The Social Reckoning: Desesperada por conseguir likes
Conocido por ser uno de los mejores guionistas de la historia, por años Aaron Sorkin ha decidido comenzar a dirigir. Aunque al inicio tuvo buenos resultados eficientes, conforme pasó el tiempo ha demostrado que el banquillo le quedó muy grande, yendo de más a menos y afectando su capacidad de escribir. “The Social Reckoning” significa su regreso a la silla desde la mediocre “Being the Ricardos”, y si se tiene en cuenta las intenciones detrás de su realización, lo que prometió ser una mirada interesante al tema del algoritmo pasa a ser otra carnada de Oscar del montón. Para entender lo que pasó hay que ir por partes.

Un tema que ya no le interesa a nadie
“The Social Reckoning” es la secuela espiritual de una de las mejores películas del siglo, “The Social Network”, esta vez enfocándose en la ingeniera de datos Frances Haugen y de cómo ella renunció a su puesto de Facebook para revelar al senado y a la prensa varias prácticas antiéticas y morales de la compañía, lo cual llevó a Mark Zuckerberg a ser citado pata declarar frente al gobierno y pueblo. A primera instancia, suena interesante darse cuenta de las posturas que hace una empleada de la red social para revelar el extremismo ideológico sometido en los usuarios a costa de su reputación y ser despedida del trabajo de sus sueños (y a su favor, el mensaje de empoderamiento femenino es más moderado en comparación con otras historias similares). Sin embargo, la historia se vuelve una serie de anécdotas en la que las escenas se limitan a escupir exposición una y otra vez.
El problema que antes experimentó Jason Reitman con su fallida “Men, Women and Children” reaparece aquí, pues el tema del funcionamiento y uso del algoritmo para exponer y recompensar el contenido radical está más que comprobado, muchos ya están conscientes de las tácticas tramposas y hasta han subido videos para favorecer el contenido que le gusta a cada usuario. Por lo tanto, lo que debería ser la temática principal y la base que sostiene la trama ya se encuentra anticuada y desfazada. Esto se compensaría si la presentación el desarrollo narrativo fueran interesantes, pero la forma en la que la historia lo trata es vacía, superflua y repetitiva, no ahondando lo suficiente en los efectos de esta práctica o por qué los protagonistas quieren darlas a conocer al público, porque no hay algo en juego de peso.

La experiencia pesa
Fue una mala idea no solo dejar ir a Fincher, sino también permitir que Sorkin se encargara del proyecto. Es más, aunque Jeff Cronenweth repite como director de fotografía, el estilo visual entre ambas películas no podría ser más diferente. Mientras Fincher tiene una identidad visual muy marcada por la frialdad atmosférica y una precisión quirúrgica que evidencia el control de cada elemento en pantalla, Sorkin es muy plano en imagen, sonido e imagen. Todo se ve apagado y monótono, predominan los colores fríos, pero luce más deslucido y apático. Por cierto, éste es uno de los trabajos más flojos de Alexandre Desplat, pues la música está más para ambientar y adornar que reforzar las escenas o servir de catalizador a la psique de los personajes.
En el afán por continuar un estilo narrativo donde el cine coral es el principal objetivo, introduce continuos saltos en el tiempo que no tiene razón de estar en una trama lineal en su mayor parte. Nada de lo que sucede dentro de las oficinas de Facebook y el New York Times repercute en el exterior, causando que nunca quede claro cómo la filtración de información afecta al público. Sus diálogos que eran capaces de hacer comprensible hasta el tema más complejo se vuelven sermoneros, y pese a que Sorkin le ha agarrado el gusto al drama judicial, repite el mismo error que ya hizo en sus primeras obras dirigiendo: cuando llega el momento de ver el veredicto, se salta el juicio, la conclusión nunca llega y la resolución de lo más vergonzosa.

Mikey, Mikey, Mikey…
La dirección de actores queda a deber al haber un desbalance, el desarrollo de personajes encasilla a los actores a hacer simplificaciones de sus roles y reduce sus personalidades a una anécdota o peculiaridad, pero no es suficiente para que estén mínimamente estructurados. Las actuaciones se van a los extremos de ser acartonadas o sobreactuadas, siendo Jeremy White Allen como el periodista del New York Times Jeff Horowitz el más rescatable. Pero el caso más grave es el de Mark Zuckerberg. No sólo es retratado como un tirano emocionalmente constipado que se rehúsa a aceptar cualquier opinión que se oponga a la suya, sino que la ausencia y reemplazo de Eisenberg por Jeremy Strong se nota. Aunque no lo hace mal, repite tanto las mismas líneas en el mismo tono que es más parecido a una parodia de SNL.
Es obligatorio decir el problema principal en el rol protagónico porque hay un enorme fallo en la elección del reparto haber elegido a Mikey Madison para interpretar a Frances Haugen. No sólo es más joven que la científica de datos (Haugen es 15 años mayor), sino que la falta de experiencia, la falta de entendimiento de las emociones de un personaje más complejo que Anora y varios trucos que intentan desconcentrarnos al presumir la belleza de la actriz en algunas escenas, confirma que los detractores teníamos razón: a Mikey le regalaron el Oscar por desnudarse. Si la racha continúa, estaremos ante una de las actrices más rápidamente maldecidas por el premio.

Una de las mayores decepciones del año, y si bien era imposible que alcanzara los niveles de su predecesora, mínimo se esperaba que conservara algo de sus intenciones. Pero como ha sido costumbre de Sorkin, por más que tiene las ideas claras en el papel, al momento de trasladarlas a la pantalla se pone el pie él solito jodiéndose las intenciones y la visión original que habitaba su mente. Quizá hacer una continuación de una de las mejores películas de la historia no haya sido tan buena idea, y junto a un final que ni siquiera concluye bien sus ideas principales, esta forzada carnada de Oscar tiene un anticlímax patético. La peor película de Sorkin en cualquiera de sus facetas, y que a diferencia de su antecesora, quedará rezagada en el olvido colectivo.