Power Ballad: El poder del stadium pop.
Hay directores que hacen películas musicales y luego está John Carney, que durante años ha usado la música como herramienta para hablar de identidad, familia, duelo, amor y crecimiento personal. Por eso resulta curioso que en Power Ballad tal vez sea la primera vez que el irlandés parece más interesado en hacer una película sobre la industria musical que sobre las personas que cuentan la historia.
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Power Ballad nos cuenta la historia de Rick Power (Paul Rudd), cantante de mediana edad de una banda que toca en bodas y que tiene un pasado como rockstar cuando joven; un día en una improbable boda, Rick conoce a Danny Wilson (Nick Jonas), popstar venido a menos después de la resolución de su boyband adolescente. En ese encuentro tienen una jam session improvisada donde conectan musicalmente y, al calor de alcohol, completan una canción que Power tenía años sin finalizar, y por supuesto, sin publicar. Ni registrar. Tiempo después, Danny Wilson decide lanzarla como propia, volviéndola un smash hit y el conflicto viene cuando no reconoce que era una canción de Rick.
Carney triunfó (menos que más) con ahora clásicos como Sing Street o Once porque nos hablaba de personas rotas, solitarias o perdidas y de cómo se ‘encuentran’ o redimen a través del poder de la música, ahí la música era un medio para expiar todos sus demonios internos. En Power Ballad también tenemos un personaje perdido, pero la música aquí no es el vehículo redentor, la música es el origen y consecuencia de los conflictos, lo que nos pone en otra perspectiva del director.

En Power ballad los conflictos parecen existir para justificar las canciones. Y es que si antes en sus películas había músicos anónimos, adolescentes problemáticos o familias disfuncionales, ahora hay una estrella pop que parece diseñada para ampliar el alcance comercial del proyecto. Es eso malo?! No necesariamente. Pero sí es verdad que la presencia de una figura como Nick Jonas (alabos aparte a sus atractivos físicos) y el contexto ‘popstar de boyband adolescente’ le confieren un aire algo superficial al producto final. Y es que aunque los conflictos y la trama siguen teniendo corazón, nos hace falta esa vulnerabilidad que tenían los personajes de sus películas anteriores.
Esto no significa en ningún momento que la película sea mala, sigue siendo una muy amable, entretenida y musicalmente encantadora para la audiencia. El problema es que el director nos había entregado siempre algo más complejo a la vez que más cercano a la realidad de los mundanos. Y en Power ballad tenemos recursos narrativos más convencionales, más simplificación moral, más melodrama, peligrosamente bordeando lo maniqueo. En todo caso sí habrá que achacarle a Carney ese tono donde no sólo observa, sino que también juzga, especialmente al personaje y las acciones de Danny Wilson.

Sí se siente, incluso visualmente, a algo completamente distinto a lo que Carney ha hecho. Él nunca ha sido especialmente sofisticado, por eso sorprende que ahora veamos una puesta en escena pulida y más cercana al cine ‘comercial’. Aunque eso es consistente con la totalidad del filme.
Se agradece que el sello de Carney siga ahí: la música. Aunque estemos ante un producto mucho más pop, hay que reconocer que el buen oído y gusto musical del director están. Especialmente en esa infame canción original, centro de la película, ‘How to write a song (without you)’, que sin duda sería una gran hit radial y que, con las campañas adecuadas, puede arañar una que otra nominación importante. Carney vuelve a hacer mancuerna con asiduos colaboradores, como Gary Clark, con quien también hizo la música de Sing Street, así que, al menos en ese aspecto, anota un acierto.

Otro de sus grandes aciertos es Paul Rudd, como el frustrado Rick Power, Rudd entrega una de sus mejores actuaciones, llena de vitalidad pero también de esa desesperanza esperanzadora de lo que fue pero que sabes que ya no será. Y Nick Jonas, que aunque sea el portador del factor que nos hace sentir esta película más ‘ligera’, también es verdad que está a la altura de la película, logrando una réplica disfrutona con Rudd.
En general, Power ballad no es una mala película, es una para acercarse más a las masas. Es como una canción diseñada para sonar en todas partes: agradable, pegajosa y perfectamente efímera. Si las películas anteriores de Carney eran toquines acústicos en un pub irlandés, Power Ballad es un concierto de estadio: más ruidoso, más brillante, pero inevitablemente menos íntimo.