10 “Guilty Pleasures” de J. Jacob

En respuesta a la convocatoria de El Fett, y de un “cierto lector” (¿?) me doy a la tarea de hacer lo que mejor sé: chamuscarme solo. Y debo admitir que sin vergüenza alguna, que si no con cierto orgullo, presento mis 10 películas favoritas que no cumplen con los “estándares” de calidad que todo filme se precie, ya sea en aspectos artísticos o técnicos. Así pues sin más vueltas démosle a:

Los 10 placeres culpables de J. Jacob:

¿Es el Mossad el servicio de inteligencia más temido del mundo? Aquí la razón: Zohan en una especie de moderno Golem indestructible, invencible, carismático pero principalmente: todo corazón. Es una máquina de matar que, contra su propia ética, debe velar por la seguridad de su pueblo. Tras fingir su muerte para escapar de una guerra en la que no cree, el hijo de dios huye a los Estados Unidos, donde en un microcosmos y al más puro estilo espalda-mojada mexicano busca el sueño americano y de manera por demás simplista y e irreal logra reconciliar odios milenarios. Haciendo despliegue (y abuso ¿por qué no?) de un humor escatológico en sus chistes y un comiquísimo (abuso ¿por qué no?) look shajato que pega por igual a árabes y judíos, el Zohan está aquí para tirarse a cuanta dama desesperada se le ponga enfrente y cumplir su sueño de volverse estilista, contrapunto de su evidente machismo y característica por la que sin lugar a dudas  es una película muy aceptada en México. Todas estas son razones por las me gusta el tono en que Adam Sandler decide que ha llegado la hora de restarle solemnidad a un asunto que quizá, debiera tomarse más a la ligera, advertidos quedan  You Don’t Mess with the Zohan!!!!

Dicen, y dicen bien que “la experiencia es el peor enemigo del miedo“, y cuando se han visto tantas películas de tantos géneros, entre ellos el de terror y sub-clasificaciones, es difícil creer en películas, éxitos de petatiux como la (¿en serio?) popular Paranormal Activity y sus soporíferas secuelas. Por lo que a veces es mejor voltear a una propuesta que reúna muchas características más atractivas cual vil sandwich en departamento de soltero y la simpleza de una sopa Maruchan, eso es Final Destination y su infinita cantidad de secuelas que como el sufrimiento de Amparo Rivelles o Marga López se repiten en un loop eterno, pero que por alguna extraña razón no dejamos de ver, quizá enfrentar el hecho de que somos mortales y que estamos a merced de eventos tan ridículos como improbables (en serio ¿que te mate la cortina del baño? ) nos dote del ánimo suficiente para mandar todo al demonio y vivir la vida como mejor nos acomode de cualquier manera: de algo hemos de morir ¿o no?

Quizá ustedes no tuvieron el infortunio de padecerlo, y dejando el aspecto de género atrás, un cambio de colegio bien puede ser todo un via crucis. Es verdad, no importa el toque nostálgico que de  José Emilio Pacheco en su popularérrima Las Batallas en el Desierto (1981, Ediciones Era)  sin importar la época, la escuela es una jungla, y es que no creo haber sido el único que desde la más tierna infancia (así es, alguna vez fui tierno) caí en cuenta que para evitar morir a sapes debía “juntarme” con la clase (no económicamente precisamente) dominate, sí, la que propinaba los sapes. Independientemente de que se trate de escuelas privadas o públicas (la competencia en las primeras es por mucho la más feroz) el campo de batalla es el mismo. Y esa es precisamente la premisa de Mean Girls,  en donde una (aún) fresca Lindsay Lohan debe tomar partido para sobrevivir en un mundo desconocido para ella al tiempo que debe lidiar con el lastre de la sobreprotección paternal. Una comedia bien estructurada que jamás, por ningún motivo o razón debió tener una secuela. Así, ni la Paramount ni Lindsay supieron cuando detenerse (una en su ambición voraz y la otra en el desenfreno en su vida privada), aún así te queremos Lindsay, aunque las únicas noticias que tenga de ti son esta película y tu participación en Machete.

*Nota: si estás viva Regina George del Jean Piaget da señales de vida, ya te perdonamos.

Poco tengo que decir de mi elección siguiente. Pero es una cinta que aún veo cuando la transmiten en canal 5 de televisión abierta, pero que no me atrevo a comprar para no contaminar mi prestigiosa colección. Quizá sólo sea que me gusta imaginar cómo habría sido esta película con Molly Ringwald, para quien fue escrita originalmente la historia, y que rechazó para emigrar tras el sueño bohemio de triunfar en el cine europeo, lastimosamente esto no sucedió y nos quedamos con la imagen de Molly como la niña “fresa” del colegio o la pobretona del cursi barrio. Ni modo, ya lo dijo el maestro Ripstein: “así es la vida”.

Pobres brujas, si no fuese por una iglesia por demás totalitaria y siempre temerosa viendo Robin Hoods y Chuchos Rotos detrás del indiscutible amasijo de tesoros (terrenales, no se confundan) que la avaricia le ha llevado a acumular, otra cosa sería. Conocedoras de la naturaleza, amantes de los elementos y empíricas sanadoras, las brujas fueron un pilar en la construcción de leyendas y mitología de muchos pueblos no tan solo en Europa, México mismo cuenta con una amplia tradición de maestros de la magia, pero eso ustedes ya lo saben. Uno de los mitos más extendidos entre la sociedad moderna es que el surgimiento de un poderoso Estados Unidos de América se debe a su “eficiencia e innegable cultura del trabajo” ajá. Al igual que la iglesia a la que me refiero, (y aún estoy joven para querer morir lapidado en apego a su tradición judeocristiana), los EUA son fundados por un puñado de mojigatos que, escandalizados por la apertura sexual y política de una siempre vanguardista Inglaterra, encuentran en la masacre de indígenas nativos americanos un justificable desfogue de su constreñida moral. ¿Pero quién dijo que el enemigo nunca está en casa? Seguro algún colado como en fiesta de barrio vino a “corromper” a tan santa sociedad, creen los mojigatos europeos, y surge la palabra: ¡¡¡Brujas!!! Es un deleite ver a una exacerbada Wynona Rider gritar desencajada al ser rechazada por el motivo de su afecto culpando a todo el que le “caiga mal” y hundiéndose lentamente en un lodazal moralino mientras clama “justicia”. The Crucible es una pieza simplemente única.

No me gusta, de hecho odio el football y toda su parafernalia, no me veo los domingos en plan zombie ante el televisor (o peor aún en un estadio) o gritando eufórico triunfos ajenos. Pero ver Goal en pantalla de cine sí que emociona, a pesar de un muy limitado Kuno Becker.

He conocido muchos -de verdad muchos- antros, cantinas, barras y hasta uno que otro lupanar disfrazado de tienda en el centro histórico de la Ciudad de México, y tras la incomodidad inicial, siempre he podido identificar la presencia de por lo menos una vestida, esos hombres vestidos de mujer cuyas manos toscas delatan el origen de su sexo, burdas, escandalosas y sexualmente agresivas, representan uno de los aspectos más llamativos de cualquier comunidad, fue a una de ellas que mientras hacía plática con una muy querida amiga periodista sentencia: “tú no te preocupes querida, recuerda que entre más corriente más ambiente“. Así es Queer Duck, no me extrañaría que fuese la creación delirante de una vestiduca, como también se les conoce, escandaloso, promíscuo y con una desfachatez que tacha en lo insolente, Queer Duck narra las aventuras de la “salida del clóset” de… así es !Queer Duck!, sus consecuencias y proceso de aceptación. Olvídense de Family Guy, American Dad o The Cleveland Show, “Queer Duck: la película” está aquí para poner a prueba su nivel de tolerancia.

¿Aman al director Walter Hill? (Aliens, 1986) les reto a (conseguir) y ver su fábula-fantasía-rock-how-do-you-do, una película interesantísima en su argumento y extraña en su tratamiento. La premisa es simple: rescatar a una exitosa cantante de rock. Antes de un pasmático Schwarzenneger existió Tom Cody (Michael Paré). Con alucinantes ensambles musicales liderados por un estrambótico Jim Steinman (¿recuerdan la apocalíptica Total Eclipse of the Heart?) Streets of Fire sería un pre de la popular The Warriors del mismo director. Junto con un naciente Rock 101, Streets of Fire definitivamente es un sello imperecedero de una muy poco independiente pero harto soñadora generación.

Go, (Doug Liman) 1999. Sarah Polley antes de (la admiradísima) Isabel Coixet (The Secret Life of Words, 2005). Y que siga la fiesta.

Soy orgulloso nativo (y residente) del Distrito Federal, y con vergüenza debo admitir que no conozco el barrio de la Lagunilla, ya por su mala fama ya por “falta de ganas” (que no es verdad). Pero si una película alguna vez me intrigó sobre ese mundo, hogar de una “subcultura” popular, es Lagunilla Mi Barrio (y todas sus secuelas). ¿Qué no daría yo por ser atendido en un domingo de cruda por un clon de una simpática y siempre independiente, llena de matices “Doña Lancha” (Lucha Villa)? ¿Conocer a un cínico pero siempre solidario “Tirantes” (Héctor Suárez)? Pero con esta economía todo es posible, y con temor siempre queda el fantasma de correr con la suerte de “Don Abel” (Manolo Fábregas), un “riquillo” caído en desgracia que encuentra en la Lagunilla un sitio para levantar un hogar, un hogar que no siempre es agradable, pero que nos identifica como sociedad, como nación.

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2 comentarios

  • Zohan en sus primeros 20 minutos causa un dolor de estomago por tanta pinche risa seguida, en el tono vulgar. mamada tras mamada sin parar XD. Muy divertida la verdad. Estimado ¿Gol? En verdad? Jajajaja, no se crea, un saludote

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    • ja ja ja ja ¿qué quiere don Fett? es lo más cerca que he estado de sentir la emoción de un “partido de fútbol” Gracias por el comentario, aunque pensé que más de una peli le haría levantar la ceja.

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