Vértigo 2: Punto Muerto – Lógica arrojada al vacío
Si algo intenta hacer Vértigo 2: Punto Muerto es construir una continuidad con su antecesora. La película retoma directamente los acontecimientos de la primera entrega y convierte su trágico final en el punto de partida de una nueva aventura/desventura: después de la pérdida de su hermana y de las despedidas que quedaron inconclusas entre ambas, Becky continúa cargando con un trauma que busca enfrentar de una manera bastante literal: escalando el ficticio monte Kwan, acompañada por una perfecta desconocida, para encontrar la paz interior que no ha conseguido alcanzar desde aquella tragedia.

La premisa, al menos en papel, tenía posibilidades. El duelo, la culpa, los vínculos fraternales y la necesidad de confrontar los propios temores podían haber servido para darle a esta secuela una dimensión emocional que trascendiera el mero espectáculo. El problema es que Vértigo 2 parece perder rápidamente el interés por todo eso para concentrarse en una sola misión: provocar adrenalina. Y aunque por momentos lo consigue al utilizar las alturas, los encuadres y la sensación de vacío para transmitir peligro. Algunas tomas consiguen que el espectador sienta auténtico vértigo y que el cuerpo reaccione ante la posibilidad de una caída. El problema es que, una vez superado el impacto visual de esas secuencias, queda muy poco que sostenga la película.
El guion es un auténtico despropósito. Desde el punto de partida resulta difícil aceptar que la protagonista decida embarcarse súbitamente en una aventura de semejante magnitud con una completa desconocida. Pero ese apenas es el primero de una larga sucesión de decisiones argumentales cada vez más cuestionables, que terminan haciendo que la incredulidad pese más que la tensión.

Hay situaciones que parecen diseñadas exclusivamente para colocar a las protagonistas en peligro, sin importar demasiado la lógica interna de la historia. El mejor ejemplo está en el recorrido por la montaña: un camino en la ladera que aparentemente ha resistido durante siglos y que, hasta ese momento, sólo presenta el daño suficiente para haber perdido algunas cadenas, de pronto comienza a desmoronarse por todas partes… justamente cuando nuestras protagonistas pasan por ahí.
Una licencia así podría funcionar perfectamente dentro de una película como Destino Final, donde la propia premisa establece que una fuerza inevitable está buscando la manera de acabar con sus personajes. Aquí, en cambio, provoca una reacción muy distinta: “¿Es en serio?” Y de ahí avanzamos hacia un giro argumental que resulta tan predecible como irrisorio.

El problema no es solamente que la trama tenga agujeros. Es que los personajes están construidos con tanta premura que cuesta trabajo empatizar con ellos, comprender realmente sus motivaciones o sentir que aquello que está en juego tiene algún peso emocional. La película nos habla constantemente del trauma, del duelo y de las heridas del pasado o el panorama desalentador del futuro, pero pocas veces consigue que las sintamos.
Por eso, cuando llega el momento de preocuparse por la supervivencia de las protagonistas, el peligro termina importando menos de lo que debería. La película quiere que suframos por ellas, pero primero tendría que habernos dado razones para hacerlo.

Vértigo 2: Punto Muerto termina siendo, entonces, una secuela que entiende perfectamente qué debe mostrar, pero no tanto qué debe contar. Hay un par de secuencias capaces de justificar parcialmente la experiencia y algunos momentos donde el vértigo cumple con creces su cometido, pero son insuficientes para inclinar la balanza.
Seamos claros: quizás no estamos ante la peor película del año, pero sí ante una producción que reúne suficientes méritos para, al menos, entrar seriamente en esa conversación. Porque si la intención era llevar al espectador al borde del precipicio, lo consigue, pero no en el sentido correcto. El problema es que también arroja al mismo vacío el guion, la lógica y buena parte de la credibilidad.