Street Fighter: Malísima, pero que piernotas y hadoukens tiene
Aquí la cosa es sencilla: la nueva adaptación de Street Fighter es malísima, tanto que hay algunos momentos en que la narrativa, e incluso su montaje, rayan en niveles patéticos e inverosímiles. Sin embargo, al mismo tiempo, este batidillo de comedia, artes marciales, superpoderes y referencias es uno de esos entretenimientos sin pretensiones que llegan a ser sumamente divertidos, más allá de su claro objetivo: la nostalgia de los gamers
Así pues, superando la otrora horrenda versión de los noventas y hasta dándose el gusto de hacerle hasta un par de homenajes, Street Fighter se va a posicionar como de esos gustos culpables por excelencia: una película que es tan mala que resulta buena.

En esta ocasión, la historia se centra en Ken y Ryu, los más famosos combatientes del mundo, que han sufrido una separación a partir de un trágico y paranormal suceso. Esto los lleva por diferentes caminos, pues mientras Ken se convierte en una estrella del MTV y es la burla de las artes marciales, Ryu se esconde, sumido en la culpa de aquel momento, alejándose de los reflectores y la vida pública. Aquí es cuando un segundo torneo será organizado por Bison para atraer a los luchadores con un oscuro y siniestro objetivo.
Hay dos problemas narrativos principales en Street Fighter; el primero comprensible, y es que era lógico que la inclusión de aproximadamente dieciséis avatares iba a causar un caos en el desarrollo, no tanto de los personajes, sino de la historia. Hay algunos personajes que quedan totalmente relegados a simples cameos y otros a presencias totalmente absurdas. Si bien de entre estos resaltan tanto el de ambos protagonistas como el contrapeso femenino de Chun-Li, entre héroes y villanos, el director Kitao Sakurai nunca puede dar un balance adecuado, ni siquiera en el sencillo y necesario planteamiento del bien contra el mal.

El otro problema es el propio combate o torneo, organizado por un muy caricaturesco y poco creíble villano, y en donde ni siquiera la película tiene algún respeto por dicho enfrentamiento. En otras palabras, un pinche desmadre narrativo y sin estructura, en donde la tensión se desvía a varias tramas ajenas a este, dejando un hueco demasiado grande no solo en su lógica interna, sino también en el desarrollo del ochenta por ciento de sus avatares.
Si bien hay un par de escenas centradas en este combate alrededor del crecimiento y desarrollo de Ken, esta especie de elemento McGuffin no tiene la fuerza para justificar la subtrama y la aparición de los dos villanos principales, los cuales desgraciadamente no tienen la fuerza ni el carisma necesarios para ofrecer ese contrapeso que al final nos daría una película más decente (definitivamente Raúl Julia era tan buen actor que hasta como Bison es mejor que estos dos, permaneciendo como el único elemento que es mejor dentro de la versión de los 90’s)

Pero dentro de las cosas buenas, Street Fighter tiene al menos una tríada de ellas. La primera es la química entre Ken y Ryu, y aunque no se siente que su bagaje dramático sea lo suficientemente intenso o trágico para haberlos llevado a la separación, es en su reunión, su incompatibilidad de caracteres y el buen desarrollo narrativo de su amistad lo que hace que Street Fighter funcione por encima de otros bodrios similares. Si a esto agregamos el personaje de Dan, que conlleva un muy buen “comedy relief”, siendo el elemento verdaderamente más disfrutable y funcional de este combate, tenemos factores para sobrevivir al caos argumental que se nos presenta, quizá uno demasiado estrafalario y pintoresco.
Otro elemento que realmente funciona es la incorrección de su tono y referencias: desde las piernotas de Chun-Li hasta los pechos de Honda, pasando por las variadas escenas de Ken en torso desnudo, referencias homosexuales y, finalmente, coreografías que respetan los superpoderes de los avatares, Street Fighter se vuelve un regocijo y cachondeo estético que supera y hasta da sentido, en ciertos momentos, a su caos.

A esto se suma que mucho del concepto rector y narrativo de la cinta se centra en el origen del “hadouken” y de cómo la fuerza interior del combatiente puede llevarlo al lado oscuro, argumento en el cual se construye la fractura y redención fraternal entre Ken y Ryu. Este respeto, entre comillas, a la fuerza interior junto a sus excelentes flashbacks animados, resultan lo mejor de Street Fighter, siendo una decisión muy astuta y que sirven como nexo para explicar el universo fantástico en que se rigen los combates y sus personajes.
La historia también tiene ciertos alicientes de espionaje que también manejaba la versión de los noventa, pero estos quedan enterrados (así como varios de sus personajes, en especial Guile) por la otra subtrama de la cinta en la aparición de “Akuma”, ente paranormal y consumido por el lado oscuro, que se presenta como el principal reto a vencer tanto externa como internamente para Ryu y sus amigos

Si. Street Fighter es malísima, pero por alguna extraña razón es también divertidísima, una especie de auto sátira a su propio concepto que nos deleita con buenas escenas combate, morbo, erotismo, buena música, sinfín de referencias y por cierto, un cliffhanger de lo más saboteador y que, si resultara a ser un éxito n taquilla, firma y asegura una nada necesaria, pero si saboreada segunda parte