The Lost Thing… Crecer es Ceguera

 

Mi infancia, como de la mayoría de mi generación sólo queda un bonche de canciones que suenan a recuerdos sepia que empiezan a desaparecer desde bordes desgastados, quemados por el abuso de su invocación. Queda la nostalgia de aquellos soldados con quienes luchamos batallas y que hemos ido enterrando a lo largo del camino. Queda el tacto de una caricia maternal cuya infinita paciencia sabemos irrepetible.

Mi infancia, de la cual he hablado hasta el hartazgo, sabe a sábana de algodón húmeda de saliva por los mordiscos que cada noche daba emocionado mientras cubierto con las cobijas hasta la cabeza no podía esperar a crecer y ser un intrépido reportero, un mago increíble, un arquitecto intrépido o un vagabundo coleccionista de emociones. No fui lo uno ni lo otro.

De esa infancia sólo quedó el recuerdo de mis ojos negros desmesuradamente abiertos cada mañana deseoso por observar el mundo, nunca fui particularmente parlanchín, mi placer era observar, como hijo único por 7 años esperaba ansioso descubrir un rostro, un hueco secreto en una pared, una mano desconocida, una sonrisa velada que me indicara que había encontrado mi hogar fuera del hogar. Ésa señal tampoco llegó.

Sin embargo, durante la búsqueda me volví (creo) un excelente observador, intentar descubrir lo que la gente me podía ofrecer me dio el poder de crear filtros para los lugares, las sonrisas y los huecos con potencial para desarrollarme, la especialización, como en cualquier profesión, limitó el horizonte y aisló el mundo obligando una selección natural de quienes yo, como todos, llamo “los míos”, mis amigos, mis colegas, mis familiares y hasta mis momentos.

Más tarde, como era natural, el cuerpo dio “el estirón” pero la emoción se quedó enana en términos de madurez. Los ojos desmesuradamente abiertos quedaron disimulados por la proporción del crecimiento y dejé de buscar al ras del suelo por un momento para estirarme hacia el cielo, pero miré por tanto tiempo el cielo que no me di cuenta cuando el mundo a mi alrededor giró y en ése giro cambió los rostros, los cuerpos y las mentes de mis amigos quienes cerraron filas y se dirigieron cabizbajos hacia nuevos sueños que no reconozco como propios. Junto con sus juguetes tiraron a la basura sus viejas ilusiones y se entregaron a una realidad que no les permite soñar.

No es que sea distinto a aquellos con quienes soñé “ser alguien”, es sólo que decidí buscar el lugar, el ambiente propicio para crecer porque hasta donde sé el crecimiento no tiene fecha de caducidad. Decidí poner mis sueños en las nubes y regresar  la mirada al ras del suelo, indagar en cada hueco secreto y conservar parte de mi candidez como llave para puertas secretas que esperan ser abiertas.

Algunas noches mi boca aún sabe a sábana de prístino algodón blanco, mi piel recuerda las caricias de mi abuela y la voz de mi madre retumba en mis oídos, aunque como dijera el dramaturgo Jean Baptiste Racine: “mi inocencia comience a pesar en mí”.

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2 comentarios

  • Es un place leerte, hermano. Siento que todos los que vivimos una infancia feliz tenemos arrebatos de nostalgia como los que, hermosamente, nos contás. El recuerdo bellísimo de aquellos personajes que soñamos ser antes de reparar en el ferreo yugo de la posibilidad y la probabilidad. Hoy, mirando hacia atrás, debo admitir que no soy el campeón que soñé… y sin embargo, sé que no he defraudado a aquel niño, que todavía llevo en el puño -bien apretado- las monedas mágicas con las que, aun, puedo comprar sueños.

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  • Muchas gracias por el comentario Alejandro, es alentador ver que algunas personas no tienen miedo a mostrar su lado sensible, su lado humano. Un abrazo.

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