Nosotros: La ternura contra la intolerancia

Un hombre puede abandonar su hogar en busca de una vida mejor y descubrir, en el camino, que aquello que necesita no es necesariamente lo que había imaginado. En Nosotros, Joaquín Ruano construye una historia íntima sobre la soledad, el deseo y las contradicciones de la masculinidad, siguiendo a un hombre que migra del campo a la ciudad para encontrar trabajo y termina enfrentándose a sentimientos que ponen en crisis su identidad, su matrimonio y las certezas con las que ha aprendido a vivir.

El protagonista es un joven que deja atrás a su esposa y a su hijo en una comunidad rural marginada para instalarse en la ciudad, donde consigue empleo como guardia de seguridad. Allí conoce a Nubia, una mujer trans con quien establece una relación que comienza entre la curiosidad y la incertidumbre, pero que gradualmente se transforma en un vínculo afectivo y erótico. Lo que podría parecer el planteamiento de un triángulo amoroso convencional se convierte, en manos de Ruano, en una exploración de las distintas formas en que buscamos compañía y de aquello que estamos dispuestos a cuestionar para encontrarla.

Uno de los principales aciertos de la película es el contraste entre los dos mundos que habita el protagonista. En su comunidad de origen, pese a las limitaciones materiales, existe una red de acompañamiento que vincula a las personas y les proporciona un sentido de pertenencia. La ciudad, en cambio, aparece como un espacio de oportunidades, pero también de aislamiento: un lugar donde la proximidad física no garantiza la intimidad y donde cada individuo parece obligado a resolver sus propias carencias. La migración interna se convierte así en algo más que un desplazamiento geográfico; es también una experiencia de desarraigo que deja al descubierto la vulnerabilidad de quien busca construir una nueva vida lejos de los suyos.

La soledad es, precisamente, el corazón de Nosotros. Tanto el protagonista como Nubia parecen encontrar en el otro una forma de protección frente a un entorno que no siempre les ofrece comprensión. Su relación no nace necesariamente de un enamoramiento transparente ni de una atracción libre de intereses. Al principio queda abierta la posibilidad de que él encuentre en ella una oportunidad de comodidad y estabilidad: Nubia tiene su propio negocio, una casa, un automóvil y una independencia económica que contrastan con las limitaciones de su nueva vida. ¿Se trata de un afecto genuino o de una relación sostenida, al menos en parte, por la conveniencia? Ruano permite que esa pregunta acompañe al espectador mientras los personajes comienzan a revelar una intimidad que no puede explicarse únicamente desde el beneficio personal.

El desarrollo del vínculo se construye a partir de gestos pequeños, roces discretos debajo de una mesa, abrazos que prolongan su duración y acercamientos que terminan por abrir paso a la intimidad. La cámara acompaña este proceso con movimientos cadenciosos que parecen ajustarse al ritmo emocional de los protagonistas. En lugar de imponer una mirada distante, se acerca a sus cuerpos y a sus silencios, dejando que el deseo se manifieste sin necesidad de convertirlo en un espectáculo. La sensualidad de la película nace de esa cercanía, de la observación paciente de dos personas que poco a poco encuentran un espacio donde bajar la guardia.

La relación también pone en evidencia el choque entre distintas concepciones de la masculinidad. El protagonista está condicionado por un entorno patriarcal en el que el matrimonio, la paternidad y la heterosexualidad funcionan como pilares de identidad y reconocimiento social. Su vínculo con Nubia lo obliga a confrontar esos códigos, especialmente cuando la intolerancia deja de ser una idea abstracta y se manifiesta en las actitudes de sus compañeros de trabajo. El momento en que decide defenderla —y defenderse a sí mismo— marca una transformación significativa: el afecto deja de ser un asunto privado para convertirse en una postura frente a la violencia y el prejuicio.

Otro aspecto destacable es la manera en que Ruano aborda la identidad de Nubia sin convertirla en el único elemento que define al personaje. La película alude a su condición de mujer trans, pero evita que la narración se reduzca a una explicación didáctica sobre la transexualidad o a una sucesión de conflictos asociados exclusivamente con ella. El centro está puesto en el vínculo, en el deseo y en la ternura que surge entre ambos.

El eventual encuentro entre Nubia y la esposa del protagonista, aún en las circunstancias fatídicas en que se da, constituye uno de los momentos más significativos de la película. La amante citadina y la esposa pueblerina dejan de existir como figuras abstractas dentro de un conflicto romántico y se enfrentan a la complejidad de una situación que ninguna puede resolver. La escena concentra las tensiones entre dos mundos, dos formas de entender el amor, de buscar entender al ser que amaron, se decide pensar todo sin decir nada. Las actuaciones de Józef Coxaj y Lola Vásquez sostienen buena parte de esa complejidad. Coxaj transmite las contradicciones de un hombre que oscila entre sus responsabilidades, sus deseos y el miedo a desafiar las normas que lo han definido. Vásquez, por su parte, aporta a Nubia una presencia que combina vulnerabilidad, firmeza y ternura, evitando que el personaje se convierta en un mero instrumento para la transformación del protagonista.

 Nosotros es una película sobre el amor, pero también sobre las condiciones sociales que determinan qué afectos podemos expresar, cuáles debemos esconder y qué precio pagamos cuando nos apartamos de lo establecido. Joaquín Ruano observa a sus personajes sin juzgarlos de manera simplista y encuentra en sus contradicciones una oportunidad para hablar de la soledad, la migración y las masculinidades que todavía chocan contra los límites impuestos por el patriarcado.

Porque a veces migrar no significa únicamente dejar atrás un lugar, sino descubrir que tampoco podremos regresar a quienes éramos.

Etiquetas:  

Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

*

*