Street Fighter: Conformarse con las migajas

2023 fue el año donde videojuegos y cine parecían haber convergido en armonía tras 3 décadas de proyectos fallidos. Estrenaba “Tetris” con una propuesta muy arriesgada al resto (razón por la que permanece como la mejor adaptación hasta la fecha), la primera película de Mario fue un decente inicio para el universo de Nintendo, y si bien “Gran Turismo” no fue buena, por lo menos ofrecía algo diferente a lo usual. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, la esperanza de ver una buena adaptación se fue alejando de esas posibilidades con la intención de asemejarse más a Marvel post-Endgame. El estreno de “Street Fighter” (tercer intento de la franquicia en el cine) confirma que estamos regresando a los 90 y 2000, cuando un videojuego en el cine era garantía de fracaso… pero al mismo tiempo deja un sabor raro sobre lo que entrega como producto final.

Hay que tomar en cuenta el principal detalle narrativo: todos los juegos de pelea usan la misma historia de “Enter the Dragon” como base, es decir, un MMM (Malvado Millonario Megalómano) invita a los mejores peleadores del mundo a un torneo para decidir quién es el mejor. Unos sólo quieren dinero, otros la cura para alguna enfermedad y unos más buscarán revelar las verdaderas intenciones del anfitrión y el evento. A sabiendas de esto, no hay que dejarse engañar por la premisa y su desarrollo: esto es básicamente la versión de los 90 con más presupuesto, aprovechando el avance de la tecnología para deslumbrar al espectador con escenas de acción mejor coreografiadas (por Dios, hasta tiene la icónica línea de “Para mí era martes”).

Pero fuera de eso sigue con los mismos problemas de la película original: la trama es enrevesada, abultada y dispersa, tratando de abarcar el trasfondo de todos los personajes sin dedicarle tiempo a ninguno fuera del trío principal. La dirección de Kitao Sakurai, aunque muestra pasión por la franquicia, también peca de pretensiosa al intentar meterle un tono serio que no encaja con la presentación. Y a pesar de eso, está cargada de comedia estorbosa y chistes por momentos malísimos, muy reminiscentes a la época actual de Taika Waititi (basta con decir que reviven a alguien cantando una canción noventera). La estructura narrativa es incoherente, sobrecargada de referencias y decisiones incoherentes que no dejan bien parados a los personajes.

Hablando de estos, los personajes simplemente son demasiados, y en el afán por darles el mismo peso en trama y tiempo en pantalla a todos, la gran mayoría son relleno y entran y salen de escena rápido (Guile está desaprovechado). La edición es paupérrima: hace que las escenas se dediquen a escupir exposición, cortan las peleas y muchos de los combates están filmados de cerca, por lo que no se pueden apreciar bien y los resultados usualmente ocurren fuera de pantalla. Como resultado, a veces da la impresión de que se dispara en el pie porque no hay respeto por su propio torneo, culminando con un final anticlimático, inconcluso y abierto que confía en que todo se resolverá en una potencial secuela.

Ahora, dicho esto, es innegable que hay cuidado y entendimiento por la franquicia, no por nada hay mucho cuidado en el preciso diseño de vestuario y replicando los ataques del juego. No podemos hablar de buenas actuaciones, pero la mayoría de los actores entiende a su luchador correspondiente, y si bien la caracterización de varios personajes no es convincente por los cambios propuestos (a Cammy la convierten en Harley Quinn y David Dastmalchian como M. Bison ni se acerca en presencia escénica al de Raúl Julia), quienes funcionan consiguen que veamos a los luchadores traídos a la vida (sobresalen en especial el trío de Ryu, Ken y Chun-Li, más Dan Hibiki como el alivio cómico). La saturación visual puede cansar, pero en ningún momento se siente absurda ni rimbombante, aprovechando la estética y música de los 90.

Hablar de esta película no hace más que reforzar el conflicto entre crítica y audiencia, que se acusan uno al otro de no saber de cine. Sin embargo, de manera extraña, ambos tienen razón esta vez: por momentos es malísima a niveles inverosímiles y recuerda a los intentos fallidos de los 2000, pero al mismo tiempo es todo lo que los fans esperan y quieren: un buen entretenimiento con buena química y fanservice. Una película sólo para fans, y aunque es mejor que la versión de los 90 (por poquito), es difícil recomendarla fuera de ese nicho. Sin embargo, lo que sí es imperdonable son las escenas animadas, no tanto porque se usan más como exposición, sino porque están tan bien hechas y manejan el tono de seriedad que la parte “real” jamás balancea que la pregunta es inevitable: ¡¿por qué carajos esta cosa no fue completamente animada?! ¡Hubiera sido mejor!

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Acerca del autor

Uriel Salvador     twitter.com/UrielSalvadorGS

Escritor, analista, crítico, gamer, investigador, actor (especializado en doblaje), fotógrafo. Pero ante todo, soy un amante del cine.


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