Stoker, Planos Distintos de una Misma Realidad

 

Una alumna comenta en una clase donde el tema es “Experiencias en el Trabajo”, sobre una temporada en la trabajó como animadora infantil en una empresa en la que la atracción principal la personificación de “princesas”. La regla de oro en este negocio era: jamás quitarse las botargas/disfraces frente a los clientes… especialmente de los niños.

La regla tiene su origen en un evento en el que una “princesa” de Disney no soportaba la peluca y tuvo que retirársela de golpe a mitad de su rutina de animación y con consecuencias, digamos, amargas. Si bien el hecho suena hilarante desde una percepción adulta forjada en la experiencia y, ¿por qué no? la desilusión (Reyes Magos, Santos Reyes, abandono de novi@s,  y un largo etcétera) si acercamos la lupa resulta muy interesante las tres realidades y consecuencias que convergen en este simple hecho.

Para la niña la línea entre una ilusión que vende una casa cinematográfica, una apabullante estrategia de mercadotecnia y la supuesta materialización de dicha fantasía ofrecida por un empresario visionario que busca su parte en el camino ya labrado por la voraz Disney es, por lo menos, invisible. Su falta de experiencia y malicia la hacen víctima de un mundo en el que no existe ninguna otra realidad mas que la que perciben sus ojos, llana, irreflexiva y primitiva.

Para la “princesa”, la personificación de un personaje de un cuento de hadas no es más que un medio se subsistencia, una vida paralela que la abstrae de la realidad y la sumerge en una rutina que lo mismo la convierte en una ilusión, en un medio para alimentar un mundo de fantasía que poco o nada tiene que ver con su propia realidad de mujer-princesa-objeto. Para ella, retirar abruptamente la peluca no fue más que un acto instintivo en un flashazo de realidad, la que pesa, que la vuelve consciente de que no es una princesa, es una mujer trabajando para sobrevivir.

Para el empresario, la “princesa” y la “cumpleañera” le son seres ajenos, vehículos para conseguir un fin superior, el de la su propia  confirmación como pináculo de una pirámide laboral en la que él, como titiritero, manejas los hilos de un mundo sin cabida para la ilusión, experto en tensar los hilos en forma de cotizaciones, obtención de permisos, vestuario y emitir órdenes que prohiben acciones que no interfieran con perpetuar la  fantasía, experto en manipular la carencia de dos personas necesitadas ya de fantasía ya de sustento.

Stoker es pues, una intriga más que una película de suspenso que funciona con su propia realidad. Es un baile de personajes cobijados por una estética tan abrumadoramente hermosa que es imposible no dejarse seducir por una secuencia interminable de ambientes y deleite visual que nos hace caer en un especie de sopor en el que somnolientos nos dejamos enredar por los hilos que tiran la voluntad de estos tres personajes de quienes cada paso, cada gesto, cada palabra no hablada inevitablemente recuerdan el cálido desliz de una navaja cortando suavemente la piel, el calor de cada milímetro de metal abriendo cada molécula, el placer de saber que algo terrible sucede pero cuya belleza trasciende toda ley moral o ética.

La muerte de Richard no sólo trae dolor a la familia Stoker y ensancha en abismo emocional que existe entre Evelyn e India Stoker, madre e hija, sino que traje de vuelta al misterioso tío Charles. De sonrisa perfecta y aspecto impecable el tío Charles no sólo ha llegando al hogar Stoker para quedarse… o eso parece, sino que además ha llegado para echar a andar una maquinaria ya hacía mucho iniciada pero aletargada por el animoso carácter de Richard. Quizá el guión no sea no sea lo suficientemente sólido y esto se adivine en cada secuencia, en cada toma, pero esto no evita que la maravillosa cinematografía, dirección y edición (sobre todo de sonido) no sólo atrapen… seduzcan al espectador. Hay momentos tan logrados que, para quien se deje seducir por la cinta y no vaya en plan mamón, literalmente hacen sudar de emoción (ojo a la secuencia en la que India y Charles interpretan una melodía a cuatro manos en piano).

La dirección maravillosa de Chan wook-Park logra miradas furtivas que hacen cómplice al público y la atmósfera vuelve nebulosa la consciencia. Un par de vueltas de tuerca desvelan esta interrogante mientras el cuchillo que nos desgarraba al principio de la cinta tira de tajo y da paso a la desazón al retirar de golpe el velo de inocencia que cubría el rostro de Nicole Kidman y la exhibe derrotada, destrozada y rota como una muñeca a quien el peso de la vida la deja hecha añicos sola, sobre su cama y aplastada por el pie gigante de una India que se erige en toda su plenitud, en toda su maldad y florece hermosa, precisa, asertiva… mortal.

Eventualmente la niña de la fiesta crecerá y, dependiendo de las decisiones que tome en la vida su destino será ayudar a otros niños a prolongar una fantasía, su propia ilusión quedará atrás y no se asustará más con pelucas quitadas sorpresivamente. O será un maestro titiritero si aprende a tirar bien los hilos y evitar terminar como el tío Charles.

Buena suerte India, que el destino no te atrape y la suerte te cobije…

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