalla. ¿Hasta qué punto nuestra percepción del conflicto está condicionada por los medios, las narrativas políticas y los prejuicios con los que llegamos a él? ¿Cuándo la defensa de una causa se convierte en justificación automática de cualquier acto cometido en su nombre? ¿En qué momento el rechazo a un gobierno, una organización o una ideología se transforma en odio hacia personas por su religión, su nacionalidad o el lugar donde nacieron? Y esto aplica a los Pro-Israel y a los Pro-Palestina, en niveles igualmente alarmantes y preocupantes.

Cuestionar nuestros propios sesgos no significa equiparar responsabilidades ni ignorar las diferencias entre los actores del conflicto. Significa negarnos a aceptar que la identidad de alguien determine el valor de su vida. Porque, si unos son responsables de sus actos, no por ello todos deben pagar las consecuencias.

 NAZA es un documental de enorme valor cinematográfico, pero también ético y político. Su fuerza no radica en ofrecer una conclusión tranquilizadora, sino en obligarnos a mirar aquello que el lenguaje militar, la propaganda y la distancia geográfica pueden volver abstracto. Su denuncia más inquietante no es solamente que existan mecanismos capaces de convertir a personas en objetivos, sino que también existan discursos dispuestos a justificarlo. Una visita obligada al cine; no para salir con todas las respuestas, sino para dejar de aceptar ciertas preguntas como si ya estuvieran resueltas.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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