Whalefall: Terapia marítima y de shock paternofilial
Whalefall es ese extraño caso de entre los estrenos donde vas buscando cobre y encuentras oro, o en esta particularidad vas pensando comerte un camarón y sales con sabor a langosta. Para nosotros no fue del todo así, y es que, de acuerdo con la sagrada ciencia predictiva del Pronóstico Palomero, el responsable detrás de esta cinta de supervivencia y terror físico es Brian Duffield, guionista de aquella joyita juvenil llamada “Love & Monsters”, y director de la otrora infravalorada cinta de abducción y horror “No One Will Save You”.
Whalefall queda la mitad entre estos dos proyectos, demostrando la maduración de un interesante y joven cineasta.

La historia se cuenta a través de dos líneas temporales. La primera de ellas dentro de un duelo familiar por la pérdida del patriarca, un experto buceador, rescatista, excursionista y experto en ballenas, pero también un padre rígido, alcohólico y con muchos demonios que ha sido víctima del cáncer. El dolor se focaliza en su único hijo, que ha cargado más con los traumas generados por la violencia paternal y que se narra a través de los recuerdos – flashbacks en su ríspida interacción desde la infancia hasta la juventud.
El primer valor de Whalefall es que efectivamente estamos ante una cinta de supervivencia, pero no del todo física, sino emocional. Las críticas negativas sobre la cinta giran en torno a los sucesos cuasi fantásticos de como un hombre puede sobrevivir en el estómago de una ballena, sin embargo, pasa algo similar en cuanto a su estructura y narrativa con la cinta “First Man” de Damien Chazelle, la cual no es una aventura de misión espacial, sino un viaje introspectivo sobre el duelo de un padre después de perder a su hija. Brian Duffield usa el mito de Jonás y el fanatismo del padre como capas para explorar el dolor del hijo, uno que quedó lejos de sanar no solo por la muerte de su progenitor, sino también por el nunca haberlo conocido, comprendido y perdonado

Con un sentido terapéutico, el director va entramando el trauma paternal a través de las diferentes etapas del engullimiento de la ballena (para ser precisos, un cachalote), siendo la criatura marina el vehículo de shock que hará descender a los infiernos a su protagonista (de nuevo el mito bíblico) para no solo perdonar, sino sanar y aceptarse como una extensión y parte del animal, que al final no es nada mas que una alegoría de como su padre lo sofocaba, lo tragaba, lo masticaba, lo rompía. La metáfora va tomando aún más forma hacía el final, con un recurso surrealista que no solo justifica el tono fantástico, sino también haciendo que el paciente – protagonista tenga ese diálogo con su padre que nunca tuvo, reconociéndole tantos sus faltas y pecados como sus premios y fortalezas, las cuales terminan siendo elementos que juegan en pro de su supervivencia física.
La aceptación por parte del público de los sucesos mostrados es parte clave de la narración. En primera instancia pudieran parecer incluso absurdos sin tener conocimientos zoológicos y/o físicos, pero es efectivamente en la construcción de los recuerdos donde Duffield exige una segunda lectura al espectador, dejándose llevar por dolor emocional materializado en un calamar gigante, huesos rotos, ácidos gástricos, tímpanos reventados y demás penurias que sufrirá el joven buceador, tal como terapia de shock, para poder tener una segunda oportunidad en su vida, sin ese lastre de dolor y/o rencor.

Por otra parte, la ballena – padre tomará un registro más tridimensional igualmente hacía su clímax, explorando su pasado y la razón de su rigidez. Ambas criaturas se fundirán y causarán heridas al hijo, pero también le darán las armas para pasar hacía el siguiente paso, la adultez, la maduración, la aceptación de las fortalezas y carencias en todo núcleo familiar y como se es parte también de estas
Las actuaciones también son un punto a favor de Whalefall. Austin Abrams se presenta como uno de los talentos jóvenes a seguir, y aunque se nota un poco sobrepasado por algunas circunstancias repetitivas y exageradas del guion, es en el terreno emocional y e la interacción como Josh Brolin donde deja ver su buen registro. Para Brolin esto es un trabajo de soporte de top, una actuación tan cínica como finalmente encantadora somo un padre que nunca supo ser padre, pero que en sus carencias lo habría intentado.

Los efectos prácticos dentro de la ballena aplastan a los efectos poco cuidados del exterior, y algunas situaciones del guion fuerzan demasiado la línea entre la aceptación y la absurdez, sin embargo, el cineasta es capaz de dar vuelta a la reiteración a través del astuto uso de los flashbacks y una buena impresión de tensión en un espacio cerrado que invita a la ansiedad, sobre todo a aquellos que sufren de claustrofobia o vorarefobia.
Whalefall es mucho más de lo que aparenta, una alegoría al duelo paternal tras la violencia, la falta de comunicación y el alcoholismo vertido en una tensa aventura de supervivencia qué no es tan ridícula como se ve, ni tan realista como se quisiera. Es una buena terapia para los que tienen “daddy issues”