120 Latidos por Minuto: Silencio = Muerte

La sombra de la muerte siempre está ahí, pero nunca está tan lejana de nuestra mente como cuando la juventud llena nuestros cuerpos. Entonces la muerte es sólo una leyenda, algo que oímos de lejos y con lo que nos cuesta trabajo imaginar nos toparemos alguna vez. Tal fue el caso de cientos de jóvenes a finales de la década de los 80’s y principios de los 90’s, cuyo futuro fue abruptamente arrebatado por la epidemia del SIDA.

Ante la indiferencia que el gobierno y demás organismos presentaban hacia esta enfermedad y sus estragos, surgió el grupo ACT UP (“Coalición del sida para desatar el poder” por sus siglas en inglés) que trató de llamar la atención sobre la pandemia, con el fin de promover la investigación médica y legislaciones para poner fin a la enfermedad. Pese a que en su mayoría se encontraba formado por personas portadoras del virus, esto no evitó que dedicaran su vida y energía para poder ser escuchados por gobiernos que sólo volteaban al otro lado. En la filial de Francia, militó en su juventud alguien llamado Robin Campillo, quien décadas después plasmaría el legado, la esencia y el espíritu de lucha del grupo en el filme llamado “120 Latidos por Minuto” (“120 battements par minute”).

La historia comienza con una protesta de ACT UP en medio de una convención médica. Lo que inicialmente iba a ser un acto pacífico acabó en desastre. Presas del pánico, algunos de los activistas esposaron al orador principal tras haberlo atacado con sangre artificial. Este acto trajo dos cosas importantes al grupo: mala reputación y la chispa que inició la estrategia transgresora que necesitaban para finalmente ser escuchados.

Campillo nos mete como oyentes a cada una de las reuniones de ACT UP para involucrarnos más, para sentir la ira y frustración de sus miembros y, más que nada, el miedo latente en cada uno de sentir esfumarse el breve tiempo que les queda sin ver resultados tangibles. De esta forma logramos entender lo radical de sus métodos y lo justificados que fueron. A través de la película los seguimos cuando irrumpen en las oficinas de una gran empresa farmacéutica, cuando entran súbitamente a escuelas para prevenir y dar información a adolescentes (pese a la negativa de algunos maestros), entre otras tantas protestas que escandalizaban a muchos y en las cuales las personas verdaderamente interesadas, llenas de pena y temor, dudaban en acercarse. Estas tácticas resultaron efectivas y los pusieron en la misma mesa con los políticos y empresarios a los que querían llegar.

En la primera parte del filme, el personaje principal es la coalición, teniendo sólo vistazos de algunos de sus miembros. Poco a poco la historia comienza a centrarse en el callado y discreto Nathan (Arnaud Valois) y en el aguerrido y apasionado Sean (Nahuel Pérez Biscayart), quienes logran hallar el amor dentro del caos y el miedo reinante a su alrededor. Su relación acaba dándole al toque humano a la historia. Estamos con ellos en las parte más íntima de sus vidas cuando se confiesan de qué manera descubrieron su sexualidad, junto con las dolorosas historias de cómo fueron infectados. La trama no te deja ahondar en las partes más banales de ellos ni de los otros activistas. Ante la cara de la muerte, el empleo o la carrera de los demás pasa a ser algo insustancial. Hay algo más importante en juego: la existencia misma.

En un principio no aprecié del todo el mensaje del filme, lentamente fue llegando a mí el espíritu de lucha y la convicción de seguir en pie sin importar qué ponga la vida a tu paso. A pesar de todas las pérdidas sufridas, ACT UP no se dejó caer ni un momento. Tomaron ese dolor del sufrimiento y la muerte para convertirlo en la energía que necesitaban para acabar con la indiferencia de la sociedad. No es sólo una historia trágica, sino una de compañerismo y amor que nos hace valorar la vida sin dejar de lado a la muerte.

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Acerca del autor

El Markovich   @ChocolateBono  

Observador de la escena humana dentro y fuera de la pantalla. El cine y el chisme son de mis cosas favoritas, así que heme aquí. Yo sólo doy mi opinión, al final tú decides.


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