Wild Horse Nine: El cóndor no ha dejado de volar.

Martin McDonagh es uno de los cineastas más consistentes y sorprendentes de la actualidad. Su filmografía se ha caracterizado por el estudio de personajes íntimos y beligerantes que, a través de sus diálogos, contradicciones y enfrentamientos, revelan sus pensamientos, sus miserias y el impacto que el entorno ejerce sobre ellos… y viceversa. Con Wild Horse Nine, el director vuelve a demostrar su extraordinaria capacidad para encontrar humanidad en personajes moralmente despreciables, sin renunciar a la ironía ni a la mordacidad.

Llegamos a la función especial de la película en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia con las expectativas por las nubes, tanto por lo que representa la filmografía de McDonagh como por el talento de su reparto y la recepción que tuvo en el Festival de Venecia. Para sorpresa de nadie, la experiencia cumple con creces.

Meses antes del golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador Allende en Chile, en 1973, dos agentes de la CIA, Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell), son enviados desde Santiago a Rapa Nui, la Isla de Pascua, por su superior, MJ (Steve Buscemi). Lo que parece un viaje a un remoto paraíso pronto se convierte en una confrontación con sus propios pasados, las conspiraciones del presente y la amistad que los ha mantenido unidos durante años. La relación que Chris establece con dos jóvenes estudiantes chilenas, de convicciones políticas opuestas a las de sus acompañantes, amenaza con complicar una misión cuyos verdaderos propósitos van mucho más allá del turismo.

La sensibilidad con la que McDonagh aborda el tema político es extraordinaria. Su guion está plagado de diálogos satíricos y sardónicos que provocan carcajadas, pero que también revelan la naturalidad con la que sus protagonistas han interiorizado la violencia. Para estos agentes, desestabilizar gobiernos, intervenir en otros países y participar en operaciones que afectan la vida de millones de personas forma parte de la rutina laboral. El horror se vuelve todavía más inquietante cuando quienes lo ejercen parecen haber perdido la capacidad de reconocerlo como tal. «Respeto más a las polillas que a la gente de Chile», dice uno de los personajes, en una frase que resume buena parte del cinismo que atraviesa la película.

Pero el verdadero hallazgo de McDonagh está en la manera en que contrapone esa banalización de la violencia con la fragilidad de quienes la han ejercido. Chris comienza a perder la memoria y necesita recurrir a documentos y notas para reconstruir aspectos de su propia vida. Sin embargo, mientras su presente se desmorona, conserva una inquietante lucidez sobre el alcance de sus acciones pasadas. Sus intentos por registrar sus operaciones clandestinas —desde intervenciones en países como Congo, Guatemala o Cuba, hasta su conexión con acontecimientos tan oscuros como el asesinato de JFK— amenazan con convertirlo en un riesgo para la misma organización a la que ha servido durante décadas.

La CIA necesita silenciarlo, pero Chris parece haber llegado a un punto en el que guardar secretos importa menos que dejar constancia de lo ocurrido. La memoria se convierte así en un campo de batalla: para unos, representa la posibilidad de documentar la verdad; para otros, es una amenaza que debe ser neutralizada antes de que revele demasiado.

En este sentido, la mención de los dinosaurios funciona como una metáfora particularmente inteligente. Pensamos en ellos como criaturas de un pasado remoto, separadas de nosotros por millones de años, y quizá por eso olvidamos con facilidad las consecuencias de su desaparición. Algo parecido ocurre con los episodios más oscuros de la historia política: los contemplamos como acontecimientos concluidos, encerrados en los libros y los archivos, sin advertir que sus estructuras de poder, sus métodos y sus consecuencias pueden sobrevivir bajo nuevas formas.

¿Acaso no seguimos enfrentándonos a las mismas dinámicas de hace medio siglo? El Plan Cóndor, la intervención extranjera y la instrumentalización de la democracia no son simples referencias históricas que McDonagh utiliza para ambientar su relato. Constituyen el trasfondo de una reflexión sobre la impunidad y la facilidad con la que los responsables de la violencia pueden continuar con sus vidas mientras las sociedades afectadas cargan con sus consecuencias. La película no necesita convertir su discurso en un manifiesto: basta con permitir que sus personajes hablen y que sus palabras se contradigan con la realidad que representan.

En el apartado actoral, John Malkovich está glorioso y entrega una interpretación que se encuentra entre los grandes activos de la película. Su Chris es un hombre en decadencia física y mental, pero todavía dueño de un ingenio corrosivo y de una personalidad capaz de dominar cualquier conversación. Malkovich construye un personaje al que resulta sorprendentemente fácil tomarle cariño, incluso cuando conocemos la magnitud de sus atrocidades. Su actuación permite descubrir las capas de humanidad que persisten en un hombre que ha contribuido a destruir tantas vidas, mientras la cercanía de la muerte lo obliga a confrontar sus remordimientos y el legado que dejará. Es el reflejo de cómo se ven los estadounidenses a sí mismos, cómo categorizan a los países democráticos de acuerdo a su capacidad para hacer buenos quesos y cómo idealizan sus raíces (el western y la referencia a la toma icónica de John Ford/John Wayne) y su anhelo de conocer una idealizada Venecia.

Sam Rockwell funciona como la contraparte perfecta. Su Lee combina pragmatismo, lealtad y una relación ambivalente con el hombre al que ha acompañado durante años. La química entre ambos sostiene buena parte del relato: sus discusiones, bromas y silencios construyen una amistad tan entrañable como perturbadora, precisamente porque el afecto que se profesan convive con una historia de violencia que ninguno puede deshacer. Steve Buscemi complementa el conjunto con una presencia que añade otra dimensión a los mecanismos de control y encubrimiento de la agencia, mientras Mariana di Girolamo, aun con un papel menos protagónico, aporta un contrapunto fundamental desde la mirada de quienes todavía creen que el futuro de Chile puede ser distinto.

 Wild Horse Nine confirma la maestría de McDonagh para combinar humor negro, tragedia y reflexión política sin sacrificar la complejidad de sus personajes. Su mayor virtud consiste en permitirnos empatizar con personas moralmente reprobables sin absolverlas de sus actos. Porque comprender a un monstruo no significa dejar de reconocerlo como tal; significa intentar entender cómo llegó a convertirse en uno.

Y mientras Chris intenta preservar la memoria de aquello que hizo, la película nos recuerda que las atrocidades históricas no desaparecen por el simple paso del tiempo. Podemos olvidar los nombres, archivar los documentos y convencernos de que pertenecen a otra época, pero las estructuras que las hicieron posibles pueden sobrevivir, adaptarse y volver a operar bajo otros nombres.

El cóndor quizá haya cambiado de plumaje, pero sigue volando sobre nuestras cabezas.

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Acerca del autor

Jose Roberto Ortega    

El cine es mi adicción y las películas clásicas mi droga dura. Firme creyente de que (citando a Nadine Labaki) el cine no sólo debe hacer a la gente soñar, sino cambiar las cosas y hacer a la gente pensar mientras sueña.


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